21 de Junio de 2017

Crónica de viaje

Juaica: la noche en el corazón de la montaña

La peña de Juaica, también llamada “la puerta de los Dioses”, es una majestuosa montaña ubicada entre los municipios de Tabio y Tenjo en Cundinamarca. Alberga misteriosos mitos, leyendas, cuentos. Un lugar propicio para la entrada a otros mundos. 

Por: Karol Daniela Serrato Sánchez

Cronica de viaje Karol

Ese lunes, una hora antes de la media noche, experimenté el frío más violento de toda mi vida. Una helada tan fuerte que entraba por mis oídos, por mis ojos, hasta penetrar mis huesos. El viento soplaba con tanta fuerza, que parecía llevarme en su vaivén. Me sentía abruptamente atrapada entre el frío, el silencio y la noche, alejada de todos y de todo. 

Ese tarde de lunes, mis amigos y yo no teníamos ningún plan. Estábamos en Chía, un pueblo pequeño, en el que rara vez pasa algo fuera de lo normal. Jesús es el amigo más cercano que tengo allá. Es un chico delgado, de aspecto sonriente y con el interés de siempre probar nuevas experiencias. Ese día, Jesús y Sergio hicieron un plan para la noche: acampar bajo la luz de la luna en una montaña.

¡Se armó el plan! Jayer, Aleja, Brayan, Jesús, Sergio y yo. El punto de encuentro fue Centro Chía. Ahí emprendimos nuestro viaje. El bus nos dejó justo en la entrada del cerro. Éramos un grupo de adolescentes universitarios en busca de una aventura.

Entre las risas nerviosas y el miedo hacia lo incierto, empezamos a subir montaña a las ocho de la noche. El camino es ancho y lleno de arena, agradable de caminar. Nuestra luz era la luna, que nos mostraba aquellas haciendas de personas adineradas que habitan el lugar.

Llegamos a un caserío, una especie de barrio estrato medio. En la calle no había nadie, las personas se asomaban a la ventana y cuando intentábamos acercarnos nos cerraban las cortinas. Sentíamos miedo y sobre todo soledad, pero jamás pensamos en devolvernos, nuestro objetivo era claro: llegar a la cima de la montaña.

Encontramos una casa grande con las rejas del patio abiertas. Jesús entró en la casa y llamó a un muchacho. Le preguntamos cuál era el camino más corto para ir a la peña. Entre risas nos dijo: “Sí claro, se demoran más o menos una hora y media en llegar. Sigan totalmente derecho y si quieren ver algo salgan a las doce de la noche”.   

Aquel viaje significaba para mí un reencuentro con mis creencias, con mis límites y con mis miedos. Cada paso era un recorrido hacia lo incierto, era compenetrarse con aquella montaña que nos daba una bienvenida escalofriante. El camino nos esperaba.

En el trayecto había algunas señales que indicaban el camino hacia la peña. Decían: “Prohibido botar basura, propiedad privada. No pasar”. Mientras subíamos, en mi silencio le hablaba a la montaña, le pedí que nos permitiera llegar sin ningún contratiempo. Los chicos iban adelante, protegiéndonos a nosotras. El camino era transitable hasta cierto punto, pero a medida que avanzamos la superficie del suelo se volvió rocosa. Decidimos descansar.

Sergio armó el primer “Joins”, pasaba de mano en mano junto al té de manzana que habíamos llevado. Eran las nueve de la noche. Subimos y subimos hasta que miramos un punto perfecto para acampar: un valle verde que tenía en el centro un árbol grande y frondoso. Sin embargo no paramos allí, nuestro afán por llegar a la cima era el motor que nos hacía continuar.

Cronica de viaje Karol 1Al cabo de un rato el sendero cambió totalmente su aspecto, teníamos la sensación de sumergirnos en el corazón de la montaña. Justo ahí empezó la travesía. El camino ahora era estrecho, barroso y con muchos huecos que hicieron que todos en algún momento nos cayéramos. El viaje se volvió denso, la sensación de terror nos invadía. Entramos a una especie de túnel cuya cubierta está hecha de ramas, de maleza. El camino era tan oscuro, que si apagábamos las linternas no lográbamos vernos. Nos cogimos de las manos y avanzamos sin soltarnos, hasta que por fin logramos salir del túnel. 

Al salir nos llevamos una sorpresa: había tres caminos en frente de nosotros, un laberinto. Optamos por la vía del medio. Ya no caminábamos, estábamos escalando la montaña. Uno de los chicos se subía a los barrancos y luego nos daba la mano. La desesperación se apoderó de nosotros, no sabíamos hacia dónde íbamos, estábamos perdidos a las diez de la noche en una montaña. En ese instante comenzamos a notar que había niebla, nuestras ropas y cabellos estaban húmedos. Esa fue una esperanza, ya estábamos en el páramo.

La montaña tiene 3.100 metros de altura. Sergio había escuchado que era un territorio perteneciente a los Muiscas. En un artículo que él había leído contaban de chamanes indígenas que purificaron la montaña. Desde entonces ha sido un lugar llamativo por los supuestos  avistamientos de ovnis en el lugar.

A 10:40 de la noche llegamos a la planicie, maravillosa, rodeada de flores silvestres, tan extrañas como la montaña misma. El viento se intensificó, las nubes pasaban en medio de nosotros. Los abrigos no eran suficientes para evitar que se nos adormecieran las manos y los pies. Armamos los campings. Mientras observaba la montaña me llevé una gran sorpresa: esa no era la cima, estábamos a unos veinte minutos de llegar a la cumbre, al parecer nos desviamos del camino. Sentí cierto alivio de no haber llegado allá, pues lo que estaba a nuestro lado izquierdo se veía terrorífico, había una energía densa que venía precisamente de lo alto de la montaña. No sé si todos tenían la misma sensación, pero yo estaba segura de que esa helada traería a nosotros el avistamiento de la noche.

Entramos los seis a un solo camping, armamos cuatro “joins” y un “bong”: era suficiente “yerba”. Se hicieron las doce de la noche, ahí recordamos que si queríamos ver algo teníamos que salir a esa hora. El frío tan terrible no dejó que Brayan, Alejandra y yo saliéramos del camping, por su parte Jesús, Sergio y Jayer, salieron para ver qué les deparaba la noche. Hubo diez minutos de charla y risas, hasta que de pronto todo se quedó en absoluto silencio. Luego escuché a Jayer gritar: “¿estoy muy trabado o qué putas es eso?”. Me levanté rápidamente. Cuando abrí la cremallera del camping miré hacia lo alto. Mis ojos no podían creerlo: había un objeto grande y redondo, con luces verdes, rojas, amarillas que volaba justo encima de nosotros. ¡No era un avión! No hacía ningún ruido, iba tan lento que sentía que mi cuerpo cogía su mismo ritmo. Me sentí suspendida en el tiempo.

El objeto dio la vuelta y se posó en otra montaña, ahí se quedó aproximadamente cinco minutos. Las nubes no dejaban ver con claridad lo que pasaba. Al momento, como si alguien se subiera, el objeto se elevó y desapareció entre las montañas. Estábamos atónitos, confundidos, teníamos miedo de que volviera y nos llevara. Pasaban miles de cosas por mi mente, pensé que no iba a regresar a casa. De pronto una luz verde salió de la cumbre, como si alguien hubiese encendido un reflector con mucha potencia. Esa noche estuvimos seguros de que no había más personas con nosotros en la montaña, pero sabíamos que no estábamos solos. Teníamos esa sensación extraña de que alguien nos observaba. En ese momento fuimos conscientes de que nadie nos iba a creer, pero que cada uno guardaría en su mente la imagen de aquel objeto extraño que salió de la gran Peña de Juaica.