Una mujer con 30 años de trabajo

La madre honrada

Por: Julián Pérez Lizcano

 

la madre honrada 1

Yolima, sin querer dar el apellido, es una mujer de cincuenta años que ha ejercido el trabajo sexual en la ciudad de Popayán para sacar a adelante a sus hijos, además de reivindicar desde su vida, la misma labor de este gremio que es estigmatizado y discriminado por la sociedad.

 

Llegar tarde al trabajo no es una posibilidad porque no tiene horarios. Usualmente se viene en bus, si es posible en la ventana para que se le alcance a secar el cabello en el trayecto del barrio Comuneros hasta el Bolívar en Popayán. Es de las más expertas que quedan en el sector. Con sus bananitos asomándose en sus vestidos de una talla menos, corticos y a veces brillantes, Yolima llega a las diez de la mañana, en promedio, a su puesto de trabajo y se queda en la esquina de la carrera sexta con calle primera a esperar los clientes.

No tiene afán, no tiene quién le pelee en la casa porque no tiene esposo, entonces puede estar esta vida y la otra trabajando hasta la hora que quiera. De hecho, el 31 de diciembre de dos mil trece, el día de su cumpleaños número cincuenta, cumplió aproximadamente treinta y un años de trabajo sexual, intercalándolo con los nacimientos de sus cinco hijos, tres varones y dos mujeres. Dependiendo de cómo esté la movida en la calle, se queda hasta cierta hora o deja de ir algunos días. Después de todo, sus ingresos han ido prácticamente en función de mantener a sus hijos.

“Desde pequeña yo sabía que tenía que levantarme sola. Entonces cuando salí del colegio empecé a trabajar de una vez”, me dice alzando sus cejas, que ya solamente son lápiz delineador negro, resaltando unas sombras doradas que se difuminan en su rostro un tanto arrugado y con los labios pintados de un rosado claro pero brillante. Se para en la esquina, se mueve hasta la carrera séptima, frente a la estación del ferrocarril, o se sienta con sus compañeras de gremio a conversar en el parque Carlos Albán cuando el día está como quieto.

A ‘La Yoliss’, como la llaman en el sector sus amigas, las jóvenes y las mayorcitas, le tocó empezar a trabajar con el cuerpo, dando placer, haciendo feliz de a ratos en el centro histórico de la ciudad, según me cuenta. Cuando se empezaron a aglomerar y a hacerse visibles las trabajadoras de la calle, la policía las fue corriendo poco a poco hasta que terminaron al otro lado del Puente del Humilladero, en el barrio Bolívar. “Estar parada en una esquina todo un día no es fácil, y tener que meterse con gente que uno no quiere menos, pero pues uno necesita la platica”, se revisa las uñas y sin dejar de mirar a los hombres que pasan a su lado cuenta que igual treinta años de labor generan costumbre.

Su hijo mayor ya se casó, tiene una hija y está vinculado al negocio de basuras; el segundo ya trabaja y cuando pasa por el barrio Bolívar la busca para saludarla y preguntarle cómo están las cosas en la casa. Su hija mayor se graduó de Enfermería de la Universidad del Cauca y la menor va a cumplir quince años. Esta última es la razón por la cual Libia no ha dejado de trabajar: quiere ahorrar el suficiente dinero para pagarle una buena fiesta de quince a su hija menor.

new poster artNo le duele hacerlo a esta mujer de un metro cincuenta y cinco porque, después de todo, las madres se desviven por sus hijos y ellos aprecian sus esfuerzos puesto que saben que su mamá es de las esquineras, de las de la calle, de las que cobra barato y complace por horas. La quieren, la abrazan, la besan, le agradecen y la complacen en casa. Además, cuando son épocas de quincena, Libia trabaja fuertemente para reunir lo suficiente y darse hasta dos semanas de descanso en su casa, que es propia, en una hamaca vieja que se compró hace mucho. Esta trabajadora, obrera y madre, hace parte de las muchas trabajadoras sexuales que se levantan día a día por sus hijos.

Aunque le hacen falta algunos de sus dientes debido al consumo en la juventud de bazuco y pegante industrial, estimulantes para el trabajo, durar más en el puesto y hacer pasar el tiempo más rápido, me sonríe sin pena y me dice que pronto se jubilará, que tendrá algo de pensión, según le han dicho, y que se compró un lote para arrendarlo y en su tiempo se compró la casa en la que vive. “A pesar de todo, yo tenía mis cosas claras y no andaba pensando solo el momento, no como las pollas que trabajan ahora”. Yolima sabe cómo es la movida, sabe que tampoco es del todo necesario estar bajo el efecto de algo para durar en la calle y conseguir cliente.

Me cuenta, como una madre le habla sobre la vida a su hija puberta, cómo hace para saber si un hombre es un potencial cliente o no. El hombre pasa un día y se queda mirándola. Al siguiente día pasa y vuelve a quedarse mirándola, como identificándola, al igual que ella a él. Después el hombre pasa, se detiene y le pregunta que si trabaja, le dice que veinte mil o treinta mil pesos y se van a una habitación. Cuando son hombres que llegan de la nada, es solo con la mirada que lo saben y ellas mismas se acercan a darle los precios.

“Esto es como el amor a primera vista; cuando nos miramos fijamente a los ojos ya sabemos lo que quiere cada uno”. Esta dama de muchos hombres, de cinco hijos, tiene entonces una experiencia de treinta años en el amor, que me hace creer en sus palabras. Yolima no se preocupa, vive tranquila en la esquina porque igual tiene clientes fijos, que la repiten, que vuelven a su negocio, que la llaman y la citan a la hora que sea. Incluso, se da el lujo de negarse en algunas ocasiones cuando está cansada o tiene que ir a pagar servicios o a la alcaldía a preguntar cómo es lo de su pensión.

la madre honrada3

Las chicas del sector le tienen respeto, la conocen bien, dicen que esa es la más vieja del parche, la que fundó ese gremio del barrio, que “cuando se creó el mundo esa ya estaba puteando”, dice Jessica, una joven transgénero que trabaja hasta los domingos en la esquina. Así que Yolima, a pesar de verse como toda una señora sabe lo que tiene y lo que le queda. No es la mujer con senos y trasero grandes, no es rubia, no es alta, no es nada de lo que se vende en el mercado, pero ella se vende con corazón de madre, con encanto, historia, un proyecto de vida y entrega total a la familia.

Yolima está esperando su pensión, que no sabe si se la van a dar, y ahora sus hijos le están ayudando económicamente, así que está trabajando menos. Me dice que está contenta, que aunque es un trabajo estigmatizado, es honrado, sirve para salir de aprietos y hasta para cumplir los sueños de mucha gente. Me dice que ella ya cumplió los suyos, que levantó a sus hijos, les dio estudio, techo y comida, se compró sus propiedades y ha trabajado honradamente hasta ganar la admiración de su familia. Después de estos propósitos cumplidos, vuelvo a buscarla en las esquinas del barrio Bolívar, no está, pregunto a las muchachas y ninguna me da razón de ella, que no ha vuelto a la oficina, que renunció, que se jubiló.

*El nombre fue cambiado para proteger la identidad de la mujer. 

 
primi sui motori con e-max.it