08 de Mayo de 2017

Crónica de un regreso

Aurora de recuerdos huilenses

El Huila guarda tesoros anónimos en lo más recóndito de su tierra y de sus habitantes. Mirar a los viejos es reconocer que ellos, como los pueblos, perduran también en el tiempo. Unos y otros son huella, raíz y memoria.

Por: Paula Lara Rodríguez
Fotografías: Adrián Felipe Valderrama Pérez 

Foto 1 Crónica de Viaje Paula Lara

Llegar a La Plata, “esa tierra opita que me vio nacer”, como lo nombra Jorge Villamil en su canción Al Sur, me transmite una felicidad infinita de pertenecer a una tierra caliente y de acento arrastrao que identifica la pujanza de los pueblos huilenses.

El pueblo es mi infancia, mi juventud y, ¿por qué no?, será mi vejez. Es ese vaivén de recuerdos que seducen a mi mente a regresar por un trago de doble anís, por un confrontable abrazo de mamá, por los bambucos y fiestas tradicionales, por el inigualable bizcocho de achiras y el tesoro que guarda la peculiar hoja de plátano, el quesillo.

Esta nueva visita al municipio aflora otro sentimiento de pertenencia. En mi memoria, se perfilan rostros imposibles de borrar. Semblantes tiernos, marcados por líneas que se entrecruzan en el cuerpo, cabelleras con raíces blancas y sonrisas que hacen brillar aquella aurora boreal. Los viejos, como los llamo por cariño, son personas que con sus historias perviven en el tiempo.

En mi mente se cruzan versos y cuentos del viejo Jorge Tulio, aquel roble de raíces quindianas y ramificaciones plateñas. Yo lo llamaba abuelo. En su tiempo de efervescencia fue fotógrafo, ebanista y vendedor de arepas. Solía contar cada una de sus anécdotas a  familiares y amigos. Su típica frase “¿quién?: yegua, caballo o mula”, sacaba sonrisas a quienes llegaban a su casa y lo saludaban.

Ese acento paisa camuflado entre las tradiciones huilenses lo mantiene vivo en el rincón de mis pensamientos. Las visitas advierten la ausencia de un hombre fuerte, sentado en sala de mi casa, con sus manos en posición de rezo y el sincero y más enérgico saludo fraternal.

Foto 2 Crónica de viaje Paula LaraTodos los viejos están vivos, pienso. Algunos presentes y otros ausentes. La tierra del suroccidente del país mantiene las huellas inéditas de estos viejos. Al igual que los pueblos huilenses, ellos tienen una historia por contar.

Es domingo: el fin de semana culmina. En la cocina esta mamá, hablamos un poco de la vida. De pronto, en la entrada de la casa se escucha una voz ronca que dice: “Buenas, Lida”. Es doña Antonia, la vieja de carácter fuerte. Saluda a mi madre y creo que no le voy bien porque rechazó mi saludo. Quizás recuerda cuando entraba por el pasillo de su casa para molestarla y llamarla en voz baja: “Toña”, y entre risa y risa salir corriendo. Eso sí que le molestaba.

Hace ya un tiempo, Antonia está viviendo en Campo Alegre, Huila. Debido a su estado de salud, sus familiares decidieron llevarla al otro costado huilense pues aquí no había quién la cuidara. Sentada en la silla blanca de mi abuelo, con un gesto que emana tristeza, expresa su aburrimiento al estar lejos de casa. Dice que prefiere volver y morir en su rancho que tanto le costó levantar.

Tal vez le hace falta vivir sola y estar regañando a los niños de la cuadra. Es un roble que no le tiene miedo a la soledad ni a la muerte. Es una mujer que no se desprende de sus costumbres sampedrinas. Antonia nunca se pierde las tradicionales fiestas de San Pedro. Siempre viste con su falda negra que deja al descubierto sus hermosas alpargatas, su coqueta blusa blanca combinada con los accesorios de su rostro y el infaltable sombrero que deja caer sus bellas trenzas grises de lienzo. Con su sabor folclórico, esta vieja despierta en mi mente los más grandes recuerdos de infancia.

Este mismo día, en la tarde, decido ir al pueblo de Paicol, Huila. Fueron 20 minutos de trayecto. Al entrar a este lindo lugar siento una extrema tranquilidad. Hay poca gente. En el parque principal puedo ver a algunas personas compartiendo en familia. Decidimos entrar a un billar con el fin de pasar el tiempo. Todo era muy silencioso. Me dedico a ver la calle del frente. Pasan varias personas, entre ellos, un viejo. Estaba un tanto tomado y al parecer no tenía un rumbo definido.

Decido ir al parque nuevamente. Al igual que mi pueblo, los viejos son los que adornan este esplendido lugar. Me permito decir que los viejos son la réplica de los pueblos. Ambos inspiran amor, tranquilidad, eternidad y pureza.

Se hace tarde y debo regresar a casa. Decidimos esperar, pues la policía de carretera está a la salida. Mientras tanto, nos dirigimos a una celebración de cumpleaños. Al llegar, la familia estaba reunida, solo esperaban al anfitrión.

Foto 3 Crónica de viaje Paula LaraMe siento y ¡vaya sorpresa! Son dos celebraciones en una: el papá y su hijo. Los cumpleaños demuestran cada escala de nuestras vidas. Aquí se suman 64 años en diferentes periodos. Los jóvenes también nos volvemos viejos. Pasan las horas, disfruto del pastel y de las diferentes charlas que convergen en la sala. Veo a muchos viejos. Unos hablan de experiencias pasadas y otros de tecnología. Regreso a mi pueblo pensando en estos detalles que pasan por alto en el transitar de nuestra existencia.

La tarde fría del lunes festivo no dejaba nada más que soledad y un tanto de nostalgia por retornar a las labores educativas en la ciudad blanca. Se acercaba la noche y don Augusto con paso lento meneaba su canasta de la tradicional gelatina de pata. Ya estaba vacía, al parecer su recorrido había sido exitoso.

Verlo, trae recuerdos de infancia, aquellos donde el miedo invadía el pensamiento de la niñez. Un temor por transitar la entrada principal del parque aumentaba cada que en una de las bancas posaba don Augusto. Posiblemente, el miedo provenía del mal humor que jóvenes y adultos causaban, gritándole desde lejos. Eran apodos que le molestaban y lo ponían demasiado disgustado. Después de muchos años, observarlo en las calles genera un sentimiento de tranquilidad al saber que es un hombre bueno y trabajador.

Lo saludo y se muestra amable. Con una sonrisa de oreja a oreja manifiesta su dicha por haber culminado labores. Don Augusto camina varias calles de la Plata, Huila vendiendo su deliciosa gelatina de 200 o 500 pesos. Es huilense, pero no específicamente de mi pueblo. Dice que es de Algeciras. Para confirmar su información, saca del bolsillo una billetera negra y me muestra su cédula. Con su característica sonrisa dice: “para que vea que no miento”. La guarda y en su rostro se nota el orgullo de sus raíces, pues su madre es plateña y el tiempo que ha vivido en el pueblo lo hace sentirse parte de él.

Menea su canasta y se despide: “Que tenga buena noche”. Se aleja. En ese momento, verlo partir me hace descubrir que los viejos de mi pueblo son la berraquera. Sonrío, pues jamás había entablado una discusión con don Augusto. La aurora de mis recuerdos se alimenta cada día más de estos robles dueños del tiempo.

Los viejos, como los pueblos, viven para contar las historias que se tejen en el camino de la existencia. Son almas colmadas de cultura, tradiciones y expresiones propias de aquí del Huila y de otros lugares.