12 de agosto de 2018

Perfil

El Sotareño: un espacio sin tiempo

Varias generaciones han pasado por las mesas y la barra de El Sotareño en sus cerca de 54 años de existencia. Desocupados, jubilados, estudiantes, enamorados, obreros, todos alguna vez atendidos por Agustín Sarria. Una mirada a este bar icónico para los payaneses.

Por: Fernando Cortez

Fotografía: suministrada Agustín Sarria 

El Sotareño un espacio sin tiempo.jpg

 

No, no sería lo mismo. Puede que acaben de leer el texto y no lo sientan propio. Que el sabor no sea el indicado. Puede que les canse pronto. Puede ocurrir también que el silencio de la casa los distraiga o que estén escuchando canciones que no van acorde al sonsonete de estas palabras. Así que sugiero, a modo de favor, pongan a sonar esa canción que ustedes deben intuir ya. Y mientras digo esto, me sacude el pecho “A unos ojos”, interpretada por el Trío Los Embajadores, y sonrío conmigo mismo como cómplice. Y espero que ahora también con ustedes.

Escape y encuentro

Afuera Popayán se estremece por el bullicio de los carros y el afán de los transeúntes huyendo de la lluvia. Yo también me escapo de este tiempo tan ajeno a mi querencia y abro la puerta del bar buscando encontrar por casualidad en las mesas, en medio de la luz tenue, el rostro de algún amigo. Miro hacia el frente y ahí está.

–¿Qué hubo, mijo? ¿Hoy si está alentadito? –me dice en broma.

–Vengo pa’ componerme, usted ya sabe.

No sé cómo le hace uno para sobrevivir a frases como "toma este puñal, ábreme las venas, quiero desangrarme hasta que me muera" o "párteme el corazón en mil pedazos". Uno está vivo de milagro, o porque a nuestros diecisiete, recién llegados, nos dimos a andar por la ciudad y encontramos una puerta a medio cerrar en una esquina de la calle sexta con carrera octava. Vimos un señor bajito viendo hacia la calle, le sonreímos y tuvimos la certeza de que ahí había un poco de nosotros, del pueblo que dejamos, de los amores que hoy reposan abrigados en otras ilusiones, de los cielos de otros tiempos, de una vida pasada cuando la tía Blanca colgaba el radio encima del lavadero mientras nos conversaba y escuchaba baladas que también a ella aún le estrujan el corazón y la memoria (porque para eso son), mientras nosotros robábamos paquetes de cigarrillos President que luego iríamos a desbaratar y a prender en la falda de la huerta, de las noches de infancia al ‘cuchito’ de la cama con la abuela Mechas escuchando “El Cantinazo” mientras nos arrullaba con el sonido que producía en la cabeza el pasar de los cuatro dedos de su mano izquierda por nuestros cabellos ensortijados. Tiempos que sobreviven tras habérsenos escapado para, seguramente, resguardarse en medio de los vinilos que solo Agustín sabe encontrar. Yo creo que el recuerdo de las noches sin energía en El Helechal se abriga en alguno de Los Legendarios. Pero el hombre es resabiado: no pone “Nostalgia del ayer” ni “Una cruz, tierra y olvido” y rara vez suena “Lejos del tambo”, porque “¡aquí ponemos es música, mijo!”. La vaina es que hay veces que, como dijo Cristian ‘el Contemplao’, “Agustín pone canciones que solo se sabe él”.

–Una cerveza, por favor.

La ebriedad de los días

¿De dónde saca tantos recuerdos alguien sentado en un parque? ¿Cómo hace para soportar el ardor en las rodillas y el sudor frío de las manos? Díganle que se vaya. Que alguien le diga que basta caminar tres cuadras, desencoger las piernas y acalorarse un poco para que se despercudan los ojos escuchando en el bar ese verso de Amado Nervo que inspiró una canción –"si tú me dices ven, lo dejo todo”–, mientras se imagina a sí mismo con la piel templada y colmada de frescura años atrás llegando tarde a casa a calentar los frijoles que el tío sordo dejó tapados al lado de la hornilla y que aún custodia, porque nadie puede dejar sin comida al muchacho.

–Dos cervezas para la mesa Gardel –dice el mesero del bar. Agustín anota.

Hay quienes vienen todos los días. Cada ocho. Un miércoles temprano después de clase. Hay quienes vienen solos, otros entran sonrojados como cumpliendo un ritual sagrado de la mano de alguien querido. No menos entran empujados, trastocados por la vida. Vergajos todos.

Un extranjero se da una vuelta por aquí preguntando el nombre de tal canción para apuntarla en su libreta. Luego la señora de los chances entra diciendo “Cauca Cauca”. Le hablamos a un desconocido que dice conocer San Miguel y La Betulia, para luego sentir que un paisano ya medio turuleco nos hala de la camisa y nos invita a su mesa. Un par de borrachos se abren paso por las sillas del centro prometiendo regresar pronto. Don Diego y don Néstor sirven otro trago de aguardiente y ríen de lo que deja la semana.

Agustín cambia de acetato: “…se llevaron la alegría de la siembra, / y se la llevaron para nunca más volver, / ¡ay!... para no volver... para no volver”.

Poco a poco lo vivido se va convirtiendo en minúsculos adornos de este espacio sin tiempo, como si uno viniese aquí no por la ebriedad que produce el licor sino por la de los días. Porque de alguna manera debemos convencernos de que esta vida que tenemos, o lo que fue de ella, sí nos pertenece. Venimos porque estamos lejos de casa. Porque queremos tirárnosla de intelectuales. Porque nuestro saco de abuelo no combina con la música de los bares de pu’arriba. Porque es el único lugar donde nos sentimos cómodos para decirle “te quiero” a alguien que lo merece. Porque tenemos ‘cuentas’ por ajustar con Agustín y no nos vamos a morir pronto. Por el ronquido extraño del tocadiscos. Porque nos dio la gana. Porque de tanto venir creemos que, si nos necesitan al menos para putiarnos, aquí nos encontrarán fácil. Porque nadie nos busca o estamos escapando quién sabe de qué. Porque mañana hay clase y eso a palo seco es muy berraco.

 Sea por la razón que sea, ya es medianoche y, bendito mi Dios, me volví a prender.

–Otro aguardientico, don Agustín, que ya me arden los cachetes.

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