08 de marzo de 2018

Crónica

Ave en busca de cielo

A veces, una mujer puede ser delirio, historia elocuente aunque absurda, extravío hecho palabras, lluvia apenas. O, simplemente, soledad. Algún encuentro casual e inesperado en la calle de alguna ciudad puede terminar en una conversación y en una crónica imprevista.

Por: Pablo Alejandro Muñoz

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Hecha lluvia se acercó una mujer al final de la tarde. Aproximadamente 39 años. Y preguntó la hora. Al encontrar una respuesta rápida, decidió sentarse a nuestro lado y contarnos una parte de su vida, lo que es y lo que ama. Acaso por la invisibilidad que supone para muchas  personas su condición mental, es muy importante para ella encontrar alguien que la escuche y la mire a los ojos.

Lo primero que hizo después de saludar fue preguntar a qué nos dedicamos. Al decirle que éramos aventureros de las palabras entendió que desde hace tiempo había estado buscando a alguien que pudiera contar las historias que ha visto a lo largo de su vida y en el afán por ganar nuestra confianza comenzó a narrar hechos a medias, dispersos, nebulosos.

Yo escribo, yo tengo en mi cuaderno hechos que han pasado. La historia de una niña a la que violaron y mataron. ¿Será que usted podría mostrar esa historia? Pero tendría que reunirse conmigo para darle las fechas exactas. Quiero que se sepa. La vaina es que no sé quién la mató. Yo podría escribir eso y otras cosas. De ahí sale un libro ¿no cree, joven? Yo sé de muchas personas que han desaparecido y luego las han encontrado muertas. A mí me gustaría que le interese, yo le puedo contar eso para imprimirlo y que se lea joven.

Así que con una confesión de hechos tan íntimos solo se podía escuchar porque cuando una persona se descubre ante otra le está dando un voto de confianza. Y si se ignora, tal vez nunca vuelva a escucharse en ningún rincón. Entonces con la noche en la espalda y los ojos bien puestos respondimos a nuestra responsabilidad descubriendo lo pequeño y lo viejo que puede llegar a ser el mundo.

Ustedes han oído de José Luis Perales esa canción que dice “¿Por qué los niños olvidados?, porque… ¿cómo es?... Dime ¿por qué los viejos olvidados? Por qué las almas en las manos?”. Yo esa me la quiero comprar para aprenderme la letra, por eso es que me sé solo un poquito, me gusta mucho la música. Oiga, joven, y ¿por qué no lo invito un día de estos para que vaya a la casa? Lleve su guitarra, me gustaría cantar más, porque las canciones son mensajes entonces yo quiero que me acompañe para cantarla. ¿Usted de verdad sabe tocar la guitarra, joven? A mí me parece que los muchachos son más chéveres para conversar, porque es que a pesar de que hay niñas serias, la mayoría de veces ellas se ponen a reír cuando uno les habla.

¿Usted conoce Pasto? Yo conocí muchísima gente allá en el psiquiátrico, conocí bastantes niñas estudiantes. Ellas iban a ver a los pacientes, conversaban con nosotras, es una clínica grande. Todos los días teníamos que levantarnos a las 6:30 a bañarse y a las 7 al comedor: nos daban café con leche, dos panes y nos daban pastillas.

Luego tocaba estarse por ahí, esperando a que pasara el tiempo hasta la siguiente comida. Los domingos nos sacaban por ahí y en el patio nos ponían música y bailábamos entre enfermas. La gente de Pasto es muy chévere, yo he congeniado con mucha gente de allá.

Dejamos que las cosas siguieran su propia lógica, su propio sentido de la oscura y céntrica ciudad, Y en los ojos cerrados, el cantar. La tierra mojada del Parque Caldas alimentaba un olor a soledad. Y ella, libre, ingenua, repleta de intenciones por preguntar porque pareciera que de niña nadie nunca le respondió por qué el cielo se oscurece en las noches. Y ella, creyendo que más que la gravedad, lo que nos mantiene en el suelo es la falta de intentos por ver las nubes. Entonces se sobresalta al pensar en lo rápido que pasan los días últimamente. Y al sentir que los árboles le hablaban les respondió con piropos porque, aunque estaba vestido de manera regia –según ella para hacer una vueltica en la Alcaldía– sabía que pasaría un buen tiempo hasta que regresara a la ciudad.

Entonces ¿cuándo puedo invitarlos a la casa para que conozcan donde yo vivo? Pero ¿ustedes no van, o si van? Un día que ustedes no tengan clase, puede ser un domingo. Allá, mi hermana vende empanadas. ¿Conocen la iglesia Belén? Yo vivo por allá cerca a la iglesia. Mi hermana vende empanadas en la misa del domingo a las 11:30 y a las 4:00. Antes había una monita que vendía fritanga, ya estaba viejita, que en paz descanse.

Dispuesto todo, sacó un cuaderno argollado con flores en la portada y nos pidió los números de celular para ver si algún día podía volver a hablar con nosotros, preguntarnos cosas y hacer que la luna demore en salir. Porque quiere encontrarla cuando esté más liviana, más cerca a lo que ella siempre pareció ser: un ave en busca de cielo.

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