01 de abril de 2018

#terremoto83

Reviviendo el 83

Vivir una experiencia donde está en juego la vida no es algo grato de ser recordado. El terremoto del 83 trajo consigo angustia, desespero y miedo, sentimientos que aún hacen  parte muchas personas. En esta crónica, una mujer recuerda sus vivencias durante ese acontecimiento.

Por: Juliana Vidal Mayor

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Recordar aquel 31 de marzo de 1983 es para ella un despertar de sentimientos. Está sentada en el borde de la cama mientras sus manos no paran de moverse sobre sus piernas. “Fue un momento muy traumático para mí”, dice, mientras sus ojos permanecen cerrados, como tratando de recordar cada detalle de aquella mañana de Jueves Santo. “Sentí como si las paredes se juntaran y que el armario de al lado de mi cama iba a caer sobre mí en cualquier momento”. La angustia de ese recuerdo se nota en lo fuerte que aprieta los dedos de la mano derecha.

Para una chica de 14 años, vivir un terremoto en un cuarto cuya puerta se había ajustado por culpa de aquel movimiento de tierra es un trauma que la ha acompañado hasta adulta. “Me enredé en las cobijas y me dirigí a la puerta, trataba de abrirla con mucho desespero, y yo solo escuchaba a mi madre decir: «¡salgan chicas, todas al antejardín!» Yo solo lloraba y gritaba: «¡mamá, acá estoy, abran!». Creí que iba a morir”. En este momento abre los ojos, se retira el cabello de la frente y murmura: “hasta ahora no se quién empujó la puerta, porque no podía ver bien por las lágrimas”.

Las puertas de los cuartos y baño siempre están abiertas en su hogar: teme a que este acontecimiento se repita y que las puertas fallen de nuevo. A pesar de todo, ella es consciente de que manejar estas situaciones con desespero no es la mejor opción. “Mi madre me vio tan angustiada que me dio una cachetada para que me calmara y reaccionara para poder salir de la casa y estar a salvo”. Al tener tan solo 14 años, aún recuerda el carácter de su madre para que todos estuvieran sanos y juntos y es lo que ella trata de realizar con su esposo e hija con los temblores que se han presentado en Popayán en el transcurso de los años.

“Éramos tan pequeñas que no pudimos salir de nuestro barrio para poder ver la magnitud de los daños que dejó el terremoto, pero las noticias en la radio nos informaban de cómo estaba Popayán”. El centro de la ciudad quedó totalmente devastado, iglesias y casas caídas, calles con grietas enormes y muchos patojos con temor a que se repitiera este fenómeno natural. “Dormíamos en el parque, yo no quise volver a entrar a la casa, quedé con un gran susto, hasta las réplicas que continuaron eran, para mí, grandes sobresaltos. Con los vecinos nos compartíamos cobijas, comida y algunos elementos de aseo que hicieron esa noche de Jueves Santo un poco más llevadera”.

El clima en el trascurso de los días ya no era mismo: “El cielo estaba gris y yo podía percibir que el olor del ambiente era como a tierra mojada, era evidente que Popayán estaba pasando por algo terrible”. Ella vuelve a cerrar los ojos y se acomoda un poco mejor en el borde de la cama. Luego continúa: “Desde la noche anterior se podía percibir que algo no andaba bien, pues toda la noche llovió, la procesión se suspendió y mis hermanas que estaban alumbrando llegaron empapadas a la casa. Esa noche estaba pronosticando un gran cambio para Popayán”.

Con una de sus manos en el pecho resalta: “Los fenómenos naturales no son ningún juego, y si mi madre o mis hermanas no hubieran estado cerca de mi cuarto, tal vez yo no estaría contando esto. Fue algo que hasta ahora yo le tengo mucho respeto”.

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