30 de marzo de 2018

#terremoto83

Cuando la tierra se mueve…

El terremoto de 1983 sorprendió a los payaneses en distintas situaciones cotidianas, en diversos lugares. Es una experiencia que quedó grabada indeleble en todos ellos y en la ciudad entera. Aquí, se reconstruyen varias de esas historias, como parte del proyecto transmedia #terremoto83 que adelanta el Departamento de Comunicación Social de la Universidad del Cauca con el apoyo de la Vicerrectoría de Investigaciones. 

Por: Natalia Zuluaga Castillo

Fotografías: José M. Arboleda

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Había una vez un pálpito

Dicen que las mamás desarrollan un súper poder con los años. Pueden sentir lo que ellas llaman “pálpitos”, una especie de premoniciones que generalmente avisan de un  peligro cercano.  A veces imagino a los pálpitos como pequeñas criaturas molestas que buscan incordiar hasta que se les haga caso. 

Los pálpitos pueden sentirse y llegar de distintas maneras: a veces aprietan el corazón, lo estrujan como queriendo despertarlo, en otras invaden el cuerpo de miedo sin sentido y algunas veces solo quieren hacer notar que algo no está bien, que algo no encaja.

Mariela se levantó ese día y un pálpito de mamá se despertó también con ella.  Sin embargo no le dio mucha importancia,  nada podría pasarle ese día a su familia por un sinfín de razones: era Jueves Santo,  los niños tenían vacaciones del colegio así que estarían en la casa, su esposo Alfredo no tenía que presentarse al trabajo y los cuidaría.  Todo parecía marchar normal, así que Mariela hizo a un lado al pálpito y continuó con su día como de costumbre.

En el hotel Monasterio le habían pedido a Mariela que se presentara a trabajar pues la Semana Santa atrae muchos turistas y el hotel tenía trabajo a montones. Mariela no se negó y tomó un bus que la llevara de la María Occidente al hotel. Mientras avanzaba, el pálpito volvió a molestarla, como si algo no estuviera bien.  Examinó con cuidado su entorno pero de nuevo no encontró nada, así que esta vez decidió ponerle cinta adhesiva en la boca al pequeño pálpito y encerrarlo en un rincón de su mente, de lo contrario nunca la dejaría trabajar tranquila.

Al llegar al hotel se encontró con una compañera, el chef también llegó y sin perder tiempo les asignó trabajo en la sección de repostería. Mariela y su amiga comenzaron a picar algunas frutas en cubitos para agregar a los postres, miró  el reloj de la cocina para calcular cuánto tiempo tardarían: el aparato marcaba las ocho de la mañana. Quizá el  palpitó, al ver la hora, se arrancó la cinta y escapó como pudo de su rincón, corriendo para gritarle a Mariela, en el oído, “peligro”, o tal vez no estaba prisionero y solo esperaba el momento exacto para hacer su trabajo.

Mariela levantó la cabeza y volvió a examinar el lugar buscando esta vez una salida. Sin pensarlo mucho se acercó a su amiga para decirle: “Ole, si llegara a pasar algo cogemos por ahí por esas escaleras que no nos pasa nada”. Decir aquellas palabras fue como invocar un espíritu, como llamar al desastre y decirle venga que estoy preparada.

De la nada la tierra comenzó a sacudirse, todo lo que alguna vez pareció estable como las columnas y el piso, se zarandeaban como bailando una canción de salsa. Los platos de la cocina empezaron a caerse de sus estantes quebrándose con el impacto. Solo podía escuchar el estruendo de la cerámica al chocar con el suelo, veía como los pedazos volaban e impactaban en todos lados y aquello le recordó al efecto que tienen las  bombas.

Mariela ya tenía un plan. Tomó de la mano a su amiga y juntas corrieron por las escaleras que llevan a la piscina del hotel, un lugar abierto con muy pocas cosas que pudieran significar una amenaza. Pronto el terremoto paró y todos esperaron algunos minutos, por si la catástrofe volvía a comenzar. Pero el peligro había pasado y con él se había marchado el pálpito, con la satisfacción del deber cumplido. 

Mariela decidió salir a la calle. Se preguntaba cómo estaría su familia y cómo había quedado la pequeña ciudad blanca después de todo ese movimiento. Cuando salió, el corazón se le encogió de tristeza. Cerró los ojos y trato de caminar pero se sentía muy perdida, algo zonza. Volvió al hotel rápidamente para tratar de calmarse. Entonces alguien le preguntó: “¿Qué hay afuera?”. Mariela se limpió los ojos y dijo apesadumbrada: “nada, solo polvo”.

 

¿Qué es?

Es angustiante que todo lo que se suponía estable, tiemble como gelatina. Es desesperante tratar de encontrar una salida en medio del pánico.  Es agobiante ver cómo algo que tardó muchos meses en ser construido se derrumba en cuestión de segundos.  Es increíble cómo la vida puede cambiar de un momento a otro. Es doloroso caminar entre escombros y llanto. Es insoportable la incertidumbre de no saber si sucederá de nuevo. Es extraño dormir al frente de tu casa, en el frío y a la intemperie. Es agradable ayudar a otro y escuchar “muchas gracias”. Es reconfortarte una tasa de agua panela caliente luego de una noche de larga vigilia. Es horrible ver tu barrio destruido. 

¿Qué es el terremoto para ti? 

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Polvo

Las letras del libro que leía empezaron a moverse, parecía que querían huir a toda prisa de las páginas.  Cerró los ojos, llevaba leyendo un rato largo y quizá se había mareado del esfuerzo. Pero entonces se percató del inusual movimiento de la lámpara de noche, que se agitaba sin parar como si tuviera vida propia. No era mareo, ni cansancio y lo que se agitaba con vida propia no era la lámpara si no la tierra, que no paraba de moverse bruscamente, como quien no se siente cómodo y se remueve hasta hallar su lugar. 

Dejó el libro sobre la mesa y se paró de un salto. Salió de la habitación y encontró a su mamá de pie sobre el marco de la puerta del patio, con los brazos extendidos a los extremos, bloqueando la entrada y la salida. Recordó que alguien le había dicho que lo más seguro en un terremoto son los marcos, pero al sentir la intensidad de los movimientos, dudó que aquello fuera cierto. 

Desde hace años tenían unas loritas en el patio,  siempre estaban libres, paradas sobre un pequeño palo. Al caer la noche, ellas mismas se acomodaban en su jaula dispuestas a dormir y luego alguien las llevaba al baño, para evitar que algún gato malicioso les hiciera daño.

Su mamá seguía parada en el marco de la puerta, con los ojos cerrados y rezando con un fervor que ella jamás había visto nunca. Miró hacia el palo buscando proteger también a las aves, pero entonces extendieron sus alas y tomaron vuelo. Otras que también se escapan, pensó.

De repente apareció su hermano menor, corriendo  con la agilidad propia de un niño de nueve años. Sin perder tiempo pasó casi volando por un pequeño espacio que se formaba entre el marco de la puerta y el brazo de su madre, que seguía sosteniéndose y rezando.  Entonces comprendió que eran ellos quienes tenían razón, las loras, las letras, su hermano. Era momento de huir y no de estar sosteniendo marcos. Arrastró a su mamá a la calle y salieron juntas tan pronto como fue posible.

Afuera todo era ruido. La gente lloraba y rezaba desesperada, incluso cuando el temblor paró y la tierra les permitió volver a respirar tranquilos. Aunque el terremoto había durado algunos segundos, todos sintieron esos momentos de angustia como si fueran horas: bien había dicho Einstein que el tiempo es relativo.

Mucho rato después  un vecino  llegó al barrio con noticias. Él se encontraba cerca de la catedral al momento del sismo y había visto las consecuencias del desastre en el centro de la ciudad. La gente se aglomeró y atentos esperaron que se pronunciara. Segundos después el hombre dijo con cara de cansancio: “Popayán se acabó,  solo se veía polvo”.

Levantó la vista al cielo en medio del llanto y los gritos de pánico y recordó las palabras que dice el padre todo los miércoles de ceniza: quizá sí que era cierto aquello de “polvo eres y en polvo te convertirás”.

 

Agridulce

La tierra se sacudió como si fuera el juicio final. Esperanza se sintió como en una mecedora de arriba hacia abajo, solo que sin el característico efecto relajante. Minutos antes, había estado pensando dónde comprar el pescado para hacer el almuerzo.

Su hija mayor la ayudó a sacar los niños de la casa, salieron todos corriendo a la calle. Pero la desesperación era peor afuera que adentro, el miedo se había apoderado de cada vecino y los controlaba a todos a su antojo.  Lloraban, rezaban y gritaban al tiempo.  Si existía algún sonido para identificar  la tragedia, tenía que ser ese.  

Termino de temblar, pero no pararon las preocupaciones. Su esposo Jorge no aparecía desde hace tres horas. Partió muy temprano en la mañana rumbo a la catedral con algunos profesores para tomarse la iglesia como signo de protesta por la reforma educativa y desde entonces no tenía noticias suyas.  Su madre estaba en el hospital internada, tampoco sabía nada de ella. ¿Qué sería de ambos? Que Dios los guarde y los favorezca.

No había ninguna forma de saber de sus seres queridos ni su suerte, no circulaban buses, ni taxis, todo era caos y desorden, desastre por doquier. Que útil habría sido un celular en ese entonces, reflexiona ahora, años después del desastre.  La incertidumbre la carcomía, casi que se la tragaba entera.

Por obra y gracia de Dios. Jorge apareció. Llegó cubierto de polvo hasta las pestañas y con algunas noticias del centro. Lo estrecho entre sus brazos muy fuerte, para que sintiera que ya no podía irse. De repente se percató de que los vecinos se habían juntado a su alrededor, querían escuchar quizá el primer reporte de daños en el día.  “Popayán se acabó”, soltó su esposo de sopetón y sin anestesia. Todos reprimieron los gritos, algunos se tocaban la cabeza con las manos sin poder creerlo todavía.

“Todo se acabó”, repitió alguien despacito, como tratando de asimilar la desgracia. Le pareció una situación muy curiosa: ¡qué alegría le daba ver a Jorge de nuevo, pero que tristeza tan grande le traían sus palabras!

 

¡Rece!

Si algo le pido a Dios, y lea atentamente  lo que le digo, es que eso no se repita nunca, nunca. Qué no tengamos que pasar todos de nuevo por esa desgracia, por esa angustia tan terrible que destroza la vida y amarga el corazón.

Que no se repita jamás. Ayúdeme usted rezando y dígale a otros de paso que recen también. Solo Dios puede ayudarnos, solo él puede favorecernos. Rece por mí, por usted, por la ciudad, que nada más se puede hacer.

Yo cierro los ojos de vez en cuando y pienso en voz alta: “que no se repita, que no se repita”. Lo digo todas las veces que pueda, mil si es necesario. Empiece conmigo ahora, que nunca  se repita, que nunca se repita, que nunca se repita…

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