03 de julio de 2017

Crónica de un regreso

Viaje hacia las raíces

Poblazón es una vereda que está ubicada hacia el suroriente de la ciudad. Esta historia es un recorrido cubierto de paisajes naturales y también un itinerario hacia los más hondos recuerdos personales y familiares.

Por: Luis Eduardo Arévalo Inga

Cronica de viaje arevalo

Nos bajamos del camión y nos reencontramos con mi abuelo, que venía en la cabina junto al conductor. Nos despedimos, damos las gracias y seguimos nuestro camino dejando atrás las fincas lujosas porque ahora solo hay casas pequeñas y pobres, alejadas las unas de las otras. Más adelante hay un colegio de paredes blancas, puertas zapotes y muy pequeño: es una escuela muy alejada, por eso es de suponer que aquí vienen a estudiar niños de todas esas casas que pasamos cuando veníamos en el camión.

Después de caminar unos minutos, veo a un señor que se baja de su caballo, lo ata a un árbol, cruza una cerca y entra a un potrero. Todo lo que hay a nuestro alrededor es eso: potreros, montañas y árboles.

A medida que voy caminando comienzo a recordar que cuando me preguntaron que si yo iba a hacer el viaje, lo primero que pensé fue “¿caminar tanto?”, pues la larga caminata no me convencía. También recuerdo que ya sabía que se acercaba el aniversario del fallecimiento de mi abuela y cada año durante los últimos días de enero o los primeros de febrero, mi familia emprende el viaje hacia el pueblo donde se encuentra enterrada. Pero en esta ocasión, a diferencia de las demás, no viajaríamos en transporte sino que haríamos el recorrido caminando.

Mi abuela se llamaba Juana, murió cuando yo tenía cuatro años, solo tengo un vago recuerdo de ella, enferma en su cama. En ocasiones, en mi casa hablan de ella y de cómo era: una mujer de carácter fuerte y trabajadora.

Cuando mi mamá dijo que el día señalado nos levantaríamos a las cuatro y media de la mañana, que tomaríamos el camino antiguo que comienza en mi casa, subiendo por la vereda Samanga y que conduce hasta Poblazón, no me preocupaba la madrugada: lo que más me hacía dudar era el hecho de que ir caminando hasta allá implicaría un viaje de más de tres horas en una carretera destapada y con constantes subidas. Cada vez que me insistían en ir, yo pensaba: “no quiero caminar tanto”.

cronica de viaje arevalo 1Aquel caserío, que tiene por nombre Poblazón, se encuentra ubicado hacia el suroriente de la ciudad de Popayán, a dos mil metros de altura. Es un lugar bastante pequeño, rural y sin atractivos turísticos. Pero para mi familia este poblado tiene un valor sentimental agregado: fue ahí donde vivieron mis abuelos, es por eso que hoy mi abuela descansa en el único cementerio que tiene el pueblo.

Según dijeron en la conversación del día anterior, en alguna ocasión, varios años atrás, ya habíamos hecho el viaje caminando, pero la verdad casi no lo recuerdo, tal vez porque en ese momento estaba muy pequeño. Esta vez no estaba tan convencido de ir, sin embargo no quería quedarme solo un domingo en mi casa. Fue así como decidí ir.

Nosotros seguimos caminando, ahora la conversación gira en torno a mis abuelos. Ellos se casaron muy jóvenes, tuvieron 13 hijos, pero dos murieron de una neumonía cuando eran niños y, al igual que mi abuela, también están enterrados en el cementerio de Poblazón.

Ahora quien habla es mi abuelo. Su historia se centra en cómo mis abuelos llegaron a vivir a Popayán. Según cuenta, ellos vivieron y trabajaron en El Canelo. Todo comienza cuando Mario, el hermano mayor de mi abuelo, junto a mi abuela Juana, hacen un trato y compran una finca en el barrio El Plateado de Popayán. Pero lo curioso de la historia está en que ese camino que nosotros estamos recorriendo por esas montañas, fue el mismo que recorrieron mis abuelos llevando un baúl de madera donde guardaban sus cosas, arriando unos marranos que era lo único que tenían en ese entonces, y llevando a sus hijos. Después de la historia de mi abuelo, me quedo pensando en la odisea que ellos tuvieron que vivir para poder llegar al que sería un nuevo hogar.

Luego mis pensamientos me evocan nuevamente al pasado, esta vez al comienzo de este viaje. Eran más de las cuatro de la madrugada. Nos levantamos y nos arreglamos. Todos estábamos lo más abrigados posible, con gorros, chaquetas y guantes. Aunque no está lloviendo sí hacia mucho frio. Mi abuelo Fermín, mi mamá María, mi hermana Leidy y yo, comenzamos a caminar en silencio y con calma. Sabíamos que el recorrido iba a ser largo. Más arriba de mi casa vive otra tía, quien estuvo esperando en la puerta para unirse a nuestra caminata.

Luego de unos minutos, desde un camino que conduce de la vereda el Higuerón en dirección a Samanga, salió un camión verde en buen estado. El conductor se detuvo y desde la ventada de la puerta derecha del camión nos preguntó hacia dónde íbamos. Mi mamá comenzó a cruzar unas palabras con él y le explicó que nos dirigíamos a Poblazón. El conductor, un hombre de pelo negro y piel blanca, de aproximadamente 40 años, muy amablemente se ofreció llevarnos hasta donde él se dirigía. Crucé unas miradas con mi familia y sin pensarlo mucho aceptamos y nos subimos a la parte trasera. Ese acto nos acortó brevemente la caminata.

Apenas nos subimos al carro noté que se utilizaba para transportar leche porque había tinas vacías en la parte trasera. El espacio era muy reducida, así que tuvimos que acomodarnos como pudimos. Luego el camión arrancó. Como la carretera es de piedra suelta, mantener el equilibrio resultó muy incómodo, pero de esa incomodidad fue que surgió una conversación entre mi mamá y mi tía.

Comenzaron a hablar de cómo estaba el camino, pues al parecer años atrás estuvo en peor estado. “Por lo menos ahora entran los carros”, dijo mi tía. Luego, comenzaron a nombrar y recordar un montón de personas que en ese instante solo ellas conocían. Mientras hablaron y recordaron personas que han quedado en el pasado, yo me entretuve viendo los paisajes que iban quedando atrás: entradas a fincas grandes y hermosas, grandes cultivos de café, las rojas moras de castilla que están por madurar en la hileras de los sembrados, también esa vista de Popayán que queda atrás y cada vez se hacía más pequeña ante los ojos.

Al terminar de contemplar los paisajes comencé a participar de la conversación entre mi mamá y mi tía, que había avanzado y se había hecho mucho más entretenida, en ella también participaba mi hermana. La charla iba hacia todos los lados, contaron anécdotas que conocieron de mis abuelos y bisabuelos. Las historias me atraparon y poco a poco me fui uniendo a las voces.

La primera historia que mencionaron fue de mi bisabuela Elodia. Según recordé ella vivió en la vereda “El Canelo” del municipio de Sotará, Departamento del Cauca. La historia de ella se pudo resumir en una sola frase dicha por mi mamá: “la abuela Elodia era dura, traerse semejante piedra de esa lejanía”. Mi mamá lo dijo con cierto asombro, pero yo estaba muy confundido, aunque sabía que estaban hablando de una piedra cuadrada, enorme y pesada que está ubicada al lado del lavadero de mi casa y que solo usamos para lavar el trapero. Entonces mi hermana preguntó: “¿de dónde?”. Mi tía dijo que mi bisabuela la encontró cuando venía caminando desde El Canelo hasta Popayán. Según recuerdo esa piedra fue el lavadero de mis abuelos, sin embargo no sabía de donde vino. Mi mamá solo alcanzó a mencionar el nombre de mi abuela, porque el camión se detuvo, señal de que el conductor llegó a su destino. Eso fue lo que pasó antes de bajarme 

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del camión.

Más tarde en nuestro viaje, mis recuerdos se interrumpen porque nos encontramos con unas pocas casas, entre ellas hay una tienda en la que decidimos parar a comer algo. En este momento, ya todos nos hemos quitado los abrigos, porque la caminata y el sol han ahuyentado el frío. Mientras descansamos pasa aquel señor que vi anteriormente, esta vez va montado en su caballo: apoyado en él lleva un racimo de plátanos. Continuamos con nuestro rumbo y nos encontramos con un atajo que se aparta de la carretera: es un camino de barro amarillo, rodeado de grandes eucaliptos. A la vera se pueden encontrar pequeñas fresas silvestres.

Terminando ese atajo, que parece sacado de un cuento, nos topamos con la guardia indígena. La vereda de Poblazón es administrada por un cabildo indígena. Quienes están haciendo guardia son dos personas, una mujer joven y un hombre mayor: ambos tienen en sus manos unos garrotes de palo con unos tirantes de tela de color blanco, rojo y verde. Ellos nos miran y preguntan hacia dónde vamos. Mi tía dice “para el cementerio” y en seguida nos dejan seguir, sin embargo nos miran con cierta desconfianza.

El encontrarnos con la guardia indica que ya estamos llegando a nuestro destino. Luego de caminar un poco alcanzo a ver la iglesia que está en el centro de Poblazón y junto a ella el cementerio. A medida que entramos al pueblo, lo primero que veo es un letrero grande de un colegio, más adelante van apareciendo varias casas, tiendas, panaderías, un templete de una Virgen, y ya nos encontramos con muchas personas. Es un pueblo campesino como la gran mayoría del Cauca. En medio de sus casas hay animales: gallinas, perros, vacas y otros. La única carretera nos conduce directamente a la entrada del cementerio.

Aquí hay una entrada en forma de arco, es muy grande y está pintada de color azul cielo, como también lo está la iglesia. La capilla es pequeña y en la parte superior tiene unas campanas. Alrededor de ella hay un parque un poco deteriorado y en su centro se erige un monumento en cemento que en su frente tiene “1933”; supongo que es la fecha de fundación de aquel pueblo. Hacia un costado de la iglesia, con una reja de color rojo, está la entrada al cementerio, no es muy grande, ni muy lujoso.

Este viaje que en un comienzo no me resultaba interesante, más que una visita al cementerio se transformó en un viaje hacia el pasado de mi familia. Espero que el camino de regreso tenga más historias.