11 de marzo de 2018

Crónica

La víspera del resto de la vida

No siempre se puede salvar a quien se quiere. El parpadeo de un arma puede hacer que el tiempo se detenga, que el alma se derrumbe, que haya trances absurdos y dolorosos. Hay muertes que solo lloran las madres. Porque un hijo es un hijo, aunque sea drogadicto.

Por: Laura Daniela Manzano Pemberthy

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Eran las cinco de la tarde del 3 de julio. No hacía calor. No se escuchaba la risa de los niños que jugaban en el parque de enfrente. No había niños ese día, quizá sus padres no los dejaban salir: es la herida transitoria que dejan los muertos del barrio. Ángel esperaba como una estatua, deseando con todas sus fuerzas que no pasara lo inevitable, que lo ocurrido no sucediera. Estaba sentada ahí, reproduciendo en su cabeza los últimos 30 años de su vida. Era un trance absurdo y doloroso. Necesario. Musicalizado por el sonido del aceite hirviendo que orquestaba en su casa mientras –sí, trance absurdo y doloroso– su hijo Federico fritaba tajadas de plátano. Y llegaban de golpe los alaridos de su loro Jacinto que, como una puñalada, le recordaban que estaba sola, que su hijo se había ido.

–¡Federico! –gritaba el loro inocente–. ¡Federico, la pasta!

Y Ángel, con la carne congelada, rompía en llanto.

***

Su casa quedaba al final de la calle, justo enfrente de un joven samán en cuyas ramas se posaban 29 gallinas todas las noches. Ya había pasado una semana. Después de siete días de excesiva compañía, la soledad se acentuaba sobre Ángel. Caminaba lento, guardaba silencio y fumaba para poder respirar. Ante los demás se esforzaba por verse fuerte y completa, pero todos sabían que el alma se le desmoronaba con cada parpadeo.

Se levantó de la cama a las seis de la mañana, aunque llevaba despierta desde las cuatro y treinta, pues a esa hora solían comenzar sus días. Pero ya no más. Quería suprimir los hábitos que ahora le estorbaban. Preparó desayuno para uno: café negro, tostadas y queso cuajada.

 

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En el piso había bombas de colores y en el bifet reposaban varias botellas de aguardiente: eran para su fiesta de cumpleaños el pasado sábado, una fiesta que ya no sucedió. Ángel evitaba mirarlas, le despertaban las náuseas y le recordaban la tragedia. Se juró dejar el alcohol.

Aseó la casa. Esta vez le tomó poco tiempo, ya no había mucho que limpiar. Alimentó a su loro, a sus gallinas y a sus gatos. Se bañó rápido, a pesar de que no pretendía recibir ninguna visita ni salir a ninguna parte. Tampoco trabajaría ese día.

Ángel sentía pasos en el segundo piso, escuchaba unos ronquidos lejanos, veía a Federico pasar… La confundían sus sentidos, era como lastimarse a sí misma. Así transcurría su día, en medio de una casa vaciada, llena de portarretratos acostados, llena de silencio, inmutable, que se derrumbaba sobre ella. Su hogar la desesperaba inmensamente, no quería estar ahí, pero tampoco tenía ánimos de salir.

***

Federico tenía 30 años cumplidos el día que lo mataron. Era delgado y de tez pálida, casi esquelético, de cabello rizado y nublados ojos azules. Tenía la voz áspera y disonante, consecuencia de una puñalada que recibió en el cuello escapando de algún centro de rehabilitación. Guapo a pesar de todo. Las drogas habían dejado huella en su cuerpo y en su mente. Los vicios le pellizcaban los huesos y no distinguía los días de la semana.

En algún momento su vida pintó mejor: tenía una esposa y un par de pequeños que lo amaban, pero en la vida de un toxicómano las cosas no son tan sencillas.

Ángel estaba ahí para él, como nadie más, eso era lo importante. Así son las mamás. La vida con él era una lucha incesante. Federico dormía entre las cuatro de la mañana y las cinco de la tarde, efecto de los medicamentos que su madre debía suministrarle a diario. Discutían con frecuencia, a veces sin motivo distinto a un arranque desaforado de Federico. Equilibrar a un desequilibrado, eso hacía Ángel.

Cómo llegó Federico hasta ese punto es algo que Ángel no esclarece. No siempre se puede salvar a los hijos, no siempre tomamos buenas decisiones. Es más, equivocarnos es lo mejor que sabemos hacer.

***

El jueves 25 de junio, las carcajadas se escuchaban desde la esquina, la tertulia se concentraba en el antejardín de Ángel, conocida en la ciudad por su espíritu de rumba y sus gritos roncos. Todavía no era su cumpleaños, pero celebraban la víspera de su natalicio.

Habían planeado la fiesta con mucha anterioridad: sus amigos ya eran expertos en la organización de eventos y celebraban lo que fuese. La cuota era de cincuenta mil pesos. No iba a ser una fiesta grande, pero se garantizaba el disfrute de todos. No paraban de hablar al respecto.

Sumergidos en el ambiente gozoso de la chanza y la charla, Ángel y sus amigos se revolcaban en el regocijo que ofrece la vida. Nadie está nunca preparado para las desgracias. De hecho, siempre parecen llegar en el momento menos indicado.

Federico estaba afuera, jugando en el parque, tal vez caminando un poco. Le gustaban los paseos.

Fue cruzando la esquina. Fue el estallido. Fue el crujir de la bala contra su cráneo, el sordo sonido de la muerte. El efímero segundo que antecede el estruendo de una moto a la huida, los gritos de los vecinos, los pies de los niños corriendo hacia sus casas, la música que nadie detuvo.

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El agujero en la cabeza escupía toda la sangre de su cuerpo, sus pupilas orbitaban en el cielo. Federico se iba lenta y tortuosamente. Morir solo nos sucede una vez en la vida.

Ángel lo sostenía, las personas se aglomeraban a su alrededor, nunca había recibido tanta atención. Fue en ese momento cuando recordó todas las cosas que siempre había sabido.

Sabía que nadie lloraría a su hijo como ella, que nadie iría a la cárcel por su muerte, que sobre ninguna conciencia pesaría el haber asesinado a un drogadicto. Que nunca sabría quién lo mató, que no le importaba saber por qué. Sabía que ya no toleraría a Jacinto, que ya no sabría qué hacer con todas las cosas de Federico. Que las personas sentirían alivio, que sin decírselo se compadecerían de ella, pues por fin podría vivir tranquila. Sabía que le habían quitado lo único que la hacía madre. Que nadie más moriría con él, salvo ella.

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