6 de julio de 2017

Un viaje relámpago

De capricho a La Cocha

Toda travesía geográfica es también una travesía interior, personal, llena de motivaciones inconscientes y recuerdos. Así, aparecen y desaparecen detalles cotidianos de un mundo que no se conoce. Con esos desvaríos, deslumbramientos y sorpresas es posible escribir una crónica de viaje.

Por: Harol Ricardo Gómez Tumbajoy

Laguna

Empezó como un deseo envidioso. De repente escuchaba a todo el mundo hablar de la Laguna de La Cocha. ¿Por qué no la conozco?, me pregunté. Sin haberme respondido a tal cuestión, comencé a planear el viaje de mis vacaciones. El itinerario mental fue el siguiente: primero visitaría a mi familia en La Unión y sonsacaría a mi prima Diana para que me acompañara en la excursión, iría a La Cocha y me quedaría dos días, me dirigiría a Las Lajas y recorrería sus lugares turísticos en dos días y mi última parada antes de regresar a Popayán sería Pasto, donde me quedaría dos días (sábado y domingo) para descontrolarme en la discoteca Filomena. ¡Ay, la mente!, pinta todo tan bonito.

Llegué a La Unión con todo el tiempo del mundo. Me quedé unas semanas hasta que convencí a mi prima. Tuve que contarle en detalle cada punto del trayecto, a qué hora llegaríamos, qué comeríamos y hasta dónde nos tomaríamos fotos. Algo que nunca planeé fue el tiempo que me tomaría convencer a Diana. El jueves de la última semana de vacaciones tomamos un bus que nos llevó a Pasto. No sabíamos cómo llegar a La Cocha y no sabíamos a quién preguntarle. Siempre nos habían dicho que la ciudad sorpresa era un tanto peligrosa y no queríamos que lo que nos sorprendiera fuera un ladrón. Caminando un poco le preguntamos a una señora que se veía confiable: “¿usted sabe dónde cogemos transporte para la Laguna de La Cocha?”. Nos respondió que al frente de Alkosto pasaban unos taxis con un letrero que decía La Laguna. En medio de risas le preguntamos que dónde quedaba Alkosto y ella respondió con el tradicional “derecho y suba”. Con estas orientaciones, no supimos cómo, pero llegamos.

Antes de esperar el taxi entramos a hacer unas compras rápidas al famoso Alkosto. Yo llevaba un maletín con muchos bolsillos, puesto que me parecía muy práctico para viajar. No me esperaba que a la salida el vigilante pidiera abrir todos espacios del bolso, revisó hasta mis calzoncillos y después de pasada la pena pude salir del almacén. Mi prima aprovechó para burlarse de mi cara sonrojada mientras caminábamos hasta donde pasaba el transporte a La Laguna. Se nos pasaron tres taxis porque no alcanzábamos a leer lo que decía en el rótulo y lo descifrábamos cuando no había nada que hacer. Cuando logramos parar uno, nos subimos y dijimos “¡Al fin!”. El conductor avanzó unas cuadras y nos preguntó si íbamos a la Laguna de La Cocha o al municipio de La Laguna. Extrañados le respondimos que a la laguna, donde había agua y estaba la reserva natural. El señor sonrió y paró el auto: “para ir a la Laguna de La Cocha deben coger un carro a dos cuadras por aquí”, nos dijo apuntando un callejón. Yo ya me veía robado, pero como teníamos poco tiempo decidimos seguir el callejón y efectivamente encontramos el transporte a nuestro destino.

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A La Cocha llegamos con el tiempo medido –como en todo el viaje–. Todas las casas estaban hechas de guadua y su base estaba separada uno o medio metro del suelo. Parecía una maqueta: las construcciones eran tan perfectas y lo artesanal las hacía parecer de juguete. Las casas no podían construirse directamente sobre el suelo porque todo el terreno era un humedal. Pero el pueblo aprovechó eso para construir un canal que lo atravesara y se uniera con la laguna –como una Venecia nariñense–. Lo primero que buscamos fue un lugar donde comer. Estuvimos ojeando por todos lados, hasta que dimos con un sitio en el que vendían comida y ropa. Nos atendió un niño como de ocho años, tenía los cachetes rosados y la ternura que uno carga a esa edad. Mi prima me preguntó extrañada: “¿Él estudiará?”. Yo le respondí que no sabía, pero a la mente se me vinieron un par de ideas, como que no es justo que un niño tan pequeño trabaje. Pero entonces recordé que a esa edad yo también trabajaba con mis papás y no era algo tan radical como la explotación infantil, era más bien una forma de prepararnos para lo que nos deparaba el futuro a largo plazo.

El niño nos ofreció un menú de huevos con arroz o trucha. Diana se volvió a mirarme y los dos estábamos pensando lo mismo: “¿Para qué viajamos si vamos a comer lo mismo que en nuestra casa?”. Sin preguntar detalles pedimos la típica trucha y de tomar una aguapanela con queso. Mientras preparaban la comida se nos congelaban las manos, así que nos paramos a probarnos gorros y guantes. Suerte para nosotros que la comida se demoró tanto como nosotros escogiendo un accesorio que usaríamos solo en esa ocasión. La trucha me supo a Dios, en casa comemos pollo o carne todo el año y volver a comer pescado fue para mí como lo que sería para alguien de los noventa volver a probar el chupi-plum.

Salimos del restaurante y yo quería recorrer todo el pueblito, pero mi prima me recordó que si nos demorábamos no alcanzábamos a llegar a Las Lajas –todo en un día, ¡tanto afán!–. Corrimos a buscar un lanchero para que nos llevara al Santuario de fauna y flora en la Isla de La Corota. Antes de abordar, el señor nos preguntó si teníamos afán. No esperó respuesta y continuó hablando: nos dijo que la naturaleza siente la energía de las personas. Ese día quería quedarme en La Cocha pero me tenía que ir, supongo que la naturaleza se enteró e hizo que lloviera. El clima nos obligó a cruzar la isla y volver al bote en unos diez minutos. Si yo fuera la naturaleza me habría enojado. Cuando regresamos al caserío descubrí que la naturaleza era como yo, se enojó tanto que nos mandó un aguacero que nos sacó corriendo a Pasto. Nos subimos en el primer bus que encontramos y continuamos la ruta de nuestro viaje relámpago. El tiempo estaba contado.

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Nuestra siguiente parada era Las Lajas. Pero paramos a comprar frutas porque el hambre empezaba a ponerme insoportable. En el terminal de Ipiales compramos mandarinas y manzanas. Las primeras me las quedé yo y de las otras se encargó mi prima. Llegamos antes de las cinco de la tarde. Tanta era la prisa por ver el Santuario Nuestra Señora de Las Lajas que mi prima dejó las manzanas en el taxi y nos dejó sin alimento por el resto de la tarde –porque el dinero también estaba contado–. Mientras deambulábamos por las calles, encontramos un hotel y decidimos entrar a comer. Nuestra cena la teníamos lista desde La Unión. Mi tía nos había empacado, en hojas de plátano, costillas fritas, papas, yuca y costillas cocinadas. Y sí, por apresurados se nos había olvidado comprar algo para bajar todos esos sólidos. Uno tenía que salir por los jugos, y como nadie en el mundo haría algo gratis por otro, tuvimos que ir los dos.

El viernes fue el único día que no nos preocupamos por el tiempo. Lo tuvimos de sobra, tanto que al final no sabíamos adónde ir. En la noche volvimos al santuario para tomarnos la merecida foto con las luces de colores prendidas que bordean la iglesia. Ya que nada había salido como lo esperaba en todo el viaje, no me sorprendió que ese día estuvieran haciendo mantenimiento y las luces no se iban a encender. Sin protesta alguna, nos devolvimos al hotel, pasamos la noche y al otro día volvimos a La Unión para regresar al punto donde empezó la fantasía: Popayán. De regreso entendí que las cosas que empiezan como capricho terminan bien. Digo las cosas porque no solo aplica en los viajes, sino también en el amor, en la compra de objetos, etc. Antes de “querer” algo, primero hay que preguntarse “¿por qué?”. Si la respuesta es “porque otro lo tiene”, “porque otro ya lo hizo”, “porque otro ya lo probó”, no se quiere de verdad. Es un desvarío.