06 de marzo de 2018

Opinión 

Laboriosas e incansables

Ante los altos niveles de desempleo que se presentan en la ciudad y el país, muchas mujeres deben buscar el sustento de sus familias en el trabajo informal. Labores humildes y silenciosas son una muestra más de la entereza de las mujeres pero también de que mucho en el país debe cambiar.

Por: Marlon David Salazar

 

FotoEspecialTexto2.jpg
Es el momento más frío del día. Falta poco para que salga el sol y los puestos con café caliente, hojaldras crocantes y arepas asadas al carbón, se hallan en las diferentes esquinas de los barrios de Popayán: la Paz, Bello Horizonte, el Mirador, Pandiguando… Estos negocios han sido abiertos por mujeres que esperan a los clientes que poco a poco van llegando. No importa si llueve, si hace frío, si la niebla las hace invisibles, siempre están. Se acercan vigilantes que salen de turno, estudiantes y trabajadores que entran a las siete… Todos encuentran allí un modo de mitigar el frío intenso del amanecer.


En la mañana, cuando salen los primeros rayos del sol que no logran mermar el frío, dentro en las galerías de Bello Horizonte, Bolívar, Alfonso López y las Palmas se perciben aromas: papa recién sacada de la tierra, mango dulce, cilantro… Decenas de puestos con toda clase de frutas y verduras se hallan unos junto a otros. Los clientes que comienzan a llegar después de las siete no saben que muchas horas antes, cuando la madrugada era joven, las señoras de los puestos esperaron los camiones repletos de mercancía fresca y a buen precio para tenerla lista para todos los que fueran llegando.

En múltiples rincones de estos lugares hay mujeres que se dedican a diversas labores. Quienes cocinan, por ejemplo, dedican toda la mañana a pelar papas, picar tomate y cebolla, lavar los vegetales y frutas, exprimir limones. Y al mediodía los diferentes platos están listos –sopa de arepa, ternero, tripazo…– desprendiendo agradables olores que atraen a los comensales que poco a poco ocupan los puestos.

En las tardes calurosas de la capital caucana, también puede verse a mujeres sentadas en sus puestos o arrastrando carritos móviles que ofrecen salpicón, jugos naturales, limonada o naranjada y a ellas acuden, desde diversas esquinas, infinidad de clientes ansiosos de calmar su sed o tomarse un respiro ante sus agobios cotidianos. Con buzos largos para defenderse del sol, ahí están, afuera de Campanario, del Terminal, de Tulcán…

Asimismo, en el parque Caldas, afuera del Éxito del norte y en puestos colocados en los andenes del centro, mujeres con gorra y chaleco verde fosforescente se paran con celulares de teclas a los que ya no se les puede leer los números convocando a los transeúntes al grito de “llamadas, llamadas”. Muy cerca otras venden maní, coco dulce, obleas… Con un delantal blanco esperan junto a la mesa conformada por cuatro palos en diagonal que forman una equis y un pedazo de tabla que es donde ponen los alimentos con los que deleitan a los payaneses que pasan.

En el atardecer de la ciudad blanca, vitrinas sobre los andenes de las vías principales de la ciudad están llenas de empanadas de pipián, papas aborrajadas, rellena, albóndigas, chorizos. Allí se sientan quienes han finalizado ya sus labores del día y ahora conversan, hacen una llamada o escriben un mensaje en su móvil.

Y antes de que se oculte el sol, otras mujeres en la ciudad comienzan a abrir sus negocios. Papas amarillas bien lavadas, papas guatas cortadas a la francesa o salchichas picadas en cuadros están listas para ser arrojadas a las pailas calientes. Estudiantes y empleados salen de las instituciones y llegan hasta los puestos a pedir una combinación de aquellas y aderezarlas con salsas de diferentes sabores.

Luego llega la noche y juegan con fuego, hacen malabares con pelotas, con cuchillos, se balancean en monociclos, mujeres que presentan su show ante los conductores por el lapso que dura el rojo en pasar a amarillo y verde en los semáforos a cambio de unas cuantas monedas.

Y al filo de la media noche, otras mujeres apenas se están alistando para salir a trabajar. Toman una bicicleta o un pequeño carro con dos llantas para recolectar el sustento diario de su familia. Recorren las calles en busca de plástico, cartón, o latas de cerveza vacías que luego cambian por unos pocos pesos en las chatarrerías de la ciudad.

Todas estas mujeres trabajadoras de la capital caucana comparten algo: ninguna es trabajadora formal.

Al verlas en el día a día, en su lucha constante y ardua, deberíamos preguntarnos qué han hecho o dejado de hacer ellas para cargar con este destino como si fuera una maldición de los dioses. O a lo mejor aquellas escenas son solo otras maneras sencillas y elocuentes como las mujeres nos demuestran su entereza, su valentía y su bondad para estar incluso por encima de los mismos dioses. Porque en su silencio y en su laboriosidad, ellas, todas ellas, son incansables e infinitamente inalcanzables.

primi sui motori con e-max.it