04 de marzo de 2018

Juventud y participación

Una golondrina no hace verano

La política, que debería ser un espacio de dialogo y acción para construir país, es actualmente uno de los temas de conversación más tensos de la agenda pública. Ante el panorama actual las nuevas generaciones han reaccionado de maneras muy particulares y poco ortodoxas. Creyentes o escépticos, el país está en sus manos y su participación es vital para el cambio.

Por: Carol D. Murcia Ledesma

 Foto Cortesía Plataforma municipal de juventud Cauca.jpg

“Normalmente la gente entra a la política solo por bien propio, para buscar cómo llenarse de dinero, mas no para ayudar”. Estas palabras de la joven Camila Castiblanco es, aunque desgarradora, la visión que comparten muchos jóvenes en Colombia.

Es un hecho: la política actualmente deja mucho que desear. Su carácter centralista, corrupto, poco efectivo, demagógico, antisoberano y elitista, provocado desconfianza e insatisfacción. La docente y politóloga Sara Tejada considera que en el país “hay más territorio que Estado, hay más gente que posibilidades de participar”. A pesar de los intentos fallidos de incentivar los procesos de participación tradicionales, estos se quedan en el papel y no logran trascender.

En medio de este contexto, se encuentran los jóvenes, sujetos políticos que según la ley 1622 del 2013, cuentan con derechos, deberes y facultades que bajo el amparo del Estado deben atenderse. Una ley que, según Erika Velasco, en la letra y el papel está muy linda, pero en la práctica no se desarrolla. Entonces ¿qué papel están jugando los jóvenes en la construcción de país? ¿Podrán mejorar el panorama actual?

Escepticismo y desencanto

Algunos estudios politológicos señalan que los jóvenes en Colombia son escépticos respecto de la política, todo esto como consecuencia de un largo proceso histórico que les ha arrebatado la posibilidad de sentir al Estado como suyo. “Estamos en un ocio, en una pasividad política, cultural, ideológica de los jóvenes muy preocupante”, afirma Lina Gutiérrez, estudiante de Ciencia Política de la Universidad del Cauca, quien ha liderado varios procesos comunitarios en el municipio de Garzón, Huila. “Seguimos reproduciendo día a día ese tipo de política viciosa, viciada, de hace muchos años”, enfatiza.

Este desencanto radica en el desconocimiento de un espacio que nos compete a todos, como lo reconoce Carolina Gutiérrez, integrante de la plataforma municipal de jóvenes de Popayán: “Muchas veces ni siquiera desde el colegio nos enseñan algo, sino que tienes que llegar a descubrirlo cuando pasas a la universidad”.

¿Qué está pasando entonces con la educación política del país? ¿La catedra de democracia y participación impartida en los colegios está en realidad surtiendo efecto?

Foto Cortesía Sin Permiso.jpg

John de la Cruz afirma que “los jóvenes buscan que el Estado les garantice sus derechos”. Por ellos buscan encontrar oídos que los escuchen y promesas de cambio que si son afortunados son medianamente cumplidas, siendo así “un paño de agua tibia” que aunque no llega a todos, alivia momentáneamente la situación. Es decir, en medio de sus contextos particulares y de acuerdo a las necesidades de su día a día, ellos mismos se encargan de hacer algo. 

Esto es, según Carolina Gutiérrez, cuestión de vocación y servicio, de que “cuando les nacen, simplemente lo hacen y no les importa si les ayudan, si no los ayudan, si tienen la capacidad económica o si no la tienen, porque buscan los recursos y les salen”. Prueba de ello es el proceso llevado a cabo por Angie Alexandra Pino, una joven de Altamira que preocupada por las consecuencias de la minería en su territorio, participa en el empoderamiento y la movilización del campesinado para expulsar a las multinacionales mineras de su municipio.

Otro ejemplo es Jesica Villamarín, quien al ver las necesidades de su vereda Puelenje, organizó desde 2013 un coro infantil que aún se mantiene, ahora apoyado por la Fundación Titi-Ta y su programa coros en las comunas.

Hacer camino al andar

A pesar de encontrarse estigmatizados, minimizados e incluso ignorados por el Estado y los mayores, los jóvenes se han encargado a su manera, incluso “con las uñas”, de diseñar sus propias formas de participación, ya sea por medio de las manifestaciones, el arte, las redes sociales o el trabajo comunitario. Así, ellos llevan a cabo procesos que, grandes o pequeños, organizados, institucionalizados o empíricos, individuales o colectivos, son de mucha importancia para el entorno local o regional.

En este punto, es esencial el hecho de empoderarse y reconocerse como sujetos sociales capaces de cambiar el mundo desde su cotidianidad, aportando a la transformación de problemáticas globales por medio de la suma de pequeñas acciones que desencadenen escenarios de crítica y concientización. Es entonces importante, como afirma Lina Gutiérrez, “tomar la batuta de algo que nos compete y de la sociedad que queremos vivir y que le queremos dejar a nuestros hijos”.

Si bien es cierto que el orden de los sumandos no afecta el resultado, una sola golondrina no hace verano; por ello, aunque se pueden realizar procesos de manera individual, se hace indispensable que los jóvenes empiecen a unir opiniones, fuerzas, facultades y conocimientos, para que entre todos luchen en pro de un mismo ideal, ya sea por el método tradicional o una esfera participativa más comunitaria.

El siglo XXI ha estado marcado por la ruptura de paradigmas y, en él, los jóvenes han producido sus propias dinámicas individuales, convirtiéndose de esta manera en transgresores de la tradición. Escépticos o no, los jóvenes son el relevo generacional que tanto necesita el país, para oxigenar su política.  

Como golondrinas, fieles a sus principios, causas y pasiones, los jóvenes deben educarse y educar a sus iguales, para lograr construir desde sus contextos originarios, soluciones a las diversas problemáticas sociales. Les corresponde movilizarse masivamente para hacer que llueva el cambio, se riegue la tierra y renazca una nueva sociedad.

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