09 de marzo de 2018

Crónica

“Nuestros días eran siempre”

Domingo de agosto, largo e incómodo viaje de regreso en bus y lágrimas. Una mujer muere a 284 kilómetros de distancia de su último hijo. Elegía por una madre trabajadora, honesta, cariñosa y testaruda.

Por: Juan D Orozco

 

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 Al bus se habían subido unas 15 personas. No hacía mucho frío, eran las 6 de la mañana y estaba en Popayán. Domingo, 14 de agosto de 2016. Seis horas atrás, mi hermana, que inundada trataba de contarme, había dicho que nuestra madre había muerto. Fue en ese momento que hizo frío. Cerré el computador, temblé. Me distanciaban 9 horas de viaje de mi familia, de ella, de su despedida. Me acomodé en la última silla del bus. Sobre la ventana iba mirando cómo amanecía mientras intentaba desaparecer la imagen de lo que encontraría al llegar.

Ya se había asomado el sol y recordé la última vez que la vi. Sólo habían pasado 12 días. A las 8 de la mañana mi madre me había dicho “ten un buen viaje, hijo”. El bus seguía avanzando, llevaba hasta ese entonces más de tres años recorriendo esa ruta. Coconuco, el primer pueblo, había quedado atrás y empezaba un camino largo por las montañas entre el Cauca y el Huila. El 2 de agosto de 2016, ella se levantó como siempre, muy temprano. Se acercó y me dio un beso en la mejilla. Le dije que nos veríamos pronto, sin saber yo que sería la última vez.

El bus frenó, la gente bajó a desayunar, yo me envolví en mi saco. Llevábamos cerca de tres horas en carretera y, aunque se veía todo claro, en ese punto de la ruta hace mucho frío. No había dormido: después de la llamada, tomé un taxi a casa de una amiga. A la medianoche de un sábado la ciudad se mueve ligera, y yo, con las gafas empañadas, sólo quería que el taxi no parara, así como el bus en el que iba al otro día. La carretera es inestable, hacia los lados se ven praderas y riscos, la vegetación propia de páramo que no me había detenido a ver antes.

El 19 de agosto del 2015 ella había estado en Popayán. Celebramos su mitad de siglo más un año con vida. Eso estaba en mi cabeza, mientras apretado en la última silla, que saltaba por las piedras en la carretera, inevitable llegaba ese recuerdo. Eran cerca de las diez de la mañana cuando recibí una llamada. Mi mejor amiga quería viajar conmigo: se había enterado unas horas antes y no encontraba qué hacer. Mencioné que estaría bien. Una segunda llamada: mi hermano, que nunca se ha quedado sin qué decir, no entonaba una sola palabra. Lo único que dijo fue: “David ¿Usted sabe qué pasó?”. Y lloró.

El rostro como memoria

Ya estaba en el Huila, en un pequeño pueblo llamado San José de Isnos. Había estado antes aquí. Frío, empinado, verde, tranquilo, jolgorio de noche en fin de semana. Casi cinco horas de viaje. No quería ver a nadie. Al lado mío dos hombres iban hablando de mujeres, al frente una señora le daba algo de comer a su hijo, a la derecha un chico hablaba por teléfono y yo veía una fotografía en mi celular. El 3 de enero de 2016 en Villavicencio, aun cuando no le gustaban las fotografías, mi madre posó conmigo. Yehuda Amijai escribiría: “Por amor a la memoria llevo sobre mi cara la cara de mi padre”, frase con la que inicia Héctor Abad Faciolince uno de sus libros; y yo veía mi cara en la de mi madre en esa fotografía. Un amor y una memoria.

Una hora después, siendo mediodía, llegamos al municipio más grande al sur del Huila. En Pitalito hacía calor, sin embargo no me desprendí del saco negro que llevaba puesto. Caminé por el terminal buscando cómo llegar hasta mi pueblo. Media hora después estaba en un carro pequeño. Sólo esperaba llegar. Llevaba tres maletas. No sabía si volvería, no quería volver. Quería llegar a dormir. Siempre fue el niño de mi casa, dormía con mi madre cada vez que quería, incluso a veces me sentaba al frente suyo mientras dormía: me daba miedo que no respirara. La escuchaba y me iba feliz. Cuando me sentía me decía: “Ve a dormir, hijo, buenas noches”. Ya no volvería a pasar.

El trayecto hasta mi pueblo en el Huila lo conozco bastante bien. Empezaría a subir la montaña y haría frío de nuevo. El bosque de niebla más bajo del mundo está en el Caquetá, y este lo había recorrido ciento de veces. Es un montón de curvas hasta llegar al punto más elevado, desde donde se ve la cordillera oriental, en su inmensidad. A la entrada de Florencia, a unos 25 minutos hay unos túneles y unos rectángulos sobre la carreta que separan los límites entre el Huila y el Caquetá; fue allí cuando dimensioné lo que había pasado. Mi madre, quien incansablemente trabajó por más de 40 años, la luz del cielo –sabiéndose o no si ese cielo existe– la invitó a hacer parte. Una mujer que aprendió de muy pequeña a trabajar, se fue amando su tierra, sus hijos, su historia.

Las manijas de mi reloj apuntaban más de las dos cuando vi el letrero que en una curva dice: Bienvenidos a Florencia. La sensación húmeda propia de la Amazonia era la que cubría ahora mi cuerpo, y en este también un sudor frío. Vería a mi madre acostada entre una cárcel que la condenaría por siempre. Isabel Allende alguna vez dijo: “Sólo se muere quien se olvida”. Mi madre inevitablemente moriría en la mente de las más de cien personas que estuvieron presentes el día que con delicadeza escribí en su sepulcro “Bellanira Orozco Sánchez, 18 de agosto de 1964 – 13 de agosto de 2016”. Moriría no porque ya no nos sorprendiera con su sonrisa, moriría porque los muertos siempre se olvidan, menos para mí que por suerte tengo guardada en mí la sonrisa que heredé de ella.

Blanco y rosas

A mi madre le encantaban las flores: la hubieran visto, una niña chiquita cuando le daban una rosa. Ella, que se levantaba desde muy temprano en las mañanas y para quien la lluvia, el calor más infernal, la pesadez, la enfermedad, el sosiego o la cartera vacía nunca fueron un problema, iluminaba su rostro al saberse coqueteada con una rosa. Para mí sería siempre igual. Me bajé del taxi y lo primero que vi fue flores. A la entrada de la casa de una tía había un arreglo floral con su nombre, un par de sillas, una carpa, personas, mi hermano llorando, mi hermana con la mirada perdida. Nunca hubo flores los 8 de marzo ni el segundo domingo de mayo, pero sí las hubo un domingo cualquiera, un lunes en la noche o un jueves en la mañana. No hubo flores porque sabíamos que nuestros días eran siempre. Un chocolate aparecía un martes en la noche, una galleta para los dos llegaba los viernes. El orden nunca fue el mismo.

Decir adiós una última vez nunca será fácil, ni tampoco sabremos cuándo será. Los pormenores de lo que pasó desde que abracé a mis hermanos y llegara mi madre custodiada por cuatro hombres vestidos delicadamente de blanco y negro, han sido yuxtapuestos por la memoria que dejará siempre el dormir en su cama. Mi madre fue una mujer trabajadora, honesta, responsable, cariñosa, testaruda. Mi madre me enseñó a llorar desde pequeño, de felicidad, tristeza, orgullo y desesperación, pero sobre todo me dejó el nunca dar el brazo a torcer, siempre habría una solución a todo.

Al final de la noche mis primos y tíos hablaban de lo que había pasado, lo que había significado mi madre. Hablaron de lo mal hijo que fui, de lo que ella hizo en su vida, de lo que dejó de hacer. Sonaba música de velorio, había un par de cervezas, un montón de motos aparcadas sobre la calle, las mujeres de la casa llorando, los hombres lamentándose. Mi madre de blanco y unas rosas alrededor suyo.

Veinticuatro horas después de que llegara a Florencia, vestido con mi mejor traje, me alistaba para ir a acompañar a mi madre por última vez a algún sitio. Leonel Plazas Mendieta, filósofo caucano que se hace llamar José Gadhafi, escribió en memoria de un amigo suyo que perdería en un viaje: “Te fuiste como nos llegaste y por eso todavía estás viajando, estás llegando todavía”. Mi madre empezaría un viaje, viajaría un kilómetro que distancia la casa, nuestra casa, de su morada por algunos años. Ella siempre me dijo que debía usar lo mejor que tuviera para las fechas especiales, y para muchos el día de misa era especial. Para ella lo era.

A la memoria de mi madre, que viaja todavía, que vive todavía, recorro los pasos que dejó su existencia.

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