25 de junio de 2017

Un viaje inesperado

Asomarse al abismo

Durante el conflicto armado, las expresiones de violencia se presentan en cualquier momento y lugar. Crónica de una amenaza y de la tensión y el miedo que vienen tras ella, un escenario que el país sueña con dejar en el pasado.

Por: Christian Cuellar

 Argelia Cauca Christian Cuéllar

—Vea, le mandan a decir que no sea sapo y que se largue lo más rápido posible, hijueputa.

Esas fueron las palabras que recibí de un hombre que no conocía, rodeado de seis hombres más en las sala de un hospedaje, en un pueblo muy lejos de mi casa. El miedo me recorrió todo el cuerpo, nunca había recibido una amenaza de ese calibre y no tenía a donde ir en ese momento.

En octubre del 2012 me llamaron para trabajar como auditor censal en el Departamento del Cauca. Parecía un buen trabajo y además iba a viajar, así que dije: “dinero y viajes pagados, no lo pienso dos veces”. Mi trabajo consistía en visitar los colegios para verificar que los estudiantes matriculados fueran reales y no hubiese ningún desfalco al gobierno.

Al principio visitaba los colegios de Popayán. Para mí era fácil porque no estaba a cargo de las visitas. Había dos coordinadores y cerca de treinta o más auditores. Yo solo verificaba las matrículas. En Popayán, a cada colegio íbamos casi cuarenta auditores. Así verificábamos un colegio diario, rendía mucho el trabajo.

—¿Qué vamos a hacer? —me preguntó Alejandra, mi compañera que estaba a mi izquierda, aterrorizada ante las pocas posibilidades que teníamos en ese momento. Eran siete hombres sentados en las sillas de la sala, en una casa esquinera de dos pisos donde nos hospedábamos. Le dije que todo saldría bien.

En aquella época me sentía bien porque era joven y con un trabajo bien pagado y era novato en tener compromisos y un trabajo serio. El consorcio contratista culminó la primera etapa del proceso. Se auditaron todos los colegios públicos de Popayán, con un grupo de trabajo de sesenta personas aproximadamente, pero había un atraso grande para entregar todo el departamento. La solución fue tomar varios municipios al tiempo y viajar en grupos de diez personas.

—El profesor tiene la orden de no entregarle ninguna información a usted, ¿tiene algún problema con eso? —me dijo de nuevo el hombre del centro.

Y sí, tenía muchos problemas con eso, pero seguía agarrando su revólver cuando me hablaba. Por eso le dije:

—No, ninguno.

Eran emisarios de un grupo armado ilegal. Me dijo el hombre del revólver que yo no llevaba ningún beneficio para la zona y que, al contrario, mi trabajo iba a provocar menos ingresos económicos a la región y les quitaría a los profesores, por lo tanto no podía llevar ningún tipo  de información de ese lugar.

Ya habíamos encontrado varios estudiantes inexistentes en el pueblo. El hombre me ordenó que le entregara toda la información recogida de los colegios. De nuevo preguntó que si tenía problema en entregársela. No le respondí, solo me levanté de la silla y caminé hacia el cuarto. Saqué las carpetas con la información y le entregué todo el material.

El primer municipio que audité fue Santander de Quilichao. En una semana mi grupo solo terminó dos colegios, más retrasos en el cronograma. Y en los otros municipios estaban en las mismas condiciones. Una semana después, llegaron más personas que contrataron para poder avanzar. En los municipios cercanos se avanzó un poco más, el problema era que en un mes debía estar todo el departamento listo. Era imposible hacerlo para entonces.

La solución fue contratar muchas más personas para ir a los pueblos de todo el departamento. Allí comenzó mi dilema. Como las personas nuevas no tenían la experiencia para ir solas a los municipios, los antiguos pasamos a ser coordinadores y debíamos viajar solo tres personas a una región. Mi primer reto: Argelia Cauca. Yo debía ser el coordinador de ese grupo, conmigo viajarían dos mujeres recién vinculadas. En ese momento pensé en que debía tomar la decisión de tirar la toalla porque debía ir muy lejos, un sitio peligroso, y con la responsabilidad de hacer el trabajo de coordinador, que no era fácil y no lo había hecho antes.

—Ya sabe: o se van o salen de aquí con las patas por delante.

Con esa advertencia el hombre se levantó de la silla y junto con él sus acompañantes. Se despidieron muy amablemente de la señora y salieron de la casa. Mis compañeras estaban aterrorizadas, yo estaba un poco aturdido aún por las amenazas y con mucho miedo. Eran las diez de la noche, no había forma de salir del pueblo a esa hora. Me fui a mi cuarto y solo podía pensar en qué momento golpearían la puerta y entrarían de nuevo esos hombres para matarme. Solo quería que amaneciera para irme pronto y renunciar, era demasiado para mí. Esos hombres estaban realmente molestos con mi presencia en el pueblo.

Cuando me llegó la notificación de que viajaría como coordinador con dos personas nuevas para Argelia, evalué mis capacidades. Todo el trabajo había pasado muy tranquilo porque no había tenido esa responsabilidad y ahora era el momento. Tenía dos opciones, renunciar porque no me creía capaz de hacerlo, o aceptar el viaje y hacerlo muy bien. Tomé la segunda. 

En un viaje de siete horas llegué a Argelia Cauca. No hablé con nadie, no me reporte con nadie, no quería que nadie supiera que yo estaba ahí. Solo íbamos a hacer nuestro trabajo y salir. Había un colegio bastante grande y faltaba otro, además había veredas muy lejanas que no podía visitar. Tomamos la decisión de vernos con los rectores de los colegios más lejanos que vivían en el pueblo y hacer el trabajo en sus casas. Ellos traerían toda la información de su colegio para revisarla.

Necesitaba acabar pronto así que fui a visitar a un rector a las siete de la noche a su casa, nos atendió muy amablemente y empezamos a revisar sus matrículas. Nos dieron las diez de la noche en esa labor. De pronto sonó mi celular: era la señora del hospedaje que le había dado mi número.  Escuché su voz angustiada y me asusté. Me dijo: “Christian, vengase ya para la casa que lo necesitan” y colgó su teléfono. Sin pensarlo le dije a mis compañeras que nos fuéramos de inmediato. Mientras caminábamos pensaba en quién podría necesitarme en un lugar donde no me conoce nadie.

Cuando llegué, la puerta estaba abierta. Subimos las escaleras al segundo piso y había siete hombres esperando por nosotros. Uno de ellos, el que estaba en el centro, me dijo:

—¿Christian Cuéllar?

Con mucho asombro porque me llamó por mi nombre le dije:

—Sí señor.

Me respondió:

—Vea, le mandan a decir que no sea sapo y que se largue lo más rápido posible, hijueputa.

Al otro día, me levante a las cinco de la mañana para irme. Durante el viaje solo pensaba en esos hombres esperando para matarme. No le conté a nadie, no quería ser una víctima más. Solo quise tomar lo mejor de esa experiencia y agradecer a Dios por ese viaje que puso a prueba mi valentía, para decidir si de ahora en adelante quería reír o llorar. Y la verdad, prefiero reír.