20 de febrero de 2018

Cuento

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Por: Daniel Esteban Gordillo Ordóñez

Esta noche será la noche. Han pasado veintiún meses desde que empezamos a planearlo, y nada evitará que ocurra. Dedicamos horas enteras a calcular cada pequeño detalle del plan aprovechando los cambios de guardia, y sobre todo cuando se tomaban días enteros, ellos y las mujeres, bebiendo alcohol con sus equipos de sonido retumbando en el corazón recóndito de los espesos y desolados montes de la Orinoquia. Cuando vuelvan a descuidarse hablaremos en voz baja y hasta nos transmitiremos las ideas con una mirada, como lo hemos hecho hasta ahora. Antes de eso, venceré mi maldito temor, pues estoy convencido de que vale la pena, de que si queremos huir harán falta agallas.

¡Todo cuenta, sí, cuenta hasta la última gota de sudor!; no importa que los perros lleguen a olfatearnos, o que los infelices nos persigan armados de sus machetes, sé que correré hasta que la fatiga me tire al suelo, correré como nunca en la vida lo hice y con todas las fuerzas de mi pecho. Estoy dispuesto a orinarme encima o a posar mis pies a toda velocidad sobre los espinales más ásperos con tal de no parar aquí otra vez, al lugar en donde sumergieron la cabeza del finado Elías en una caldera de aceite hirviendo por negarse a suministrarles información (¡Dios!). Ella es menos cobarde que yo, como también mucho más lista. Sabrá guiar nuestros pasos hoy, y si es verdad lo que comentan todos estos pobres diablos, será unos minutos después de que haya arribado el helicóptero de la modelo, cuando los matones formen en frente de Castaño para recibirla. Entonces nos soltaremos las amarras de las muñecas con el pequeño destornillador que ella hurtó, nos deslizaremos por el barro crepuscular unos cuantos metros, y pasaremos por debajo del cerco de alambres.

Entonces los bull terrier comenzarán a ladrar, y estoy seguro que Castaño no tendrá problema en soltarlos para que nos despedacen, ellos o el oxidado filo que portan en sus cinturas los secuaces. Salomé me enseñó a no asustarme por los perros, o incluso ante la perspectiva de que me amputen súbitamente la cabeza, después de todo, a ella los desgraciados ya le rebanaron la mano izquierda. Hace dos meses me confesó que a veces siente los dedos que ya no tiene, y en ellos el grácil revoloteo de una que otra mariposa, luego, prosiguió con su monólogo asegurándome que morir decapitado es mil veces preferible a serlo por balazos en el vientre, según su experiencia. Al pobre Raúl le privaron de alimento hasta el punto de dejarlo famélico, para después atragantarlo con una granada, a unos doce metros de aquí más o menos. Es por eso que ya no me preocupa tanto la persecución, si me atrapan haré que me maten al instante, como es preferible. También me ha dado un consejo: «cuando vaya en plena carrera comience a rezar, no importa que grite» —fue lo que alcancé a escuchar en sus susurros. Y lo haré, no porque crea en Dios, sino porque necesito creer en algo; o en mis pies, o en mí mismo, o en la furia que llevo conteniendo desde hace tanto contra esos brutos olorosos a flores muertas, pero si algo ha de ser objeto de mi fe es preferible que sea lo menos vano que me queda.

Sé que, si no nos alcanzan, después de cruzar el denso bosque y de haber atravesado el cenagal limítrofe tendremos que vérnoslas cara a cara con el espeso caudal del monstruoso río Orinoco. Esta es la parte crítica del plan, en donde no tuve el valor de decirle que yo no nado muy bien, en la creencia de que así no la desanimaría definitivamente. Sobre todo cuando me advirtió que tendríamos que cruzar a nado el anchísimo brazo de aguas turbias y marrones que nos separan de la otra orilla, y que en este sentido tendría que ayudarla un poco, pues faltándole una de sus manos reconoce que avanzaría torpemente. La voy a seguir, no me lo pensaré dos veces o de lo contrario voy a continuar aquí…, sólo he de actuar con automatismos, y gastaré las últimas ganas que me quedan de vivir. Ahora veo en la pulsera sucia del guardia que son las 5:52, ella está en frente mío, su mirada es plena, entiendo que sus ojos me están hablando; el sol empieza a ponerse y puedo escuchar atrás de las cordilleras, un poco lejanas, la vaguedad de unas hélices…

 

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