26 de febrero de 2017

Columna de opinión

¿Un problema sin fin?

Como consecuencia del último tiroteo donde murieron 17 estudiantes en una escuela secundaria, sigue candente el debate en Estados Unidos sobre el derecho de portar armas, amparado por la Segunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos. ¿Qué lleva a alguien a entrar en esta espiral de violencia?

Por: Cristian Andrés Silva

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En lo que va corrido del año, en Estados Unidos se han registrado 18 tiroteos a instituciones educativas. El último caso registrado se dio el pasado 14 de febrero en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas, en la ciudad de Parkland, en el estado de Florida, donde 17 personas perdieron la vida a manos de Nikolas Cruz, de 19 años, un joven que utilizó un rifle semiautomático para perpetrar la matanza.

Estados Unidos es un país que constitucionalmente otorga libertad a los ciudadanos para conseguir diferentes tipos de armas. Esto debe ser visto como un gran problema, pues en los últimos años los tiroteos y asesinatos han sido frecuentes y el terror se ha instaurado en diferentes estados del país como: Tennessee, Carolina del Sur, California, Texas y Colorado.

La masacre en Estados Unidos produce en el público diferentes emociones. Las personas toman ese acontecimiento como suyo, quizás imaginando que aquellas personas pudieron ser sus hijos, pero aquella idea no debe incomodar solo porque es Estados Unidos, la potencia mundial, ya que acontecimientos de ese tipo se presentan frecuentemente en Oriente Medio.

En ese escenario las personas viven con temor y aun así cuando se ve la imagen de un niño herido, un centro hospitalario destruido por el conflicto armado o las grandes cifras de civiles muertos, que se difunden a través de los medios de comunicación hacen que sea más difícil separar la razón del sentimiento. Esa es la inmoralidad del ser humano: no duele cuando soldados de algún ejército asesinan a un inocente en Siria, pero sí cuando un norteamericano causa el terror en una ciudad.

Por eso es crucial tomar una posición neutral para reflexionar, comprender y debatir los vaivenes de un mundo que parece estar manchado de sangre.

En este caso se ignora la causa real, si lo cometido lo hizo con resentimiento por haber sido expulsado, odio, fanatismo religioso, social o personal… al final la causa es desconocida. Lo importante es que diecisiete inocentes fueron asesinados.

¿Qué lleva a un ser humano a cometer esta clase de actos? ¿La deshumanización del ser? No lo sabemos. Los casos son repetitivos, recuerden la masacre en 2012 en una sala de cine que trajo consigo doce muertos. También la del primero de octubre de 2017 en Las Vegas que terminó con la vida de sesenta personas.

Por otra parte, el presidente norteamericano afirma no preocuparse de la salud mental, pero nada justifica el derecho a las armas. Parece no interesarse por reflexionar acerca de lo que está sucediendo en cuanto a los problemas sociales se refiere.

Es importante aclarar que tildar a una persona como “loca” es una solución facilista que permite ignorar la idea de hacer algo para prevenir actos como este. Varios compañeros y amigos de Cruz afirman que era una persona a la cual verle un arma era lo más común. Incluso dentro del colegio.

La Segunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos concede el derecho a cualquier persona de poseer armas sin ninguna intervención estatal. Este pequeño detalle de libertad ha causado una cultura de adoración a las armas, pues ya se presentaron cerca de 18 tiroteos y solo llevamos un mes y medio de lo que va corrido del 2018. Aun así, la rutina no cambia, cada que un acontecimiento como este sucede llega la idea de preguntarse si debería hacerse un control más estricto en cuanto a la venta de armas.

La cuestión es que el pánico se adueña del mundo, el miedo vive dentro de cada persona. La vida en este país cada vez se torna más complicada y temerosa, pues las familias no quieren dejar a sus hijos solos en las instituciones educativas, y con justa razón.

Es imperdonable que una persona decida, a ojo cerrado, quién merece o no vivir.

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