11 de febrero de 2018

La importancia de donar órganos

Ser personas y semillas

Hay quienes siembran vida, aunque mueran. Pero en Colombia el 80% de los fallecidos no dona sus órganos. Y entretanto muchas personas esperan en su casa una llamada que puede salvarles la vida.

Por: Laura Daniela Manzano Pemberthy

 

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El rosario descansa sobre la mesita de noche y Alfredo acaba de terminar sus oraciones habituales. Está recostado, disponiéndose a conciliar el sueño que se le escapa entre las pestañas desde hace ya un par de años. Son las diez de la noche del 10 de noviembre de 2015. De golpe reconoce un sonido familiar: el genérico timbre de su teléfono celular. Número desconocido.

–¿Aló? –dice Alfredo, despreocupado.

–Alfredo, le habla el doctor Serrano, de la Fundación Valle del Lilí.

En ese momento, Alfredo se percata de que tiene la guardia baja. La serenidad que tanto se ha esforzado en alcanzar se esfuma con el júbilo de la ilusión.

–Sí, dígame doctor –musita un poco inquieto.

–No se vaya a emocionar mucho, pero… alégrese. Hay un donante.

Hoy, más de dos años después de su trasplante de hígado, Alfredo recuerda con efusividad aquel momento: “Ahí mismo me comenzó a saltar el corazón. No volví a dormir, solo me puse a llorar de la emoción”.

Alfredo estuvo dos años en lista de espera. Ahora le encanta ir por la vida comentando su experiencia, compartiendo su historia. Con un tono menos enérgico que de costumbre cuenta cómo llegó a necesitar de alguien más para vivir. Repasa una crisis emocional de hace más o menos 20 años. En medio de su fragilidad y de unas cuantas ‘polas’, decidió tatuarse y sin imaginárselo adquirió una silenciosa Hepatitis C. La enfermedad, según él, nunca se manifestó como tal. Por eso, apenas hace cinco años comenzó su tránsito  por una de las dimensiones de la vida que ahora parece distante. Lejos, como si se tuviera inmunidad ante cualquier perturbación de un vivir estable.

Cultura de donación

Impresiona pensar que casi el 80% de los fallecidos no dona sus órganos. Impresiona que en este país la tasa de donantes es de 7,2 por cada millón de habitantes, una proporción que no responde a las necesidades de la población.

En Colombia para el año 2016, según el Instituto Nacional de Salud (INS), había más de 2.500 personas a la espera de un órgano y el número aumenta cada año. Pero, no se trata solo de números. Dos mil quinientas, tal vez dos mil seiscientas o setecientas o tres mil: en todo caso cuesta dimensionar la magnitud. “No me preocupa nada, siempre y cuando no me suceda a mí”, parece que fuese la consigna general.

El 4 de febrero de 2017 empezó a regir la ley 1805 de 2016 que estipula que todos los colombianos se convierten en potenciales donantes de órganos y tejidos, a menos que en vida hayan manifestado lo contrario.

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Aunque la ley signifique un gran avance en cuanto a políticas de salud pública, no es una fórmula milagrosa que despeje las dificultades como por arte de magia. Tampoco funciona si no se acompaña de estrategias de sensibilización. Lo que se necesita es una cultura de donación.

Liliana Caicedo, médico de la unidad de trasplantes del hospital San José de Popayán, enfatiza en eso. Dice que este proceso debe ir de la mano de campañas de donación. “Uno puede decirle a la gente que está obligada a donar sus órganos si no sabe qué es eso, si tiene numerosas dudas o si cree en muchos mitos al respecto”.

Ideas como el tráfico de órganos y el trastorno de la apariencia física del donante, se pasean por el imaginario de millones de colombianos dejando lagunas y fortaleciendo un montón de mitos que entorpecen cualquier intención de sentar una cultura solidaria.

Cuenta Liliana Caicedo que ni siquiera en el hospital existía hace un tiempo esa consciencia responsable que trasciende la vida. Incluso, algunos médicos se apartaban del tema y el personal administrativo tenía concepciones llenas de vacíos. Justamente por eso, la ley, que fue aprobada en agosto de 2016, dio un plazo de seis meses a todas las instituciones médicas para reformar sus estatutos y diseñar planes internos en respuesta a la nueva dinámica.

Contra el reloj

El país está divido por zonas, de esa forma se segmenta el flujo y la asignación de órganos. No es simplemente guardar un corazón en la nevera y trasplantarlo en la siguiente estación. De hecho, el tiempo juega en contra: todos los trasplantes corren contrarreloj.  Para el 2016, en el regional 3, zona a la que pertenecen el Cauca, Nariño y Valle del Cauca, de los más de cuatro millones de habitantes, solo 68 personas estaban registradas como donantes oficiales.

En realidad, la buena información constituye un factor crucial a la hora de confrontar las dificultades de base. Reconocer la complejidad del procedimiento y la dificultad para conservar un órgano permite saber que desde la clandestinidad es prácticamente imposible realizar una cirugía de este tipo y que el único factor que interviene en la asignación de un órgano es la compatibilidad. Conocer de qué consta la extracción al donante disuelve las preguntas en torno a su aspecto, pues es realizado por especialistas y la estructura corporal se conserva mediante prótesis u otros elementos quirúrgicos. Lograr despejar todas las dudas generaría un cambio significativo y contribuiría a construir una consciencia del otro lo suficientemente fuerte.

El riñón encabeza el inventario de órganos con mayor demanda. Le siguen el hígado, el corazón y los pulmones, hasta terminar en el páncreas y comenzar a hablar de tejidos y huesos. Únicamente quienes fallecen por muerte encefálica pueden donar sus órganos en las mejores condiciones. Un solo donante puede salvar a 55 personas.

Países como España, que lideran en este ámbito y han implementado un sistema de donaciones admirado a nivel mundial, son de alguna manera, un modelo a seguir.

 

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Travesía sin respiro

Natalia vive lejos de todo. Yo nunca había sentido un trayecto tan eterno como cuando fui a su casa. Me desesperaba inmensamente recrearla a ella y a su carrito de oxígeno, recorriendo esa travesía a diario. Incluso a mí me costaba respirar mientras subía a su casa en Lomas de Granada. Llovía y hacía frío.

Después de comer empanaditas de queso, me senté en la sala a jugar con Bruno, su gato. Entretanto a ella le realizaban la terapia diaria. En medio de la casa, una enorme pipa de oxígeno permanecía inmóvil, era más alta que yo. Luego su madre se sentó junto a mí, como a ponerle conversa a la visita. Hablamos un buen rato. Mi curiosidad, sin vergüenza, intentaba entender todo lo que sucedía, y Doña Eunice, amable como siempre, respondía mis preguntas con un tono maternal.

Natalia tiene la risa más contagiosa del planeta, ama a Los Beatles y los quipitos. Toma café en una taza de Darth Vader y sus pulmones le juegan malas pasadas. Su nombre no está en ninguna lista de espera, aún falta una valoración que confirme lo que ya sabemos: necesita un par de pulmones nuevos.

Ahora, me es inevitable pensar en ello. En Natalia. En Alfredo. En la vecina de mi abuelita. En toda la gente que vive. En toda la gente que muere. En toda la gente que espera. Mientras camino hacia mi casa, acaricio con los dedos las flores que saltan a un lado de la acera y pienso en todo lo que me gustan las flores de Popayán. En lo bonito que es ser persona y también semilla.

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