02 de Junio de 2017

Opinión

Un estigma en la ciudad blanca

Esta columna de opinión sobre el cierre temporal de un café en el centro de la ciudad es una voz de protesta porque la discriminación no cesa. La inclusión y la tolerancia siguen siendo un asunto más de normas que de la realidad.

Por: Natalia Atuesta

monk coffee

Hace un par de días iba camino a casa de mi hermana, como suelo hacerlo a diario, y me encuentro con la sorpresa de que habían sellado Monk.

Monk es un café ubicado en el centro histórico de la ciudad de Popayán, el cual pertenece a un joven estudiante universitario, quien decidió invertir todos sus ahorros en la creación de un café teatro. Un lugar innovador en la ciudad que desde su apertura, en diciembre del año pasado, tuvo gran acogida gracias a la variedad de actividades que ofrece a los diferentes públicos. Monk se caracteriza por ser un espacio donde se puede compartir desde una comida en familia hasta una  celebración entre amigos amenizada por actos culturales entre los que resaltan las funciones de cuentería, música jazz en vivo y solistas pop.

Tal fue mi sorpresa y mi curiosidad por el sellamiento de este lugar que decidí indagar entre los vecinos del sector, los mismos que fueron mis vecinos durante mucho tiempo, pues por la calle donde está ubicado el café pasé la mayoría de años de mi infancia. Las respuestas que encontré me dejaron completamente decepcionada: resulta que entre “mis vecinos” hay un grupo de célebres ciudadanos que decidieron que este no es un lugar digno de estar en el centro de la ciudad a pesar de que el café tiene todos los permisos y papeles, legalmente hablando al día. El sustento aparente se basa en el exceso de ruido, horarios por fuera de los parámetros y, según ellos, expendio de sustancias psicoactivas, pero entre las conversaciones que pude sostener con algunas señoras en la tienda de la cuadra, descubrí la verdadera preocupación: ¡Monk tiene un amplio público gay!

Entonces ahora resulta que ser inclusivo en la ciudad blanca es una suerte de delito, resulta que un grupo de señores pueden escudarse en mentiras. Y sé que son mentiras porque, aparte de que frecuento el lugar, la casa de mi hermana queda en seguida del café y como familia podemos dar fe de que el ruido no es excesivo y que jamás se ha presentado una riña en el establecimiento. Son mentiras para desprestigiar el buen nombre de un lugar solo porque hay quienes no están de acuerdo con que allí reciban a un grupo de personas con orientación sexual distinta a la de ellos. Entonces ahora resulta que desde la Junta de Acción Comunal de un barrio se puede acusar y solicitar el cierre de un negocio solo porque no le gustan las personas que lo frecuentan.

Mentiras. Excusas. Mala intención. Un cóctel ácido de argumentos para acabar con un espacio, un procedimiento de sellamiento mal hecho, un escudo de idea conservadora sobre la vida. Lo bueno, en cierto sentido, es que el cóctel quedó mal preparado y al sol de hoy Monk volvió a abrir sus puertas para que podemos tomar café de nuevo, disfrutar del espacio, vivir sin complejos, compartir con el otro, en el mundo amenizado por cuentería y música.

La situación genera un gran pregunta: ¿Dónde queda la defensa de derechos tales como la igualdad sin discriminación por razones de sexo, raza u origen, el libre desarrollo de la personalidad, la libertad de conciencia, el derecho a la honra, contemplados en la Constitución en los artículos 13, 16, 18, 21, respectivamente?

Todos en una democracia estamos sujetos a los mismos derechos y a los mismos deberes. Así mismo, no podemos violar ni desconocer los derechos fundamentales de los demás argumentando la defensa de los propios. No es posible entonces que ahora un grupo de ilustres señores patojos pretendan el cierre de un negocio solo porque abre las puertas a clientes que para ellos no son deseables en el sector. ¿Ahora qué viene? ¿Qué la señora de la tienda de la esquina no pueda venderles el pan porque son un mal ejemplo para la sociedad? 

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