11 de marzo de 2018

Crónica

La dama de la cárcel

Diana Castrillón pasa la cotidianidad de sus días laborales en el ambiente tenso de un centro de reclusión. Y es que no es fácil para una mujer trabajar entre relatos de inocencia y culpabilidad aunque ella no juzga a nadie y tiene el don de la prudencia. Entretanto, sueña con un traslado que la acerque más a su familia.

Por: Diana Marcela Meneses

 

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Una mujer camina por el único pasillo que conecta los cinco patios del establecimiento penitenciario y carcelario de mediana seguridad de Santander de Quilichao. Aquí permanecen día y noche 500 internos aproximadamente. A través de las ventanas del corredor se ven un par de reclusos que se acercan al vidrio para lanzar piropos:

–Hola, mi señora bonita –le dice uno de ellos mientras la ve pasar.

Diana Castrillón se dirige hacia el que ha sido su espacio de trabajo desde marzo del año 2016, fecha en la que llegó proveniente de  Popayán, ciudad en la que vivió 46 años.

Ella entra a una pequeña habitación en la que se encuentra el expendio de alimentos en donde los internos diariamente compran algunos víveres para su consumo. Antes de cruzar la puerta, se despoja de su celular y cierra la puerta con seguro, como medida de protección ante cualquier riesgo al que pueda estar expuesta.  Diana no entra sola, la acompaña uno de los internos del centro penitenciario, quien está próximo a concluir su condena por porte de marihuana.

Diana factura los pedidos mientras que él la ayuda con los deberes habituales del expendio. Atraviesa el corredor, se acerca a las ventanas de los patios 1, 2, 3 y 4, y llama uno por uno a los internos para hacer la entrega de los alimentos, bebidas, víveres y elementos de aseo que han solicitado en la tienda. La entrega en el patio 5, queda a cargo de Diana, debido a que este queda en la parte externa de la cárcel, lugar donde el interno ayudante no puede dirigirse.

Dos proyectos más se suman a las tareas diarias de Diana, panadería y cosecha de. En cada uno de ellos trabajan los internos que pronto conseguirán su libertad. Esta labor funciona como rehabilitación. Así pueden redimir sus penas y obtener una bonificación económica. Ella afirma que no le gusta preguntarle a los reclusos el por qué se encuentran allí, sin embargo algunos se han acercado y le han confesado su culpabilidad. “Cuando uno permanece mucho tiempo con ellos, empiezan a contarle cosas", dice Diana. Una de estas confesiones provino de uno de los internos que trabaja en la panadería y que cumple condena por haber asesinado a su esposa al encontrarla siéndole infiel con otro hombre.

Diana también ha escuchado relatos de inocencia. Uno de estos casos es el de un interno que le contó cómo lo habían condenado por guardar un arma que no era suya pero al ser hallada en su poder fue sentenciado a prisión por porte ilegal.

El trabajo constante con los internos de la cárcel ha sido un proceso de aprendizaje. Gracias a esta interacción cotidiana reconoce que su visión acerca de ellos ha cambiado. “Yo a ellos no los veo como internos, sino como trabajadores, como  compañeros de trabajo”, dice Diana. Afirma además que aunque la cárcel no resocializa a nadie, si hace valorar las cosas que estando en libertad no se  aprecian. “Los internos empiezan a valorar la libertad y las pequeñas cosas. Ellos dicen: uno estando acá es que se da cuenta quiénes son los verdaderos amigos, quiénes son las personas que realmente lo quieren a uno”.

Al encontrarse en este centro carcelario ha tenido que experimentar un par de amotinamientos. Recuerda una ocasión en la que uno de los internos del patio caminaba por el pasillo rumbo a la enfermería. Los reclusos del patio 4, quienes son conocidos por pertenecer a las bandas criminales de Santander de Quilichao y por tener gran rivalidad con los reclusos del patio 2, lograron salir de su patio, y corriendo tras del interno que permanecía en el pasillo llegaron a él y lo golpearon en repetidas ocasiones. El amotinamiento generó la acción inmediata de los 40 guardias de la penitenciaría. Diana muy asustada debió dejar los víveres fuera del expendio en donde se encontraba en ese momento y se encerró para evitar cualquier incidente. La guardia finalmente logró contener a los internos. “Uno no sabe ellos cómo vayan a reaccionar, si pueden cogerlo a uno como escudo o como rehén, pero hasta ahora gracias a Dios nada ha pasado a mayores”, dice.

La relación entre los guardias, 40 hombres y ocho mujeres y el área administrativa también resultó tensa cuando ella llegó por primera vez a este lugar. Muchos de los antiguos empleados se sentían amenazados por la  presencia de gente nueva en el lugar. Sin embargo, con el tiempo la relación se ha mejorado considerablemente. Prueba de ello, es la estrecha amistad que ahora mantiene con siete de sus compañeros de trabajo, quienes mediante un grupo de whatsapp concertan reuniones para salir a comer de vez en cuando. Esto es una forma de distracción para Diana, ya que ella vive sola en una habitación ubicada a tan solo una cuadra de la cárcel.

La familia de Diana vive en Popayán, por lo que cada viernes al salir de su trabajo, va a la casa de dos pisos donde queda su habitación, recoge su maleta y viaja hacia la capital del Cauca en donde se queda con su familia durante el fin se semana, para nuevamente retomar su rutina el lunes en la mañana. Diana, debió alejarse de su familia para trabajar en la penitenciaría de Santander de Quilichao con la esperanza de mejorar la estabilidad financiera de su hogar. Sin embargo, esto ha acarreado más gastos en cuanto a arriendo, alimentación y transporte. “Yo siento que mis hijos me necesitan, y yo los necesito a ellos”, dice Diana. “Desde que cumplí el año de prueba he solicitado tres veces el traslado, pero me lo han negado en todas las ocasiones. Esto es algo muy desmotivante”.

Diana se conmueve al hablar de la lejanía y la distancia que la separa de sus hijos y su esposo. A través de sus ojos se puede ver la tristeza, la soledad y la preocupación que representa para ella permanecer apartada de su familia. “Para mí no es fácil que mi esposo  deba asumir toda la carga. Creo que es muy duro lo que él está pasando, cumpliendo ambos roles, de papá y de mamá, sé que es duro para él. No quisiera que pasara por eso, pero por la situación nos ha tocado”.

Las tareas del día han concluido, el reloj marca las cinco de la tarde del viernes. Diana sale del expendio y atraviesa nuevamente el pasillo que conduce a la salida. Esta vez no ve a los reclusos a través de las ventanas: ellos ya se encuentran en sus celdas. Diana sabe que cada paso que da la acerca más al lugar donde desea estar: su hogar. Mientras deja el centro de reclusión piensa en su familia y mantiene intacta la esperanza de obtener el traslado que ha solicitado durante tanto tiempo.

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