06 de marzo de 2018

Nada impide salir adelante

Sin sentidos también hay belleza

Labores silenciosas pero elocuentes que reconcilian con la vida deberían visibilizarse más que tanto ripio mediático que consume al país. Aquí, el perfil de una mujer que, sin poder hablar ni oír, desempeña el papel de madre, hija y hermana. Un ejemplo de entereza y superación.

Por: Juliana Andrea Orozco

IMG-20180303-WA0045.jpg

La ubicación de los canastos es la adecuada para deleitar a las personas con sus manjares. El puesto es pequeño, pero suficiente para una banca, dos mesas y un espacio para que la pequeña pueda caminar. En medio de los manteles que abrigan el producto, se conserva el aroma del pan recién hecho. Lorena está a la expectativa de que algún cliente se acerque a comprar. A la vista se encuentra pan de maíz, pan de yuca,  pan de sal, pambazo, arepas, envueltos y las deliciosas cucas.

–Buenas, me regala dos mil de pan de maíz, por favor.

El cliente se acerca para señalarle a Lorena qué desea llevar y con sus dedos índice y anular le indica la cantidad. Recibe el dinero y obtiene unas gracias de antemano. Leer los labios no es tan complicado para ella. Su hija la tantea para lograr su atención. Valentina tiene dos años y pasea cerca al puesto mientras su mamá y su abuela Jael realizan las ventas.

Una lucha constante

Lorena balbucea para comunicarse con su madre, le explica acerca de unas vueltas que recibe. Doña Jael apenas logra entenderla y le hace señas para afirmarle que están bien. Sonriente, atiende a los clientes que se aproximan al puesto persuadidos por el rico aroma. Es muy temprano y las ventas empiezan a incrementarse. Su objetivo, vender las cucas que ella prepara con mucho esmero, las cuales son su sustento económico. Lorena cuenta solo con este empleo, pues ha sido difícil desempeñarse en otras actividades laborales.

Ella, una mujer de tez blanca, labios delgados, ojos pequeños, agradable sonrisa y contextura robusta, se enfrenta al trajín de este siglo sin percibir ruido alguno, ni pronunciar palabras claras. Su meningitis inicio cuando tenía apenas dos años de edad: por negligencia médica no cuenta con dos de sus sentidos. La lucha de su madre fue constante, ya que era difícil encontrar una institución que le brindara una formación académica, pues ella no terminó su bachillerato pero logró aprender el lenguaje de señas.

Es rutina de cada ocho días trabajar desde tempranas horas en la galería. Durante la semana se dedica a las labores del hogar y a disfrutar de sus dos hijos: José Manuel, de 19 años de edad, y Valentina.  La pequeña está en una guardería cerca a la casa y el joven ya terminó el bachillerato. El amor que les tiene se expresa en cada gesto afectuoso e interés por su bienestar.

La habilidad con la que prepara las cucas es la misma con la que decora las fiestas en fechas especiales. La primera, aprendida de una amiga, y la segunda, desarrollada gracias a su interés por las manualidades. Lorena tiene conocimientos acerca de arreglos florales y trabajos en foami, entre otras cosas, gracias a un curso que realizó en el SENA. Además hizo parte de un grupo de personas con sus mismas condiciones donde logró forjar buenos lazos de amistad con algunos. “Ella es de pocos amigos”, afirma su madre. Al parecer prevalece más la calidad que la cantidad para esta mujer. Con su carisma, en el instituto encontró dos amigos que la visitan frecuentemente y comparte con ellos en las lúdicas para sordomudos que se realizan en Popayán, normalmente los fines de semana.

Acelere y cotidianidad

Deja las monedas debajo de un mantel y atiende en seguida al próximo cliente. Desde hace veinte minutos está de pie vendiendo sus productos. Ahora Valentina está al cuidado de su abuelo. Doña Jael vive con él desde hace varios años: de este matrimonio tienen a Wilmer, el hermano menor de Lorena. Martha es la mayor, hermana con la que tiene mejor comunicación.

Sandra Lorena Muñoz nació un 25 de mayo de 1974 en el municipio de Timbío, ubicado a tan solo quince minutos de la ciudad de Popayán. Este pequeño pueblo la vio crecer y hoy su presencia hace parte de la cotidianidad del mercado.  

–¡Traiga  la niña! –le dice doña Jael a su esposo, mientras Lorena organiza los manteles, pues ya está por terminar su jornada laboral.

Ya queda poco tiempo para despedirse del ritmo acelerado de la galería, ambiente que solo puede percibir a través de sus ojos. Como de costumbre recoge los canastos grandes, uno encima del otro y acomoda las mesas, con ayuda de su madre. Toma su bolso, carga a la pequeña y camina hasta perderse en medio de las personas que transitan cerca a los graneros y demás negocios.

Fue provechosa la venta de cucas, ahora están de regreso a casa.

primi sui motori con e-max.it