09 de febrero de 2018

Día Nacional del Periodista

Un territorio sagrado

Cuando el calendario marca el 9 de febrero viene bien retomar ideas y reflexiones sobre el importante papel que juegan los periodistas en la sociedad. Son inherentes al ejercicio de esta profesión, la honestidad, la responsabilidad y la mirada atenta y crítica frente las actuaciones de quienes detentan los múltiples poderes de la sociedad.

Por: Juan Carlos Pino Correa

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Cuando voy al puesto de revista y compro el periódico, o cuando escucho las noticias en la radio, o cuando miro los noticieros de televisión, o cuando leo prensa digital, siempre espero que la información que me dan sea tratada con honestidad y con responsabilidad. Es decir, cuando me asomo a algún medio de comunicación espero que el trabajo de los periodistas pueda darme una visión clara y lo más completa posible de lo que ocurre en el mundo, una visión crítica si el caso lo amerita. Y espero que los profesionales de esos medios me muestren unas voces y unos escenarios que me permitan comprender cómo funcionan los engranajes de este organismo tan complejo que llamamos sociedad.

Eso espero siempre.

Y lo espero aunque sepa que ese deseo no es más que una utopía. Lo es porque soy consciente de que hay demasiadas trampas por allí, trampas que tienen que ver con lo ideológico, con lo político, con lo económico, trampas que terminan distorsionando de manera radical esos sucesos que se escogen para ser puestos en formatos periodísticos, cualesquiera que ellos sean. Por todo esto, cuando me asomo a un medio de comunicación decido activar todas las alarmas y trato de comprender qué se está diciendo entre líneas, o en algún silencio o gesto, o con algún sarcasmo, o en alguna imagen que pasa aparentemente inadvertida.

Luego me pongo a analizar la situación y sus detalles.

En el mundo de hoy, donde el ejercicio del periodismo pasa necesariamente por los nuevos dispositivos tecnológicos, la profesión no solo sigue teniendo un papel crucial en la lectura que los ciudadanos puedan hacer de la realidad en la que viven sino que debe seguir unos principios claros y fundamentales que no cambian por el hecho de que los canales sean distintos. Esos nuevos dispositivos y la participación de las personas en el flujo y las dinámicas de información actuales, están contribuyendo de manera decidida a sepultar, de una vez por todas, aquella teoría que señala que el periodismo es un fiel reflejo de la realidad y sobre la cual se ha sostenido por décadas el mito de la objetividad. La teoría del espejo, se llama. Y aunque muchos insistan en recurrir a ella, para nadie es hoy un secreto que el periodismo es, antes que nada, una construcción de sentido, una manera de crear y re-crear la realidad. Y es precisamente allí donde reside su poder.

A la luz de ese poder, los periodistas y los medios de comunicación tienen la responsabilidad de ejercer un control sobre los gobernantes. Alejandro Muñoz-Alonso plantea que “hay un acuerdo en toda teoría liberal democrática en estimar que una prensa libre y crítica es un componente esencial del sistema”. Y en ese sistema, la prensa hace parte de una red de poderes y contrapoderes que se controlan entre sí. Y eso sucede (o debe suceder) en todos los lugares del mundo.

Así las cosas, los periodistas no pueden cerrar los ojos y perder la capacidad crítica frente a las actuaciones de quienes ejercen el poder. Esa capacidad crítica no puede depender de las pautas publicitarias o de la ausencia de ellas porque eso sería hacer un periodismo de estómago. Si se considera esta profesión como un territorio sagrado, no se debe profanar con lecturas acomodadas de la realidad. Siempre, y aún con más rigor en contextos complejos, el periodista debe erigirse como watchdog, como perro guardián de los intereses de los ciudadanos, y debe seguir ejerciendo la vigilancia estricta sobre las actuaciones de quienes detentan los poderes en la sociedad. Ese es su deber, aquello que le da todo el sentido.

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