28 de Enero 2018

Realidades

La Fortaleza y Unidos construyen oportunidades

Al suroccidente de Popayán, familias de diferentes partes del país constituyeron una asociación con la esperanza de obtener una vivienda digna con proyección social y económica. Una crónica que visibiliza los esfuerzos de lucha por parte de las familias de los asentamientos “La Fortaleza” y “Unidos para Triunfar”.

Por: Paula Lara Rodríguez

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–¡Al que no venga a la reunión le quemamos el rancho! –sentenció el flaco.

Antes que como una amenaza, la respuesta general fue de risas, aunque la junta se estaba retrasando. Entre risa y risa, Luis se volvió nuevamente hacia mí y, forzando su voz, expresó: “¡El flaco tiene buena garganta!”. Sonreímos de nuevo. “Debería ser el megáfono para que apure a la gente”, le respondí, aunque no supe si pudo escucharme. Pasaron varios minutos, en los que los murmullos y la alegría parecían interminables. De pronto, la bulla cesó…

***

–Va a haber una reunión en Unidos, ¡allá te esperamos! –me dijo el secretario de la asociación Hogar Digno Hogar, una entidad sin ánimo de lucro constituida por personas de bajos recursos que buscan por medio de la organización, la unión y sus esfuerzos, obtener una vivienda justa y digna.

Entonces salí de casa, me subí en el bus que decía “Chapinero” y me dirigí a la reunión a la que estaba invitada. Tenía mucha curiosidad por conocer el proceso organizativo de esta comunidad.

Después de media hora, me encontraba sentada en la sala de una de las familias del asentamiento “Unidos para triunfar”. Sentí el calor de hogar y me trasporté a mi tierra huilense; pude sentir ese amor filial que se teje en las reuniones, paseos y convivencia de mi familia opita. Las risas y bromas me trajeron el recuerdo de mi abuela, que conocí por medio de relatos contados por el abuelo Tulio. Aunque no se sentía el clima caliente que identifica al Huila, todo este conjunto de emociones y sentimientos me conectaban fuertemente con mi tierra hogareña. Era como si un pedazo del Huila estuviera allí. Arrullada por esa evocación, solo esperé a que llegaran los demás. En la sala persistía el ambiente de familiaridad y amistad.

 

A mi lado estaba don Luis, un hombre de baja estatura, moreno y de apariencia seria, muy seria. Su mirada era serena, como si en los ojos anidara el cansancio de tantos años vividos y del deambular en un nuevo territorio. Con voz pausada, a tono con la serenidad de su mirada, empezó a relatarme un poco sobre su experiencia como desplazado. Contó que Dios le regaló dos niñas con discapacidad, y que fue por ellas y por la violencia vivida en su tierra, que tomó la decisión de venir a la ciudad.

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¿Cómo entender, que a pesar de la crudeza del relato, el rostro de don Luis mostraba una sonrisa? Su seriedad se iluminaba, como si la sonrisa fuera el preámbulo para afirmar que el desarraigo les resultó traumático y que solo con el paso del tiempo se fue adaptando a un espacio que lo repelía.

Con esa mezcla entre valentía y tristeza, se aprestaba a continuar su relato, cuando una voz potente se superpuso incluso sobre la algarabía de charlas espontáneas y risas. El que hablaba era “el flaco”, así lo llamaban. Un hombre alto, con una gran sonrisa y una personalidad arrolladora.

***

–Buenas noches –saludó Doña Carmen, la presidenta, una mujer de estatura media, rostro dócil y actitud de liderazgo.

Se excusó por la tardanza, pues su dolor de cabeza casi no la deja salir de casa y luego se dirigió a uno de los asociados para poder dar inicio a la reunión. El flaco encontró otra oportunidad para mostrar su voz:

– ¡A la reunión!

Algunos ya se habían retirado.

Doña Carmen saludó nuevamente e inició su discurso. Dijo que el objetivo de la junta era saber sobre las situaciones y percances dentro de la asociación.

–¿Vamos a seguir, o qué pasa, qué piensan? –preguntó un poco angustiada–. Cualquier duda que ustedes tengan estaremos ahí para resolverla.

Hubo silencio.

–La intención de la reunión es dar a conocer unos informes y aclarar situaciones –dijo Harvey, un joven de veintitrés años, líder y secretario de la organización–. Temas como el económico, la negociación con el gobierno, la participación dentro de la asociación y la carnetización.

En seguida Harvey se dirigió a don Luis, el tesorero, para que iniciara el informe económico. Con su típica seriedad, don Luis hurgó en su mochila y extrajo un cuaderno en el que clavó la mirada. Al tiempo que parecía analizar los números, tomó una bocanada de aire para empezar a hablar sobre el total de dinero que recogió y los gastos hechos durante los meses de trabajo.

–Se quiere hacer un proyecto, pero no hay recursos económicos –concluyó, con tono inquietante.

Despacio, a su ritmo, pasó una y otra vez las hojas del cuaderno contable. Reiteró lo dicho y esperó alguna respuesta. Los socios escuchaban atentamente y opinaban. De nuevo, fue Harvey quien tomó la palabra:

–La junta está adelantando el proceso de normas que se deben establecer dentro de la asociación para poder avanzar.

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El negro Mina, un hombre alto, sonriente y de carácter fuerte, explicó que tenía la intención de pagar dos meses en la asociación, pero se dejó enredar por “pícaros” que a cambio de su dinero, le dieron unas herramientas inservibles. ¡Lo habían estafado! Para mí no era muy claro lo que le había sucedido, pero para los presentes fue una anécdota que les causó más risa que pesar, especialmente por la forma jovial como la contó el negro Mina, a quien aparentemente nadie se atrevería a engañar. Ese relato distendió de nuevo el ambiente y, así, cada uno fue exponiendo su punto de vista referente a lo planteado en la reunión.

El frío aumentaba. Por las rendijas que dejaban las paredes de tabla se filtraba el viento helado de la noche, lo que parecía acelerar la reunión. Al final, todos agradecieron, algunos se marcharon, otros se quedaron para averiguar cuántos meses debían. 

Yo aún seguía tratando de comprender la historia del negro Mina, por lo que me dirigí a él y lo abordé. Su acento indicaba que, al igual que muchos de los vecinos, sus raíces no estaban sembradas en este lugar. Efectivamente, me dijo que él no era de aquí, que había rodado por muchas partes del país y a su paso había dejado mucho niño regado. Sonrió al contarlo, al tiempo que forzaba el final de un cigarrillo. No me explicó lo del robo y se centró en relatarme sus andanzas por la vida.

Me despedí de todos con un apretón de manos y un “buenas noches”. Mientras me alejaba del asentamiento Unidos para Triunfar, por mi mente pasaban los rostros de todas aquellas personas, sus expresiones de alegría, sus gestos. Y pensaba que eso es lo que caracteriza a la asociación, esa es su fuerza: el potencial humano que está allí, pensándose como grupo, sin importar los percances que se presenten. Me pareció una lección enriquecedora ya que la comunidad trabaja por sus derechos, construyendo día a día oportunidades que le permitan ser escuchada y reconocida por una labor que requiere esfuerzo, lucha y compromiso.

Esta asociación se constituyó en el año 2016, con el fin de ser una organización líder en procesos de lucha social que permita, por medio de una mesa de diálogo con el gobierno, alcanzar su objetivo principal.

Regresé a casa con el corazón renovado, alegre, pensando en este proceso que se viene construyendo para que algún día no muy lejano Unidos para triunfar logre, con fortaleza, una vida digna y respetada.

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