08 de marzo de 2018

Solidaridad y dignidad

Un lugar donde vivir

Ciento diez adultos mayores residen en el Divino Niño, un hogar que sigue en pie pese a la indiferencia y el olvido de la sociedad. En el Día de la Mujer, Ana Manuela Cuellar le cuenta a Co.marca su historia y también canta intentando ser feliz. Entre tanto, sueña con mejores condiciones para la que considera su casa y su refugio.

Por: Laura Alejandra Piedrahita 

Laura Piedrahita - Hogar Divino Niño -.jpg

 

“Qué quieres que te cante mujer idolatrada,

mujer la más amada por este trovador,

si ya no tengo aliento enferma tengo el alma,

si ya no encuentra calma mi pobre corazón”.

La señora Ana Manuela Cuellar canta con voz rasgada, un poco ronca, pero con aires dulces. Interrumpe aquel pasillo al soltar una carcajada gozosa, mientras mira en dirección al recuerdo y la nostalgia. Ella –cabello corto, algunas canas, voz segura, labios gruesos, las manos pecosas y con marcas que solo los años traen–  cuenta lo importante que es poder cantarle a la vida. Nunca tuvo clases de manejo de voz ni fue reconocida por su talento, pero le trae felicidad cantar cada vez que puede.

Se aproxima el Día de la Mujer. Se dan flores y regalos. Las vitrinas decoloran el verdadero sentido de esta conmemoración mundial. Las novias y madres son agasajadas y renombradas como especiales. Músicos, tiendas y floristerías aprovechan la fecha para vender más. La sociedad parece premiar y respetar a las mujeres de casa, que tuvieron hijos y formaron una familia, a las mujeres que “supieron” ser madres o que saben cocinar “bien”, es decir si cumplen los roles que esta sociedad patriarcal ha adjudicado como únicos para la mujer. Pero, ¿si ese hogar no funciona, si no tuvieron hijos, si eligieron otro estilo de vida, son menos mujeres?

Valientes son las mujeres a quienes la sociedad les dio la espalda, pero la vida les dio otra oportunidad para decir lo que piensan y decidir lo que quieren para sus vidas, para sus hijos si los tienen o para la sociedad, aportando otro punto de vista, este sí más en defensa de la vida y en contra de la guerra. Merecen ser conmemoradas igual. Porque es el día mundial de la mujer trabajadora, de las mujeres como símbolo de fortaleza y aguante.

La señora Anita, cómo la llaman en el Hogar de Ancianos Divino Niño de la ciudad de Popayán, es una de las 65 mujeres que se alojan en este recinto para adultos mayores pero parece que trabajara allí. Aún se ve muy joven y es muy enérgica. La reconocen por cuidar de las otras señoras y aunque su dolor de rodilla le hace caminar despacio y la pérdida de sensibilidad en una de sus manos le impide seguir tejiendo, aún es muy capaz de contribuir y ayudar en las labores del asilo que alberga a 110 adultos mayores. “Si uno tiene voluntad de hacer las cosas uno las hace. Teniendo las manos bien, la cabecita funcionando y habiendo trabajo, ayudé”, dice Ana aclarando que la ayuda que ella da, la da por cuenta propia, por voluntad y no porque la obliguen. A falta de actividades y de programas artísticos y lúdicos, los habitantes del hogar, y en este caso la señora Ana Manuela, buscaron distracciones en la cotidianidad del ancianito.

Ana agradece con devoción religiosa varias veces en el transcurso de su relato. Agradece tener la cabeza en perfectas condiciones. Agradece a Dios. Agradece tener un lugar dónde vivir. Y es que 65 años de edad parecen muy pocos para estar en un ancianato, pero la soledad que deja un hogar disfuncional, dos hijos perdidos antes de nacer y la desunión familiar hicieron que a los 59 años Ana buscara refugio. “Si yo no encontraba dónde meterme yo me iba a tirar al río Cauca, estaba desesperada”, relata Ana con angustia en el rostro al revivir dolores del pasado.

Ella buscó ayuda en la Alcaldía y diez días después y, según Ana gracias a la ayuda divina, la enviaron recomendada al Hogar Divino Niño Jesús, donde hasta el día de hoy ha pasado sus días aportando a los demás compañeros con lo que puede: ayudar a las otras abuelas a vestirse, acomodar la ropa o hacer las camas, entre otras actividades que ha aprendido a realizar al lado de una de las enfermeras. Todo esto lo hace como un acto de reciprocidad hacia el lugar que ella siente que le salvó la vida. Con esa contribución y sin ser una carga, Ana agradece todos los días ese espacio que le permite estar tranquila, compartir y seguir cantando para ella y el centenar de abuelitos más que vive ahí.

La edificación se muestra en buenas condiciones y todos sus jardines están muy bien cuidados y son llamativos, llenos de flores. Hay una capilla muy grande en comparación con el resto de los espacios del lugar. Es impecable y elegante. Las señoras y señores están separados en distintos espacios: una sala para ver televisión los hombres, otra para mujeres, un pabellón y zona de dormitorios para los hombres y otro para las mujeres. Por habitación duermen cuatro personas, cada una en una cama tamaño individual. Disponen además de un espacio para organizar su ropa. En el primer piso se encuentran los abuelitos con algunas discapacidades y en el segundo los que aún pueden subir las escaleras.

Pero más allá de los jardines bonitos hay 110 ancianos, la mayoría olvidados, sin familia que los visite o haga aportes económicos. Las hermanas de la congregación les hacen un paseo anual. Ese día pueden tomar gaseosa y comer un platillo especial. El resto del año, cuando por algún motivo una persona entra al hogar, algunos de ellos se acercan buscando una conversación para evocar sus recuerdos, sus sentires, para contar sus nostalgias. Quieren ser oídos, conversar un poco e interactuar.

A muchos les gusta bailar, a otros cantar, tejer o realizar alguna manualidad. Pero el olvido del Estado y de los gobernantes, el poco conocimiento que hay del lugar y la indiferencia social, hacen que estas personas mayores –en su mayoría mujeres con interesantes cosas por contar, por aportar a la sociedad– no tengan los espacios, las condiciones, ni los profesionales necesarios para cumplir con los deseos de hacer algo, sentirse útiles y terminar su vida con toda la dignidad que les sea posible.

 

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