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  El próximo jueves 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer y Co.marca participa de la conmemoración con un especial que recoge historias diversas, cotidianas y significativas sobre mujeres que son un ejemplo de vida, superación y compromiso social. 

 

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 Especial Día de la Mujer

Laboriosas e incansables

Ante los altos niveles de desempleo que se presentan en la ciudad y el país, muchas mujeres deben buscar el sustento de sus familias en el trabajo informal. Labores humildes y silenciosas son una muestra más de la entereza de las mujeres pero también de que mucho en el país debe cambiar.

Por: Marlon David Salazar

 

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Es el momento más frío del día. Falta poco para que salga el sol y los puestos con café caliente, hojaldras crocantes y arepas asadas al carbón, se hallan en las diferentes esquinas de los barrios de Popayán: la Paz, Bello Horizonte, el Mirador, Pandiguando… Estos negocios han sido abiertos por mujeres que esperan a los clientes que poco a poco van llegando. No importa si llueve, si hace frío, si la niebla las hace invisibles, siempre están. Se acercan vigilantes que salen de turno, estudiantes y trabajadores que entran a las siete… Todos encuentran allí un modo de mitigar el frío intenso del amanecer.


En la mañana, cuando salen los primeros rayos del sol que no logran mermar el frío, dentro en las galerías de Bello Horizonte, Bolívar, Alfonso López y las Palmas se perciben aromas: papa recién sacada de la tierra, mango dulce, cilantro… Decenas de puestos con toda clase de frutas y verduras se hallan unos junto a otros. Los clientes que comienzan a llegar después de las siete no saben que muchas horas antes, cuando la madrugada era joven, las señoras de los puestos esperaron los camiones repletos de mercancía fresca y a buen precio para tenerla lista para todos los que fueran llegando.

En múltiples rincones de estos lugares hay mujeres que se dedican a diversas labores. Quienes cocinan, por ejemplo, dedican toda la mañana a pelar papas, picar tomate y cebolla, lavar los vegetales y frutas, exprimir limones. Y al mediodía los diferentes platos están listos –sopa de arepa, ternero, tripazo…– desprendiendo agradables olores que atraen a los comensales que poco a poco ocupan los puestos.

En las tardes calurosas de la capital caucana, también puede verse a mujeres sentadas en sus puestos o arrastrando carritos móviles que ofrecen salpicón, jugos naturales, limonada o naranjada y a ellas acuden, desde diversas esquinas, infinidad de clientes ansiosos de calmar su sed o tomarse un respiro ante sus agobios cotidianos. Con buzos largos para defenderse del sol, ahí están, afuera de Campanario, del Terminal, de Tulcán…

Asimismo, en el parque Caldas, afuera del Éxito del norte y en puestos colocados en los andenes del centro, mujeres con gorra y chaleco verde fosforescente se paran con celulares de teclas a los que ya no se les puede leer los números convocando a los transeúntes al grito de “llamadas, llamadas”. Muy cerca otras venden maní, coco dulce, obleas… Con un delantal blanco esperan junto a la mesa conformada por cuatro palos en diagonal que forman una equis y un pedazo de tabla que es donde ponen los alimentos con los que deleitan a los payaneses que pasan.

En el atardecer de la ciudad blanca, vitrinas sobre los andenes de las vías principales de la ciudad están llenas de empanadas de pipián, papas aborrajadas, rellena, albóndigas, chorizos. Allí se sientan quienes han finalizado ya sus labores del día y ahora conversan, hacen una llamada o escriben un mensaje en su móvil.

Y antes de que se oculte el sol, otras mujeres en la ciudad comienzan a abrir sus negocios. Papas amarillas bien lavadas, papas guatas cortadas a la francesa o salchichas picadas en cuadros están listas para ser arrojadas a las pailas calientes. Estudiantes y empleados salen de las instituciones y llegan hasta los puestos a pedir una combinación de aquellas y aderezarlas con salsas de diferentes sabores.

Luego llega la noche y juegan con fuego, hacen malabares con pelotas, con cuchillos, se balancean en monociclos, mujeres que presentan su show ante los conductores por el lapso que dura el rojo en pasar a amarillo y verde en los semáforos a cambio de unas cuantas monedas.

Y al filo de la media noche, otras mujeres apenas se están alistando para salir a trabajar. Toman una bicicleta o un pequeño carro con dos llantas para recolectar el sustento diario de su familia. Recorren las calles en busca de plástico, cartón, o latas de cerveza vacías que luego cambian por unos pocos pesos en las chatarrerías de la ciudad.

Todas estas mujeres trabajadoras de la capital caucana comparten algo: ninguna es trabajadora formal.

Al verlas en el día a día, en su lucha constante y ardua, deberíamos preguntarnos qué han hecho o dejado de hacer ellas para cargar con este destino como si fuera una maldición de los dioses. O a lo mejor aquellas escenas son solo otras maneras sencillas y elocuentes como las mujeres nos demuestran su entereza, su valentía y su bondad para estar incluso por encima de los mismos dioses. Porque en su silencio y en su laboriosidad, ellas, todas ellas, son incansables e infinitamente inalcanzables.

 

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Sensibilidad, empatía y reivindicación son palabras de primer orden en las labores cotidianas de Alejandra Salazar. Además de estudiar Comunicación Social, es militante de grupos de género y comprometida con las causas animalistas. Co.marca recoge su experiencia.

Por: Rodolfo Güetio

 

 

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Nada impide salir adelante

La belleza también carece de sentidos

Labores silenciosas pero elocuentes que reconcilian con la vida deberían visibilizarse más que tanto ripio mediático que consume al país. Aquí, el perfil de una mujer que, sin poder hablar ni oír, desempeña el papel de madre, hija y hermana. Un ejemplo de entereza y superación.

Por: Juliana Andrea Orozco

 

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La ubicación de los canastos es la adecuada para deleitar a las personas con sus manjares. El puesto es pequeño, pero suficiente para una banca, dos mesas y un espacio para que la pequeña pueda caminar. En medio de los manteles que abrigan el producto, se conserva el aroma del pan recién hecho. Lorena está a la expectativa de que algún cliente se acerque a comprar. A la vista se encuentra pan de maíz, pan de yuca,  pan de sal, pambazo, arepas, envueltos y las deliciosas cucas.

–Buenas, me regala dos mil de pan de maíz, por favor.

El cliente se acerca para señalarle a Lorena qué desea llevar y con sus dedos índice y anular le indica la cantidad. Recibe el dinero y obtiene unas gracias de antemano. Leer los labios no es tan complicado para ella. Su hija la tantea para lograr su atención. Valentina tiene dos años y pasea cerca al puesto mientras su mamá y su abuela Jael realizan las ventas.

Una lucha constante

Lorena balbucea para comunicarse con su madre, le explica acerca de unas vueltas que recibe. Doña Jael apenas logra entenderla y le hace señas para afirmarle que están bien. Sonriente, atiende a los clientes que se aproximan al puesto persuadidos por el rico aroma. Es muy temprano y las ventas empiezan a incrementarse. Su objetivo, vender las cucas que ella prepara con mucho esmero, las cuales son su sustento económico. Lorena cuenta solo con este empleo, pues ha sido difícil desempeñarse en otras actividades laborales.

Ella, una mujer de tez blanca, labios delgados, ojos pequeños, agradable sonrisa y contextura robusta, se enfrenta al trajín de este siglo sin percibir ruido alguno, ni pronunciar palabras claras. Su meningitis inicio cuando tenía apenas dos años de edad: por negligencia médica no cuenta con dos de sus sentidos. La lucha de su madre fue constante, ya que era difícil encontrar una institución que le brindara una formación académica, pues ella no terminó su bachillerato pero logró aprender el lenguaje de señas.

Es rutina de cada ocho días trabajar desde tempranas horas en la galería. Durante la semana se dedica a las labores del hogar y a disfrutar de sus dos hijos: José Manuel, de 19 años de edad, y Valentina.  La pequeña está en una guardería cerca a la casa y el joven ya terminó el bachillerato. El amor que les tiene se expresa en cada gesto afectuoso e interés por su bienestar.

La habilidad con la que prepara las cucas es la misma con la que decora las fiestas en fechas especiales. La primera, aprendida de una amiga, y la segunda, desarrollada gracias a su interés por las manualidades. Lorena tiene conocimientos acerca de arreglos florales y trabajos en foami, entre otras cosas, gracias a un curso que realizó en el SENA. Además hizo parte de un grupo de personas con sus mismas condiciones donde logró forjar buenos lazos de amistad con algunos. “Ella es de pocos amigos”, afirma su madre. Al parecer prevalece más la calidad que la cantidad para esta mujer. Con su carisma, en el instituto encontró dos amigos que la visitan frecuentemente y comparte con ellos en las lúdicas para sordomudos que se realizan en Popayán, normalmente los fines de semana.

Acelere y cotidianidad

Deja las monedas debajo de un mantel y atiende en seguida al próximo cliente. Desde hace veinte minutos está de pie vendiendo sus productos. Ahora Valentina está al cuidado de su abuelo. Doña Jael vive con él desde hace varios años: de este matrimonio tienen a Wilmer, el hermano menor de Lorena. Martha es la mayor, hermana con la que tiene mejor comunicación.

Sandra Lorena Muñoz nació un 25 de mayo de 1974 en el municipio de Timbío, ubicado a tan solo quince minutos de la ciudad de Popayán. Este pequeño pueblo la vio crecer y hoy su presencia hace parte de la cotidianidad del mercado.  

–¡Traiga  la niña! –le dice doña Jael a su esposo, mientras Lorena organiza los manteles, pues ya está por terminar su jornada laboral.

Ya queda poco tiempo para despedirse del ritmo acelerado de la galería, ambiente que solo puede percibir a través de sus ojos. Como de costumbre recoge los canastos grandes, uno encima del otro y acomoda las mesas, con ayuda de su madre. Toma su bolso, carga a la pequeña y camina hasta perderse en medio de las personas que transitan cerca a los graneros y demás negocios.

Fue provechosa la venta de cucas, ahora están de regreso a casa.

 

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Una de las pocas mujeres en el ámbito del tatuaje en la ciudad de Popayán es Juliana Pedroza. Tiene 21 años y es estudiante de Artes Plásticas de la Universidad del Cauca. El dibujo y los amigos la llevaron al tatuaje, pero la vena artística viene de familia. 

 

Por: Yina Ágredo Vivas y Julián Sánchez Cardona

 

 

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“Fui amenazada por la guerrilla”

 

La violencia le arrebató la tranquilidad y la vida en su terruño a esta mujer surcaucana que cuenta su historia a Co.marca. Casi cuatro millones de mujeres son víctimas del desplazamiento en el país según registros oficiales. En medio del conflicto siempre hay quienes hacen prevalecer la ley de las armas y la intolerancia.

Por: Jennifer Eliana Enríquez Obando

 

 

 

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Estar como en familia

“Te los llevas para toda la vida”

Vivir en las residencias femeninas de la Universidad del Cauca entraña una lucha permanente por lograr bienestar y alcanzar un alto desarrollo académico. Testimonio sobre este espacio de estudio y de compartir que termina siendo para los estudiantes “como una segunda casa”.

Por: Juliana Vidal Mayor.

 

 

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Mi nombre es Melisa Rodríguez y soy estudiante de enfermería de la Universidad del Cauca. Soy una de las beneficiarias del programa de residencias universitarias femeninas y actualmente soy la representante de ellas. Vengo de un municipio que se llama Balboa, que es del departamento del Cauca, y pues mi mamá se ganaba un salario mínimo y me tenía que mantener a mí, a mi hermano, a un primo, a la mamá de él que es discapacitada y a mi abuela, y se tiene que hacer cargo además de la casa de allá. Entonces le quedaba supremamente difícil darme toda la manutención, por lo que accedí a este programa que da la universidad.

Residencias universitarias femeninas tiene 24 cupos en este momento, pude ingresar y las chicas que ya eran residentes antiguas me recibieron, me contaron cómo era toda la dinámica. Que este era un espacio de lucha que siempre se ha tratado de mantener. Me contaron todos los riesgos que vivir aquí conllevaba, también de todas las responsabilidades que se adquieren, que es defender el espacio, luchar porque muchas estudiantes gocen de estos beneficios que, la verdad, permiten que tengamos un desarrollo académico muchísimo mejor.

Vivir en residencias es una experiencia muy bonita. Las personas que tengan esa necesidad no se pueden cohibir por lo que dice la gente. Se suele escuchar: “no, esas residencias son la cosa más horrible del mundo”, y no, ya estando uno acá se da cuenta que las cosas no son así. Residencias es un espacio para compartir, un espacio de lucha, un espacio de estudio y un espacio que definitivamente hay que cuidarlo para que siga sirviendo como una segunda casa a muchas otras personas. Al final uno termina considerando a las chicas que están con uno como la familia, y ya cuando no están, hacen falta.

Estar aquí es siempre estar en una constante lucha por mejorar. Entre las chicas estamos muy organizadas: se han hecho actividades para recoger fondos con lo cual se compran cosas para mejorar las condiciones de vida. A nosotras nos toca prácticamente ‘guerreárnosla’ para poder seguir adelante y poder lograr una meta, y me parece muy chévere este espacio, porque todas las personas que estamos aquí luchamos, de una u otra manera, por este lugar. En residencias femeninas se han logrado hacer muchas mejoras y ha sido gracias a nuestra constancia porque no ha sido solamente pedirlo, sino que hay que hacerle seguimiento, ir todos los días y decir: “sí, esto ya lo van a hacer, esto tal cosa, esto cómo va”. Por eso nosotras hemos logrado cosas en este espacio que anteriormente no se habían logrado.

Acá se promueve que todas las estudiantes tengan el derecho a opinar, a decidir qué se va hacer y a decir sus pensamientos, y así cuando se toman decisiones siempre es democráticamente: “lo que diga la mayoría de las chicas”. Pero de todas formas se ha tenido en cuenta a las personas que no han querido colaborar o demás situaciones que generen molestia entre nosotras. Entonces se trata como de mediar y llegar a un acuerdo. Pero el hecho es que todo esté lindo y ameno, porque es como si fuera nuestra casa, aprendiendo siempre a convivir con todas y a organizarnos. Eso es lo más chévere, porque desarrollamos aptitudes y habilidades que tal vez nosotras no teníamos antes de llegar acá.

Pero para mí, como lo mencioné anteriormente, lo más bonito de estar en residencias es que las amistades que uno se lleva de acá son muy chéveres. Uno conoce a los chicos de residencias, conoce al personal administrativo de la universidad y prácticamente te sales del contexto, como de esa rutina. Y a quienes conoces aquí, te los llevas contigo para toda la vida, porque de verdad se convierten como en tu familia.

 

 

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Fuerza de mujer

Madre e hijo en el Humilladero

Madrugar y viajar de Timbío a Popayán es, desde hace dos años, la rutina de Enza María y su hijo de diez años. Ellos venden lulo y tomate de árbol en el Puente del Humilladero y esa es la única fuente de recursos para sustentar a una familia numerosa. Su día a día es un desafío sin certeza alguna.

Por: Yuliana Andrea Paruma Muñoz

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Desde las cuatro de la mañana, Enza María Piamba, una mujer de cuarenta y tres años, sale de su casa en la vereda Belén rumbo al terminal del municipio de Timbío. Se traslada a la ciudad de Popayán a comprar, en la galería del barrio Bolívar, un guacal de lulo y tomate de árbol para revender en el Puente del Humilladero. A su lado siempre esta Estiben García, de 10 años, su hijo y compañero de lucha. Los dos se encargan de limpiar y empacar la fruta que posteriormente será exhibida en un canasto.

Enza María es madre soltera desde hace mucho tiempo, pero esto no le ha impedido sacar adelante a sus seis hijos, de los cuales sólo dos viven con ella. “Yo vivo con los más pequeños y una nieta”, dice, con la voz quebrada. Sus ojos se humedecen cada vez que habla de lo difícil que son los días para ella y su familia. Salió de su municipio hace dos años a aventurarse en Popayán porque la competencia en la plaza de Timbío es mayor ya que es un pueblo pequeño donde la mayoría de los habitantes viven de la venta de revueltería.

Las cosas no han cambiado desde ese tiempo. Cada vez es más duro. “Algunas veces prefiero voltear en el centro para poder vender porque cuando me quedo en un sitio no se vende casi”, afirma. De lo que venda en el día recoge para almorzar, para el pasaje, para “el gota-gota” y para la comida de los que la esperan en casa.    

La presión de Enza María aumenta cuando, para poder comprar lo que revende, se ve en la necesidad de pedir prestado a los “gota-goteros”, aquellos que prestan dinero rápido y cobran diario la cuota pactada. El miedo y la preocupación son constantes porque obligatoriamente debe reunirles y no puede fallar o se metería en problemas.

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Diariamente se embarca en un desafío y ni ella ni su pequeño compañero saben qué les va a deparar la jornada. A las siete de la mañana ya están en el Puente del Humilladero dispuestos a vender lo que han comprado. Esperan que el clima les favorezca para así conseguir lo del almuerzo. “Dios no me ha desamparado nunca, siempre he podido reunir el dinero diario que necesito aunque a veces no lo reúno en la mañana, por eso compro café con pan y ese es el almuerzo para el niño y para mí”.

Estiben la acompaña sin reproches. Es un niño sonriente pero callado y observa con timidez a quienes pasan a su lado. Si tiene hambre no lo hace saber a su madre para no preocuparla, pero a veces no aguanta mucho y con voz suave y baja le habla al oído y le hace saber que tiene apetito. Él sabe que por el momento sus estudios se han detenido, pero no le importa pues ayudar a su madre es lo más importante.

Enza María es, sin duda, una mujer esforzada y valiente que no ha dejado de luchar y no se rendirá nunca. Y es, además, un ejemplo para los suyos, una de las tantas mujeres que han decidido salir adelante solas pese a las  situaciones difíciles y tristes que ha vivido.

Mujeres así son heroínas de lo cotidiano haciendo frente a un contexto adverso. A ellas, los problemas y el miedo no las doblega sino que las hace más fuertes

 

 

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Según datos de la Comisaria de Familia de Popayán, en cada mes del 2017 se presentaron en promedio 35 denuncias de violencia intrafamiliar, y en lo que va corrido del 2018 existen ya 40 denuncias. La campaña #SinExcusas, liderada por estudiantes de Comunicación Social de la Universidad del Cauca, entrevistó a una mujer sobreviviente de estas violencias físicas y psicológicas. El día que dijo “no más”, denunció penalmente al agresor pese a las amenazas.

La campaña #SinExcusas es un proyecto transmedia para visibilizar la violencia contra la mujer en la ciudad de Popayán. En él participan Diana Alejandra Villamarín Escobar, Laura Astaiza Muñoz y Renee Orozco Chávez.

 

 

 

 

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Solidaridad y dignidad

Un lugar donde vivir

Ciento diez adultos mayores residen en el Divino Niño, un hogar que sigue en pie pese a la indiferencia y el olvido de la sociedad. En el Día de la Mujer, Ana Manuela Cuellar le cuenta a Co.marca su historia y también canta intentando ser feliz. Entre tanto, sueña con mejores condiciones para la que considera su casa y su refugio.

Por: Laura Alejandra Piedrahita

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“Qué quieres que te cante mujer idolatrada,

mujer la más amada por este trovador,

si ya no tengo aliento enferma tengo el alma,

si ya no encuentra calma mi pobre corazón”.

 

La señora Ana Manuela Cuellar canta con voz rasgada, un poco ronca, pero con aires dulces. Interrumpe aquel pasillo al soltar una carcajada gozosa, mientras mira en dirección al recuerdo y la nostalgia. Ella –cabello corto, algunas canas, voz segura, labios gruesos, las manos pecosas y con marcas que solo los años traen–  cuenta lo importante que es poder cantarle a la vida. Nunca tuvo clases de manejo de voz ni fue reconocida por su talento, pero le trae felicidad cantar cada vez que puede.

Se aproxima el Día de la Mujer. Se dan flores y regalos. Las vitrinas decoloran el verdadero sentido de esta conmemoración mundial. Las novias y madres son agasajadas y renombradas como especiales. Músicos, tiendas y floristerías aprovechan la fecha para vender más. La sociedad parece premiar y respetar a las mujeres de casa, que tuvieron hijos y formaron una familia, a las mujeres que “supieron” ser madres o que saben cocinar “bien”, es decir si cumplen los roles que esta sociedad patriarcal ha adjudicado como únicos para la mujer. Pero, ¿si ese hogar no funciona, si no tuvieron hijos, si eligieron otro estilo de vida, son menos mujeres?

Valientes son las mujeres a quienes la sociedad les dio la espalda, pero la vida les dio otra oportunidad para decir lo que piensan y decidir lo que quieren para sus vidas, para sus hijos si los tienen o para la sociedad, aportando otro punto de vista, este sí más en defensa de la vida y en contra de la guerra. Merecen ser conmemoradas igual. Porque es el día mundial de la mujer trabajadora, de las mujeres como símbolo de fortaleza y aguante.

La señora Anita, cómo la llaman en el Hogar de Ancianos Divino Niño de la ciudad de Popayán, es una de las 65 mujeres que se alojan en este recinto para adultos mayores pero parece que trabajara allí. Aún se ve muy joven y es muy enérgica. La reconocen por cuidar de las otras señoras y aunque su dolor de rodilla le hace caminar despacio y la pérdida de sensibilidad en una de sus manos le impide seguir tejiendo, aún es muy capaz de contribuir y ayudar en las labores del asilo que alberga a 110 adultos mayores. “Si uno tiene voluntad de hacer las cosas uno las hace. Teniendo las manos bien, la cabecita funcionando y habiendo trabajo, ayudé”, dice Ana aclarando que la ayuda que ella da, la da por cuenta propia, por voluntad y no porque la obliguen. A falta de actividades y de programas artísticos y lúdicos, los habitantes del hogar, y en este caso la señora Ana Manuela, buscaron distracciones en la cotidianidad del ancianito.

Ana agradece con devoción religiosa varias veces en el transcurso de su relato. Agradece tener la cabeza en perfectas condiciones. Agradece a Dios. Agradece tener un lugar dónde vivir. Y es que 65 años de edad parecen muy pocos para estar en un ancianato, pero la soledad que deja un hogar disfuncional, dos hijos perdidos antes de nacer y la desunión familiar hicieron que a los 59 años Ana buscara refugio. “Si yo no encontraba dónde meterme yo me iba a tirar al río Cauca, estaba desesperada”, relata Ana con angustia en el rostro al revivir dolores del pasado.

Ella buscó ayuda en la Alcaldía y diez días después y, según Ana gracias a la ayuda divina, la enviaron recomendada al Hogar Divino Niño Jesús, donde hasta el día de hoy ha pasado sus días aportando a los demás compañeros con lo que puede: ayudar a las otras abuelas a vestirse, acomodar la ropa o hacer las camas, entre otras actividades que ha aprendido a realizar al lado de una de las enfermeras. Todo esto lo hace como un acto de reciprocidad hacia el lugar que ella siente que le salvó la vida. Con esa contribución y sin ser una carga, Ana agradece todos los días ese espacio que le permite estar tranquila, compartir y seguir cantando para ella y el centenar de abuelitos más que vive ahí.

La edificación se muestra en buenas condiciones y todos sus jardines están muy bien cuidados y son llamativos, llenos de flores. Hay una capilla muy grande en comparación con el resto de los espacios del lugar. Es impecable y elegante. Las señoras y señores están separados en distintos espacios: una sala para ver televisión los hombres, otra para mujeres, un pabellón y zona de dormitorios para los hombres y otro para las mujeres. Por habitación duermen cuatro personas, cada una en una cama tamaño individual. Disponen además de un espacio para organizar su ropa. En el primer piso se encuentran los abuelitos con algunas discapacidades y en el segundo los que aún pueden subir las escaleras.

Pero más allá de los jardines bonitos hay 110 ancianos, la mayoría olvidados, sin familia que los visite o haga aportes económicos. Las hermanas de la congregación les hacen un paseo anual. Ese día pueden tomar gaseosa y comer un platillo especial. El resto del año, cuando por algún motivo una persona entra al hogar, algunos de ellos se acercan buscando una conversación para evocar sus recuerdos, sus sentires, para contar sus nostalgias. Quieren ser oídos, conversar un poco e interactuar.

A muchos les gusta bailar, a otros cantar, tejer o realizar alguna manualidad. Pero el olvido del Estado y de los gobernantes, el poco conocimiento que hay del lugar y la indiferencia social, hacen que estas personas mayores –en su mayoría mujeres con interesantes cosas por contar, por aportar a la sociedad– no tengan los espacios, las condiciones, ni los profesionales necesarios para cumplir con los deseos de hacer algo, sentirse útiles y terminar su vida con toda la dignidad que les sea posible.

 

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Crónica 

Ave en busca de cielo

A veces, una mujer puede ser delirio, historia elocuente aunque absurda, extravío hecho palabras, lluvia apenas. O, simplemente, soledad. Algún encuentro casual e inesperado en la calle de alguna ciudad puede terminar en una conversación y en una crónica imprevista.

Por: Pablo Alejandro Muñoz

 

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Hecha lluvia se acercó una mujer al final de la tarde. Aproximadamente 39 años. Y preguntó la hora. Al encontrar una respuesta rápida, decidió sentarse a nuestro lado y contarnos una parte de su vida, lo que es y lo que ama. Acaso por la invisibilidad que supone para muchas  personas su condición mental, es muy importante para ella encontrar alguien que la escuche y la mire a los ojos.

Lo primero que hizo después de saludar fue preguntar a qué nos dedicamos. Al decirle que éramos aventureros de las palabras entendió que desde hace tiempo había estado buscando a alguien que pudiera contar las historias que ha visto a lo largo de su vida y en el afán por ganar nuestra confianza comenzó a narrar hechos a medias, dispersos, nebulosos.

Yo escribo, yo tengo en mi cuaderno hechos que han pasado. La historia de una niña a la que violaron y mataron. ¿Será que usted podría mostrar esa historia? Pero tendría que reunirse conmigo para darle las fechas exactas. Quiero que se sepa. La vaina es que no sé quién la mató. Yo podría escribir eso y otras cosas. De ahí sale un libro ¿no cree, joven? Yo sé de muchas personas que han desaparecido y luego las han encontrado muertas. A mí me gustaría que le interese, yo le puedo contar eso para imprimirlo y que se lea joven.

Así que con una confesión de hechos tan íntimos solo se podía escuchar porque cuando una persona se descubre ante otra le está dando un voto de confianza. Y si se ignora, tal vez nunca vuelva a escucharse en ningún rincón. Entonces con la noche en la espalda y los ojos bien puestos respondimos a nuestra responsabilidad descubriendo lo pequeño y lo viejo que puede llegar a ser el mundo.

Ustedes han oído de José Luis Perales esa canción que dice “¿Por qué los niños olvidados?, porque… ¿cómo es?... Dime ¿por qué los viejos olvidados? Por qué las almas en las manos?”. Yo esa me la quiero comprar para aprenderme la letra, por eso es que me sé solo un poquito, me gusta mucho la música. Oiga, joven, y ¿por qué no lo invito un día de estos para que vaya a la casa? Lleve su guitarra, me gustaría cantar más, porque las canciones son mensajes entonces yo quiero que me acompañe para cantarla. ¿Usted de verdad sabe tocar la guitarra, joven? A mí me parece que los muchachos son más chéveres para conversar, porque es que a pesar de que hay niñas serias, la mayoría de veces ellas se ponen a reír cuando uno les habla.

¿Usted conoce Pasto? Yo conocí muchísima gente allá en el psiquiátrico, conocí bastantes niñas estudiantes. Ellas iban a ver a los pacientes, conversaban con nosotras, es una clínica grande. Todos los días teníamos que levantarnos a las 6:30 a bañarse y a las 7 al comedor: nos daban café con leche, dos panes y nos daban pastillas.

Luego tocaba estarse por ahí, esperando a que pasara el tiempo hasta la siguiente comida. Los domingos nos sacaban por ahí y en el patio nos ponían música y bailábamos entre enfermas. La gente de Pasto es muy chévere, yo he congeniado con mucha gente de allá.

Dejamos que las cosas siguieran su propia lógica, su propio sentido de la oscura y céntrica ciudad, Y en los ojos cerrados, el cantar. La tierra mojada del Parque Caldas alimentaba un olor a soledad. Y ella, libre, ingenua, repleta de intenciones por preguntar porque pareciera que de niña nadie nunca le respondió por qué el cielo se oscurece en las noches. Y ella, creyendo que más que la gravedad, lo que nos mantiene en el suelo es la falta de intentos por ver las nubes. Entonces se sobresalta al pensar en lo rápido que pasan los días últimamente. Y al sentir que los árboles le hablaban les respondió con piropos porque, aunque estaba vestido de manera regia –según ella para hacer una vueltica en la Alcaldía– sabía que pasaría un buen tiempo hasta que regresara a la ciudad.

Entonces ¿cuándo puedo invitarlos a la casa para que conozcan donde yo vivo? Pero ¿ustedes no van, o si van? Un día que ustedes no tengan clase, puede ser un domingo. Allá, mi hermana vende empanadas. ¿Conocen la iglesia Belén? Yo vivo por allá cerca a la iglesia. Mi hermana vende empanadas en la misa del domingo a las 11:30 y a las 4:00. Antes había una monita que vendía fritanga, ya estaba viejita, que en paz descanse.

Dispuesto todo, sacó un cuaderno argollado con flores en la portada y nos pidió los números de celular para ver si algún día podía volver a hablar con nosotros, preguntarnos cosas y hacer que la luna demore en salir. Porque quiere encontrarla cuando esté más liviana, más cerca a lo que ella siempre pareció ser: un ave en busca de cielo.

 

 

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Estigma y poca difusión

¿Un deporte sólo para hombres?

¿Cuáles son las razones para que el fútbol femenino no tenga una aceptación ni un despliegue mediático similar al masculino? En esta columna de opinión se reflexiona sobre ello y se propone  la reivindicación y la visibilización de este deporte que ya es practicado por mujeres en todo el mundo.

Por: Nicolás Mateo Ulloa Quilindo

 

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Mexico. 1986. Argentina disputa los cuartos de final de la copa del mundo contra Inglaterra. “Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, deja el tendal y va a tocar para Burruchaga... ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta... Gooooool...”

Se acababa de marcar unos de los mejores goles de la historia del fútbol.

¿Recuerda alguna vez un acontecimiento así en el futbol femenino?

La respuesta es un rotundo no.

¿Por qué se presenta este hecho?

Desde sus inicios el fútbol femenino ha sido un deporte maltratado, discriminado, ninguneado y un montón de adjetivos más que ponen en evidencia el claro machismo que existe en este deporte. Los prejuicios que aún existen en la sociedad son el detonante para la lenta progresión de esta actividad física.

En general, los medios de comunicación a nivel mundial sólo se ocupan del fútbol masculino. Algunos le dan cabida a otros deportes como el tenis, el baloncesto y los deportes a motor pero a nivel superficial. A no ser que se trate de una competición de talla mundial, ninguno de estos deportes alcanza la repercusión que tiene el fútbol. Pero de esta disciplina, en su versión femenina, casi no se habla.

Ejemplo de esto es que el equipo francés Olympique de Lyon es el actual campeón de la UEFA Champions League Femenina y con la obtención de este título suma ya cuatro en su palmarés. Pero en torno a este hecho, la actividad de los medios ha dejado mucho qué desear. Ahí empieza la problemática. Y se tiene que hablar más de ello no solo por cumplir o porque sea políticamente correcto sino porque las deportistas hacen los suficientes méritos para salir de la invisibilización.

El fútbol femenino, de manera oficial, empezó mucho después del masculino. Prueba de ello es que el primer mundial en el que compitieron mujeres se desarrolló en 1991 en China, casi 60 años después del primer mundial de hombres celebrado en Uruguay en 1930. Si bien hubo ejemplos en el siglo pasado (en los años 20 un club inglés femenino, Dick, Kerr's Ladies F.C. llenaba estadios por todo el Reino Unido) la Football Association argumentó que el futbol no es un deporte para mujeres y prohibió que practicara en campos donde jugaban los hombres. Tal decisión estancó, evidentemente, al futbol femenino.

 

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Dick, Kerr's Ladies in 1921

 

 

El machismo se presenta en casi todos los aspectos sociales y los deportes no son la excepción. Y menos, el fútbol. Tal situación se evidencia en los estadios y hasta en los campos de barrio a través de frases como “tiras como una mujer” o “una mujer patea mejor que tú”, entre otras muchas. Subestiman así las cualidades que puede tener una mujer dentro del terreno de juego. Un ejemplo significativo es la denuncia de una árbitro española en la cuenta de twitter al maltrato verbal machista que tuvo que sufrir cuando hacía parte del equipo arbitral de un partido amateur. Frases subidas de tono fueron dichas por parte de niños que no superaban la mayoría de edad.

https://twitter.com/evaalcaide28/status/937433838044794881?lang=es

Otro ejemplo se presenta con los ultras del Olympique de Lyon. En un partido de su equipo versus el Lille, sacaron una pancarta que decía: “Hombres al estadio, mujeres a la cocina”. Se desconoce cuáles fueron los motivos pero nada justifica esta acción. Los ultras pretenden ignorar, además, que el equipo femenino del club ha cosechado en menos tiempo más títulos internacionales que su similar masculino. Que hagan este tipo de manifestaciones demuestra lo mal que se encuentra la sociedad.

 

 

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Una de las bases para la educación es la familia y, muchas veces, si una mujer habla de fútbol con sus padres o familiares la tildan de machista y argumentan que esta actividad es sólo para los hombres. El ejemplo empieza desde casa y la sociedad debe anular el estigma de que las mujeres no pueden practicar ni hablar de este deporte.

Aun en tal contexto, poco a poco las cosas van mejorando. En Colombia es obligatorio que un club profesional tenga un equipo femenino y esta temporada se está generando ilusión con ello. Los fichajes animan al público y los horarios de fútbol masculino con los del femenino no se cruzan. Que haya transmisiones por el canal Win Sports es un gran paso de Colombia y genera audiencia.

La última final del futbol colombiano fue entre Santa Fe y Huila y se jugó en el mítico estadio El Campin de Bogotá. Al encuentro asistieron aproximadamente 30 mil personas. Para 2019 todos los equipos que participen en la edición de la Conmebol Libertadores tienen que tener su similar femenino, sino de inmediato se suspende su participación. Esto es un paso importante para el crecimiento de este deporte no solo en Colombia sino a nivel mundial.

Es difícil que en un futuro cercano o medianamente cercano el futbol femenino pueda tener la misma repercusión que el futbol masculino, ya que este tiene mucha tradición y un gran bagaje histórico. Cuando se empiece a hablar de futbol femenino evidentemente crecerá el porcentaje de aficionados a este deporte. Entonces, para los fanáticos habrá dos opciones. Uno: el futbol masculino, quizá un poco más fuerte, físico y táctico. Dos: el futbol femenino, un poco más técnico.

En los últimos dos o tres años el fútbol femenino ha notado un crecimiento si lo comparamos con lo que pasaba hace 30 años. Sin embargo falta aún mucho camino por recorrer. El cambio no solo depende de los medios de comunicación, los hinchas o los futbolistas. Empieza, en realidad, por nosotros, quitando estigmas que ha impuesto la sociedad y generando equidad. ¿Usted está dispuesto a contribuir con ello?

 

 

 

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 Crónica

“Nuestros días eran siempre”

Domingo de agosto, largo e incómodo viaje de regreso en bus y lágrimas. Una mujer muere a 284 kilómetros de distancia de su último hijo. Elegía por una madre trabajadora, honesta, cariñosa y testaruda.

Por: Juan D Orozco

 

 

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Al bus se habían subido unas 15 personas. No hacía mucho frío, eran las 6 de la mañana y estaba en Popayán. Domingo, 14 de agosto de 2018. Seis horas atrás, mi hermana, que inundada trataba de contarme, había dicho que nuestra madre había muerto. Fue en ese momento que hizo frío. Cerré el computador, temblé. Me distanciaban 9 horas de viaje de mi familia, de ella, de su despedida. Me acomodé en la última silla del bus. Sobre la ventana iba mirando cómo amanecía mientras intentaba desaparecer la imagen de lo que encontraría al llegar.

Ya se había asomado el sol y recordé la última vez que la vi. Sólo habían pasado 12 días. A las 8 de la mañana mi madre me había dicho “ten un buen viaje, hijo”. El bus seguía avanzando, llevaba hasta ese entonces más de tres años recorriendo esa ruta. Coconuco, el primer pueblo, había quedado atrás y empezaba un camino largo por las montañas entre el Cauca y el Huila. El 2 de agosto de 2016, ella se levantó como siempre, muy temprano. Se acercó y me dio un beso en la mejilla. Le dije que nos veríamos pronto, sin saber yo que sería la última vez.

El bus frenó, la gente bajó a desayunar, yo me envolví en mi saco. Llevábamos cerca de tres horas en carretera y, aunque se veía todo claro, en ese punto de la ruta hace mucho frío. No había dormido: después de la llamada, tomé un taxi a casa de una amiga. A la medianoche de un sábado la ciudad se mueve ligera, y yo, con las gafas empañadas, sólo quería que el taxi no parara, así como el bus en el que iba al otro día. La carretera es inestable, hacia los lados se ven praderas y riscos, la vegetación propia de páramo que no me había detenido a ver antes.

El 19 de agosto del 2015 ella había estado en Popayán. Celebramos su mitad de siglo más un año con vida. Eso estaba en mi cabeza, mientras apretado en la última silla, que saltaba por las piedras en la carretera, inevitable llegaba ese recuerdo. Eran cerca de las diez de la mañana cuando recibí una llamada. Mi mejor amiga quería viajar conmigo: se había enterado unas horas antes y no encontraba qué hacer. Mencioné que estaría bien. Una segunda llamada: mi hermano, que nunca se ha quedado sin qué decir, no entonaba una sola palabra. Lo único que dijo fue: “David ¿Usted sabe qué pasó?”. Y lloró.

El rostro como memoria

Ya estaba en el Huila, en un pequeño pueblo llamado San José de Isnos. Había estado antes aquí. Frío, empinado, verde, tranquilo, jolgorio de noche en fin de semana. Casi cinco horas de viaje. No quería ver a nadie. Al lado mío dos hombres iban hablando de mujeres, al frente una señora le daba algo de comer a su hijo, a la derecha un chico hablaba por teléfono y yo veía una fotografía en mi celular. El 3 de enero de 2016 en Villavicencio, aun cuando no le gustaban las fotografías, mi madre posó conmigo. Yehuda Amijai escribiría: “Por amor a la memoria llevo sobre mi cara la cara de mi padre”, frase con la que inicia Héctor Abad Faciolince uno de sus libros; y yo veía mi cara en la de mi madre en esa fotografía. Un amor y una memoria.

Una hora después, siendo mediodía, llegamos al municipio más grande al sur del Huila. En Pitalito hacía calor, sin embargo no me desprendí del saco negro que llevaba puesto. Caminé por el terminal buscando cómo llegar hasta mi pueblo. Media hora después estaba en un carro pequeño. Sólo esperaba llegar. Llevaba tres maletas. No sabía si volvería, no quería volver. Quería llegar a dormir. Siempre fue el niño de mi casa, dormía con mi madre cada vez que quería, incluso a veces me sentaba al frente suyo mientras dormía: me daba miedo que no respirara. La escuchaba y me iba feliz. Cuando me sentía me decía: “Ve a dormir, hijo, buenas noches”. Ya no volvería a pasar.

El trayecto hasta mi pueblo en el Huila lo conozco bastante bien. Empezaría a subir la montaña y haría frío de nuevo. El bosque de niebla más bajo del mundo está en el Caquetá, y este lo había recorrido ciento de veces. Es un montón de curvas hasta llegar al punto más elevado, desde donde se ve la cordillera oriental, en su inmensidad. A la entrada de Florencia, a unos 25 minutos hay unos túneles y unos rectángulos sobre la carreta que separan los límites entre el Huila y el Caquetá; fue allí cuando dimensioné lo que había pasado. Mi madre, quien incansablemente trabajó por más de 40 años, la luz del cielo –sabiéndose o no si ese cielo existe– la invitó a hacer parte. Una mujer que aprendió de muy pequeña a trabajar, se fue amando su tierra, sus hijos, su historia.

Las manijas de mi reloj apuntaban más de las dos cuando vi el letrero que en una curva dice: Bienvenidos a Florencia. La sensación húmeda propia de la Amazonia era la que cubría ahora mi cuerpo, y en este también un sudor frío. Vería a mi madre acostada entre una cárcel que la condenaría por siempre. Isabel Allende alguna vez dijo: “Sólo se muere quien se olvida”. Mi madre inevitablemente moriría en la mente de las más de cien personas que estuvieron presentes el día que con delicadeza escribí en su sepulcro “Bellanira Orozco Sánchez, 18 de agosto de 1964 – 13 de agosto de 2016”. Moriría no porque ya no nos sorprendiera con su sonrisa, moriría porque los muertos siempre se olvidan, menos para mí que por suerte tengo guardada en mí la sonrisa que heredé de ella.

Blanco y rosas

A mi madre le encantaban las flores: la hubieran visto, una niña chiquita cuando le daban una rosa. Ella, que se levantaba desde muy temprano en las mañanas y para quien la lluvia, el calor más infernal, la pesadez, la enfermedad, el sosiego o la cartera vacía nunca fueron un problema, iluminaba su rostro al saberse coqueteada con una rosa. Para mí sería siempre igual. Me bajé del taxi y lo primero que vi fue flores. A la entrada de la casa de una tía había un arreglo floral con su nombre, un par de sillas, una carpa, personas, mi hermano llorando, mi hermana con la mirada perdida. Nunca hubo flores los 8 de marzo ni el segundo domingo de mayo, pero sí las hubo un domingo cualquiera, un lunes en la noche o un jueves en la mañana. No hubo flores porque sabíamos que nuestros días eran siempre. Un chocolate aparecía un martes en la noche, una galleta para los dos llegaba los viernes. El orden nunca fue el mismo.

Decir adiós una última vez nunca será fácil, ni tampoco sabremos cuándo será. Los pormenores de lo que pasó desde que abracé a mis hermanos y llegara mi madre custodiada por cuatro hombres vestidos delicadamente de blanco y negro, han sido yuxtapuestos por la memoria que dejará siempre el dormir en su cama. Mi madre fue una mujer trabajadora, honesta, responsable, cariñosa, testaruda. Mi madre me enseñó a llorar desde pequeño, de felicidad, tristeza, orgullo y desesperación, pero sobre todo me dejó el nunca dar el brazo a torcer, siempre habría una solución a todo.

Al final de la noche mis primos y tíos hablaban de lo que había pasado, lo que había significado mi madre. Hablaron de lo mal hijo que fui, de lo que ella hizo en su vida, de lo que dejó de hacer. Sonaba música de velorio, había un par de cervezas, un montón de motos aparcadas sobre la calle, las mujeres de la casa llorando, los hombres lamentándose. Mi madre de blanco y unas rosas alrededor suyo.

Veinticuatro horas después de que llegara a Florencia, vestido con mi mejor traje, me alistaba para ir a acompañar a mi madre por última vez a algún sitio. Leonel Plazas Mendieta, filósofo caucano que se hace llamar José Gadhafi, escribió en memoria de un amigo suyo que perdería en un viaje: “Te fuiste como nos llegaste y por eso todavía estás viajando, estás llegando todavía”. Mi madre empezaría un viaje, viajaría un kilómetro que distancia la casa, nuestra casa, de su morada por algunos años. Ella siempre me dijo que debía usar lo mejor que tuviera para las fechas especiales, y para muchos el día de misa era especial. Para ella lo era.

A la memoria de mi madre, que viaja todavía, que vive todavía, recorro los pasos que dejó su existencia.

 

 

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Crónica

La víspera del resto de la vida

No siempre se puede salvar a quien se quiere. El parpadeo de un arma puede hacer que el tiempo se detenga, que el alma se derrumbe, que haya trances absurdos y dolorosos. Hay muertes que solo lloran las madres. Porque un hijo es un hijo, aunque sea drogadicto.

Por: Laura Daniela Manzano Pemberthy

 

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Eran las cinco de la tarde del 3 de julio. No hacía calor. No se escuchaba la risa de los niños que jugaban en el parque de enfrente. No había niños ese día, quizá sus padres no los dejaban salir: es la herida transitoria que dejan los muertos del barrio. Ángel esperaba como una estatua, deseando con todas sus fuerzas que no pasara lo inevitable, que lo ocurrido no sucediera. Estaba sentada ahí, reproduciendo en su cabeza los últimos 30 años de su vida. Era un trance absurdo y doloroso. Necesario. Musicalizado por el sonido del aceite hirviendo que orquestaba en su casa mientras –sí, trance absurdo y doloroso– su hijo Federico fritaba tajadas de plátano. Y llegaban de golpe los alaridos de su loro Jacinto que, como una puñalada, le recordaban que estaba sola, que su hijo se había ido.

–¡Federico! –gritaba el loro inocente–. ¡Federico, la pasta!

Y Ángel, con la carne congelada, rompía en llanto.

 

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Su casa quedaba al final de la calle, justo enfrente de un joven samán en cuyas ramas se posaban 29 gallinas todas las noches. Ya había pasado una semana. Después de siete días de excesiva compañía, la soledad se acentuaba sobre Ángel. Caminaba lento, guardaba silencio y fumaba para poder respirar. Ante los demás se esforzaba por verse fuerte y completa, pero todos sabían que el alma se le desmoronaba con cada parpadeo.

Se levantó de la cama a las seis de la mañana, aunque llevaba despierta desde las cuatro y treinta, pues a esa hora solían comenzar sus días. Pero ya no más. Quería suprimir los hábitos que ahora le estorbaban. Preparó desayuno para uno: café negro, tostadas y queso cuajada.

 

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En el piso había bombas de colores y en el bifet reposaban varias botellas de aguardiente: eran para su fiesta de cumpleaños el pasado sábado, una fiesta que ya no sucedió. Ángel evitaba mirarlas, le despertaban las náuseas y le recordaban la tragedia. Se juró dejar el alcohol.

Aseó la casa. Esta vez le tomó poco tiempo, ya no había mucho que limpiar. Alimentó a su loro, a sus gallinas y a sus gatos. Se bañó rápido, a pesar de que no pretendía recibir ninguna visita ni salir a ninguna parte. Tampoco trabajaría ese día.

Ángel sentía pasos en el segundo piso, escuchaba unos ronquidos lejanos, veía a Federico pasar… La confundían sus sentidos, era como lastimarse a sí misma. Así transcurría su día, en medio de una casa vaciada, llena de portarretratos acostados, llena de silencio, inmutable, que se derrumbaba sobre ella. Su hogar la desesperaba inmensamente, no quería estar ahí, pero tampoco tenía ánimos de salir.

 

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Federico tenía 30 años cumplidos el día que lo mataron. Era delgado y de tez pálida, casi esquelético, de cabello rizado y nublados ojos azules. Tenía la voz áspera y disonante, consecuencia de una puñalada que recibió en el cuello escapando de algún centro de rehabilitación. Guapo a pesar de todo. Las drogas habían dejado huella en su cuerpo y en su mente. Los vicios le pellizcaban los huesos y no distinguía los días de la semana.

En algún momento su vida pintó mejor: tenía una esposa y un par de pequeños que lo amaban, pero en la vida de un toxicómano las cosas no son tan sencillas.

Ángel estaba ahí para él, como nadie más, eso era lo importante. Así son las mamás. La vida con él era una lucha incesante. Federico dormía entre las cuatro de la mañana y las cinco de la tarde, efecto de los medicamentos que su madre debía suministrarle a diario. Discutían con frecuencia, a veces sin motivo distinto a un arranque desaforado de Federico. Equilibrar a un desequilibrado, eso hacía Ángel.

Cómo llegó Federico hasta ese punto es algo que Ángel no esclarece. No siempre se puede salvar a los hijos, no siempre tomamos buenas decisiones. Es más, equivocarnos es lo mejor que sabemos hacer.

 

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El jueves 25 de junio, las carcajadas se escuchaban desde la esquina, la tertulia se concentraba en el antejardín de Ángel, conocida en la ciudad por su espíritu de rumba y sus gritos roncos. Todavía no era su cumpleaños, pero celebraban la víspera de su natalicio.

Habían planeado la fiesta con mucha anterioridad: sus amigos ya eran expertos en la organización de eventos y celebraban lo que fuese. La cuota era de cincuenta mil pesos. No iba a ser una fiesta grande, pero se garantizaba el disfrute de todos. No paraban de hablar al respecto.

Sumergidos en el ambiente gozoso de la chanza y la charla, Ángel y sus amigos se revolcaban en el regocijo que ofrece la vida. Nadie está nunca preparado para las desgracias. De hecho, siempre parecen llegar en el momento menos indicado.

Federico estaba afuera, jugando en el parque, tal vez caminando un poco. Le gustaban los paseos.

Fue cruzando la esquina. Fue el estallido. Fue el crujir de la bala contra su cráneo, el sordo sonido de la muerte. El efímero segundo que antecede el estruendo de una moto a la huida, los gritos de los vecinos, los pies de los niños corriendo hacia sus casas, la música que nadie detuvo.

 

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El agujero en la cabeza escupía toda la sangre de su cuerpo, sus pupilas orbitaban en el cielo. Federico se iba lenta y tortuosamente. Morir solo nos sucede una vez en la vida.

Ángel lo sostenía, las personas se aglomeraban a su alrededor, nunca había recibido tanta atención. Fue en ese momento cuando recordó todas las cosas que siempre había sabido.

Sabía que nadie lloraría a su hijo como ella, que nadie iría a la cárcel por su muerte, que sobre ninguna conciencia pesaría el haber asesinado a un drogadicto. Que nunca sabría quién lo mató, que no le importaba saber por qué. Sabía que ya no toleraría a Jacinto, que ya no sabría qué hacer con todas las cosas de Federico. Que las personas sentirían alivio, que sin decírselo se compadecerían de ella, pues por fin podría vivir tranquila. Sabía que le habían quitado lo único que la hacía madre. Que nadie más moriría con él, salvo ella.

 

 

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