16 de mayo de 2017

El lugar vio crecer a tres generaciones

Una casa que perdió la inocencia

Durante la noche del 4 de junio del 2016, fueron asesinadas dos personas en Belalcázar, Cauca. Una de ellas fue Laureano Pill, profesor del Instituto Nacional de Promoción Social de Guanacas. Crónica sobre cómo una muerte derrumba universos personales y familiares.

Por: Ana Isabel Cerón Pill

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Simeón Pill llegando a la casa en donde crecieron él, sus hijas y en parte sus nietos. 

Era de madrugada. Mi mamá estaba en su habitación y mientras preparaba rápidamente la maleta me gritaba: “¡muévase que nos van a dejar!”. Mi mente parecía no conectarse con mi cuerpo, sin embargo mis manos alistaban todo lo que era necesario para viajar.

Desde mi cuarto escuchaba el caos en el que estaba mi madre. Corría de un lado para otro pero siempre olvidaba alguna cosa. Fui a verla y ambas nos sentamos en su cama. El silencio de la noche era agobiante. Sólo estábamos las dos, esperando el sonido que como el canto del gallo nos avisaría que ese día iba a empezar.

El estómago me dolía, tenía mucho miedo. Mi corazón latía como cuando en mi infancia jugábamos con mis primos al escondite. Sentía temor de que me descubrieran pero a la vez me generaba pánico que no lo hicieran. Siempre pensaba en qué pasaría si nunca me hallaban y me dejaban ahí, sola e indefensa. Sin embargo, ahora no sabía de quién y por qué me escondía.

“¡Súbase, mija!”, gritó mi abuelo Simón. Ante mí estaba un aparato rojo, grande, con una bodega en la parte de atrás: era un carro de carga. Mi familia le decía “La turbo”. Cuando la vi, recordé las veces en que viajábamos con mis primos hacía Guadualejo, en la parte de atrás de la camioneta de mi abuela Julia. Eran días de mercado. Siendo niños jugábamos a ser adultos.

Avanzábamos en la carretera –aún pavimentada– y las luces en los postes seguían iluminando la noche mientras el temor continuaba en mí. La parte de atrás del carro estaba llena de colchones y cobijas, cada uno tenía la suya. Parecía una fiesta de pijamas, la diferencia es que no había fiesta ni la habría. Además, el silencio había sido interrumpido por el sonido del motor del carro y las charlas entre mis tías, mi abuelo, mi mamá y mis primos sobre algún rumor o amigos del pueblo.

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Cada uno iba con su propia expectativa, no sabíamos qué iba a pasar. Todos hablaban pero, extrañamente, yo no. Quería escucharlos, me parecía toda una película porque no podía creer lo que había pasado. Poco a poco, cada uno se fue acomodando, ya teníamos sueño y además estaba haciendo mucho frío.

Todos íbamos muy arropados y la mayoría ya se habían dormido, excepto mi abuelo, un hombre trigueño a quien ya se le notan los años en su cabellera, cada día más blanca. Él iba con su ruana beige con café y su gorra azul, un poco desgastada. Mi abuelo ya estaba acostumbrado al frío del páramo y además nunca le gustaba dormir mientras viajaba: decía que eso era “ser un  mal copiloto”.

Él siempre se me burlaba por eso. Decía que yo era “Tomasita” porque me quedaba dormida hasta en el colectivo para ir al colegio. Desde pequeña me ha gustado viajar con mi abuelo pero a él jamás le ha agradado que viaje sola, le da miedo, porque piensa que nunca voy poder estar despierta durante todo un viaje. Y tiene razón, aún después de tantos años seguía ahí, frente a él, en la “Turbo”, luchando contra el sueño.

La carretera ya no era pavimentada, estábamos en la trocha. El carro dio un salto tan fuerte que me despertó. Acomodé mi almohada –hecha con una pijama que tenía envuelta en mi toalla– y me acosté observando a mi abuelo. Él estaba sentado mirando a la nada y lo único que lo movía era el choque de las llantas contra las rocas. Lo acompañaba el sonido de las ramas cuando golpeaban la carpa del carro y una luz tenue que fue iluminando poco a poco su rostro.

Su mirada no era la misma de hace unos días: parecía que le faltaba algo, como si tratara de resolver algún asunto. No sólo era él, nadie en el carro entendía lo que pasaba. Lo único seguro es que a medida en que avanzábamos se incrementaba la incertidumbre, la inseguridad, la nostalgia y el temor.

Cuando mis primos y yo éramos niños y ocurría alguna situación importante en la familia, siempre nos decían: “vayan a jugar que esto es asunto de adultos”. Pero, ¿qué teníamos que hacer ahora cuando ya ni jugábamos ni queríamos ser adultos?

Desde hacía siete años, no viajaba junto a mis primos hacia el pueblo. Belalcázar, el pueblo que nos vio crecer. Allí vivimos los mejores momentos de nuestra infancia. Nosotros vivíamos en Popayán pero en todas las vacaciones del colegio íbamos a visitar a mi abuela Julia. En aquel tiempo éramos solo unos niños y nuestra única preocupación era que mi abuela no nos descubriera cuando comíamos Frutiño.

A ella no le gustaba, decía que ese “polvo era malo, que se nos pegaba en la tripas”. Pero a nosotros nos encantaba y siempre reuníamos entre todos para ir al granero del parque y comprar una caja. Así, a cada uno le tocaría de a papeleta. Cada vez que mirábamos o escuchábamos que mi abuela Julia venía, todos corríamos a ese tanque enorme que había en el patio de la casa y con mucha agua tratábamos de eliminar de nuestro cuerpo todo tipo de evidencia. 

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Este es el puesto de venta de mercado y panela, donde mi abuela y mi tío trabajaron durante toda su vida. Ahora nadie lo utiliza

Pero ahora, al llegar al pueblo y específicamente a la casa de mi abuela, creo que alguien más también pensó en borrar la evidencia. La casa se sentía extraña, me parecía totalmente ajena, me daba miedo estar ahí. Y no sólo a mí, a todos. Y las mujeres preferíamos andar en grupitos.

La casa de mi abuela era muy grande y amplia. Sus paredes eran blancas, hechas de bahareque y el suelo era de tierra, pero luego fue en cerámica. Tenía un antejardín con muchos árboles de mango, naranja y limón. Lamentablemente los de mango ya no daban fruto. Recuerdo que cuando éramos pequeños mi abuelo solía bajarnos mangos biches, de esos palos, luego corríamos hacia la cocina por sal y limón y, finalmente,  mientras comíamos, nos sentábamos junto a mi bisabuelo a escuchar la tranquilidad del río Páez, el mismo que alguna vez casi destruye todo el pueblo.

Cuando llegamos a la casa, mi primo Sebastián ya estaba ahí. Él había viajado con un amigo la noche anterior. Nos saludó y empezó a contar toda la historia. “La luz se fue en todo el pueblo, mi tío escuchó un sonido en el baño, salió y aprovechó para orinar cuando, por la espalda, lo atacaron”. A medida que él narraba, fuimos recorriendo entre todos la casa, recreando la historia. Definitivamente parecía una película de acción.

Mi mamá no paraba de decir: “¡ni los abuelos pudieron protegerlo!”. Todos estábamos en el patio de la casa. Ahí donde estaba ese tanque gigante en el que solíamos jugar cuando éramos niños. Un lugar tan familiar, agradable, lleno de inocencia y amor que se había convertido en la escena clave del crimen.

La habitación de mi tío era la primera, al lado del patio. En el muro colgaba una cinta amarilla que decía: “Peligro, prohibido el paso”. No podía imaginar cómo el patio donde jugábamos con mis primos era ahora una zona de riesgo.

El día anterior había llovido mucho y por lo tanto, como el suelo del patio era de tierra, se lograban ver algunas pisadas que parecían de botas porque las huellas eran muy marcadas. Mi prima decía que podían ser las de la policía, para mí no era así.

Dentro del patio había huellas en varios puntos: las primeras que vimos se encontraban al lado del tanque detrás de unas hojas de zinc; otras venían desde la loma que estaba al lado de la casa y las últimas estaban cerca al fogón.

En el baño había muchas salpicaduras de sangre. Pero afuera, a unos tres pasos de la ducha, se podía ver una mancha de sangre pintada en la tierra que no lograba quitarse con nada. Era más resistente que la tinta del frutiño que manchaba nuestros labios cuando niños. No se eliminaba ni con el agua de ese gran tanque del patio. Así, como esa gran mancha, a nosotros nunca se nos borrará la forma en que le quitaron la inocencia a nuestra casa. Aun cuando yo pensaba que esas paredes de bahareque nunca se iban a desmoronar.