A propósito de la revolución tecnológica

 Por:Nathalie Colorado Franco

Me levanto y reviso el celular. Me baño, me visto y antes de salir de casa reviso el celular. Llego a mi destino y reviso el celular. Mientras almuerzo también reviso el celular. Mientras leo, mientras escribo, mientras converso, todo el tiempo estoy revisando el celular. Y estoy segura  de no ser la única a la que le ocurre esto.

A veces me pongo a observar a la gente en la calle y a menudo veo cómo sus cabezas se encuentran un tanto inclinadas, sus ojos clavados en una pantalla y sus rostros con distintos gestos dibujados, que van desde  sonrisas hasta el ceño fruncido dependiendo del caso. Además estoy segura de que no soy la única que se ha puesto a detallar eso. Mi mamá hace unos días me decía, aterrada, que cuando se subió a un bus en el aeropuerto de Bogotá le impactó ver cómo de unas treinta personas que allí iban, solo tres (incluyéndose ella) no estaban mirando el celular.

Mucho se ha dicho al respecto. Que el auge de las redes sociales cada vez se extiende más, que nos estamos volviendo adictos a internet, que las nuevas tecnologías están acaparando toda nuestra vida, que estamos dejando de lado el contacto con los seres que están cerca por conectarnos virtualmente con seres que están distantes. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué nos encontramos sumergidos en las “garras de la red”? ¿Por qué aumenta el número de usuarios de las distintas redes sociales?

Quizás la respuesta a estos interrogantes se halle empezando por cuestionar la distinción que suele hacerse entre “el mundo virtual” y el denominado “mundo real”.  Para ello se debe iniciar por aceptar que el mundo está cambiando, que la tecnología avanza a pasos agigantados y que lo que se vive en las redes sociales no es ninguna ficción, es simplemente otra parte de la realidad, otra manera de vivir y de expresarnos. Aunque a veces nos parezca terrible y sintamos que la red nos está consumiendo, aunque a veces nos imaginemos que en algún momento nos vamos a convertir en una especie de autómatas, debemos aceptar que hoy en día a través de internet no solo nos informamos y nos enteramos de lo que ocurre con los demás, sino que además tejemos un sinnúmero de lazos, expresamos múltiples pensamientos y forjamos diversas relaciones sociales.

WhatsApp, Facebook, Twitter, Instagram, entre otras son las redes sociales que representan el monstruo que nos está devorando, son manifestaciones distintas de comunicación, las cuales están siendo utilizadas por un público cada vez más amplio, pues va desde los más jóvenes hasta los más viejos. Es increíble ver cómo los niños ahora andan con tablets o celulares en la mano, y a menudo pensamos “cuando yo tenía esa edad me la pasaba en el parque jugando y no encerrado con un aparato”, pero no caemos en cuenta de que esa es un nueva forma de comunicarse y que existen por ejemplo los juegos en línea que permiten la interacción con otras personas. Y claro, esto representa un riesgo para los más pequeños, pero si hay una debida supervisión de los adultos el riesgo disminuirá notablemente.

Entonces no se trata de satanizar internet y sus redes sociales, ni de resistirnos a los cambios, se trata de comprender que el mundo se está poniendo más complejo, que la realidad está tomando diversas formas, pero ninguna reemplaza a la otra. Son formas de vivir y debemos diferenciar cuándo es necesario interactuar a través de un medio tecnológico y cuando definitivamente es mejor opción dejar el celular a un lado, con su wifi o su plan de datos, para tomarse un café con alguien frente a frente.

 
   
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