04 de febrero de 2018

Crónica

No es lugar para la piedad

Desde una perspectiva animalista, el sacrificio de animales para el consumo humano y sus procedimientos se constituyen en otra forma de la tortura y el dolor. Crónica sobre un tema que también suscita muchas polémicas.

Por: Alejandra Salazar

Ilustraciones: Pinterest

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La tortura y los secretos siempre quieren mantenerse escondidos, encontrando en lo oculto la tranquilidad y la arrogancia. Será por eso que ese día cuya fecha no consigo recordar, nos esculcaron las mochilas y en una imitación aeroportuaria sin más, nos quitaron celulares, cámaras y grabadoras. El jefe de planta, cuyo nombre olvidé, para mi dicha, advirtió sobre su aberración hacia los animalistas, los insultó con la propiedad puesta en los que afirman a la tauromaquia como arte y la violencia como medio. “Esos maricones vienen a decirnos que los animales sufren queriéndonos joder el negocio”.

Este era un juego perverso de actuación. Podrían haberme descubierto, o quizá no. Era irrelevante. Al final  la carnicería de unos metros hacia el fondo perduraría, las paredes seguirían tintándose de rojo lava y yo no podría hacer más que mirar mientras morían.

Ingresamos, yo temía que mi corazón se fuera a resquebrajar, tenía las manos empapadas en sudor y la cara insolada. Desde hacía unos metros olía a calvario mezclado con estiércol fétido y vísceras putrefactas. Fue en una tarde acalorada donde los rayos oblicuos del sol apuntaban a vacas y búfalos, a estos últimos solo los había visto por internet, en los videos se veían más corpulentos y al menos caminaban. Todos tenían sobre sus manchas amorfas marrones y sus lomos atemperados tinta de cera roja que los clasificaba por su casta y su precio.

Arriba yacían los ganaderos y dueños de plazas de cárnicos, que sobre el puente se posaban a ver cómo los kilos de carne se echaban sobre el pavimento hirviente y sucio mientras regurgitaban como si se tratase de un efecto placebo para no sucumbir al hambre. Hablaban con tono seco de la ganancia por cabeza, veían zapatos, billeteras, bolsos y un buen bistec encebollado con arroz. Yo también estaba ahí, turbada, así que me propuse recordar dónde estaba esa imagen preciosa de los canales nacionales en la propaganda del medio día, la fábula de la vaca disfrazada de hada. Seguí buscando con abnegación, pero el piso seguía hirviente y nadie parecía interesarse en llenar los baldes vacíos con agua. Al final, como todos ya sabían con Santiago Nasar, ellas también iban a morir. Todos lo sabían y nadie quiso hacer nada.

***

Somos lo que comemos, y a lo mejor un filet mignon  ponga en evidencia  nuestro vínculo con los animales: ambos sufren, pero el hombre es el único capaz de sufrir y de generar sufrimiento. Ya lo hemos hecho con nuestros mismos especímenes. A nosotros los indígenas nos dijeron que no teníamos alma y nos vinieron a sacar el oro y la vida. A los afros les acusaron de involucionados y bestias de trabajo. A nosotras las mujeres nos siguen empalando cuando andamos solas. Hemos sido nuestros propios victimarios. Mi padre siempre dice que detrás de todo lo exquisito se esconde una tragedia, como la ciencia, el arte, la belleza y la literatura.

***

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A mi me tocó ver cómo las reses se descosían en el matadero de Popayán, no muy grande pero con un apetito voraz. Ahí estaba 0077, una vaca medio enclenque con cara de  buena madre. Los hombres de la planta con sus trajes blanquecinos diáfanos, botas en goma de la misma gama resaltaban las manchas mortecinas de la matanza. Todos eran hombres,  yo la única mujer y  también me veían como un corte más de carne: después de todo, el hábito hace el instinto.

Las dirigieron en fila, por un túnel que atravesaba la calle diecisiete y conectaba el barrio Las ferias y Moscopán.  La gente suele decir que las vacas son animales perfectos, nos dan su leche, nos dan su carne y nunca se quejan, pero en ese momento no me pareció tan cierto. Los mugidos agudos que empezaron a soltar no podían ser otra cosa que de súplica.

Un hombre corpulento de cara ordinaria y mal hablado empezó a arriarlas con un tubo de metal que por lo que me dijeron pasaba electricidad. Cuando estuvieron cerca vi sus caras de angustia: tenían miedo, sin duda estaban aterrorizadas. Quizá, Nosferatu y Caligari solo podrían ser una broma infantil frente al día en un matadero.

Un joven de apariencia similar al hombre del tubo eléctrico echaba agua a las reses para que el taser fuera más efectivo. 0077 estaba enfilada, empezó a mugir más fuerte y metió su cabeza entre las rejas en un intento de huida, suplicando en su lenguaje encriptado vivir. Tenía los ojos brotados y rojos y sentí que me miró a mí, que estaba inmóvil enfrente. Vi sus patas temblorosas, vi su último hálito. Ella me pidió ayuda, sí, lo hizo. Me miró penetrándome el alma: ella no quería morir pero lo sabía, todos lo sabían y nadie hizo nada, ni siquiera yo.

***

Para la muerte no hay tiempo. El hombre robusto agarró el metal y empezó a golpearle la cabeza. Esa fue la última vez que la vería. Le pedí perdón.

Así como 0077, hay miles. Ese día, en la planta, en un acto instintivo de amor o pavor abandonaron de su vientre a su cría, antes de sucumbir: el cuerpo se partió en dos, de ahí salió un ternero todavía sin las orbitas bien formadas, envuelto en un saco de líquido espeso blancuzco. Había sangre, todo ese lugar está manchado con sangre. Ella quiso quedarse con el crío mientras le seguían escurriendo fluidos por las patas, pero el supervisor tenía prisa. En el matadero no hay lugar para la piedad. El hombre puso a un lado el feto todavía tibio y echó de una patada a la vaca que olfateaba a su bebé. Ese fue un adiós de cadáveres.

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A pocos metros, con una pistola de perno le apuntaron en la cabeza. La bala le atravesó el cerebro, el sangrado se desparramó por la nariz y la boca, su cuerpo desgarrado cayó sobre su propio charco y ahí se revolcó por unos minutos. Ni siquiera se quejó. Dos hombres con delantales embadurnados de plasma la colgaron de las patas y la descosieron por la mitad, le deshilvanaron el cuerpo de la carne y la desmembraron  mientras escuchaban una canción popular en una emisora. Luego le cortaron el cráneo y lo tiraron junto a las patas, en la esquina tiraron su piel. El olor era repugnante, las vísceras y todo lo echaron en canastos oxidados y mugrientos. “Hoy estaban facilitas”, dijo uno de los trabajadores que acuchillaba a las reses. Se cargó la carne a un camión y se fueron repartiendo los restos.

El lugar ahora era una escena de fantasmas, huesos descompuestos y olvido. Yo seguía ahí en pie gracias a alguna fuerza gravitatoria porque el alma estaba desvanecida, tenía la cara colmada de lágrimas y eso era inútil. Ellas no necesitaban piedad, necesitaban justicia.

En esa planta de sacrificios se debatía la vida, la muerte, el placer y lo indecible. Me repudia pensar que puedo olvidar sus ojos aterrados, olvidar que un día existió, que fue vida, que fue universo.

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