17 de septiembre dde 2017

Impacto social en el manejo de residuos (VI)

“Desechables son las cosas que botan a la calle”

Testimonio de un hombre para quien el reciclaje es un trabajo y también una tabla de salvación. Con un costal al hombro o empujando una carreta, diariamente rehace rutas en una ciudad que no es la suya y donde aprendió a sobrevivir aferrándose a un oficio callejero y estigmatizado.

Por Catherin Barreneche y Mónica Hurtado

 

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Soy Jhon Jairo Carvajal, tengo 37 años de edad. No me da pena ni miedo contar lo que soy, a veces es bueno que sepan que uno también es un ser humano. Mi niñez parecía la de un niño normal. Jugaba como todo niño, lloraba, reía y me caía también. Y no me faltaba esa imaginación para inventarme juegos. Sin embargo, ni en el más loco de mis juegos imaginé ser lo que soy ahora, un reciclador que vive debajo de un puente.

Nací en Neiva, fui el segundo hijo de mi familia. En total fuimos cuatros hombres y dos mujeres. Nuestra niñez no fue tan fácil, mi papá no era un hombre responsable y mi mamá era muy descuidada. Mi papá trabajaba en la construcción y lo que ganaba todo era para bebérselo, mi mamá aseaba la casa de la gente con plata. De eso vivíamos, pero nos trataba muy mal y cada vez que mi papá le pegaba, ella se desquitaba con nosotros. Fueron años enteros en la misma dinámica. Mi mamá limpiaba la casa de otros, pero la nuestra estaba destrozada. Ella les cocinaba a otros, pero en mi casa las cocineras eran mis hermanas, ellas hacían todos los quehaceres de la casa.

Yo sí fui al colegio, pero mis hermanas no, ellas no tenían tiempo, y mi mamá tampoco se interesó en ponerlas a estudiar. Además ¿quién más iba a hacerse cargo de la casa? Yo estaba aburrido, pero el colegio era mi refugio: era buen estudiante y me gustaba aprender cosas. El problema era cuando volvía a la casa.

Cuando cumplí 15 años, vino de visita un tío y al vernos tan abandonados y pasando penas, nos dijo que nos viniéramos con él a Popayán. El único que quiso venirse fui yo. No fue tan difícil dejar mi casa aunque me daba pena por mis hermanos. Yo tenía esperanzas de que mi vida mejorara, por eso no me dio miedo. Mis papás no pusieron problema, antes creo que les hice un favor.

El viaje desde mi casa a Popayán fue muy motivante, pero al llegar, se derrumbaron todas mis ilusiones.

 

Aprendiz de muchas cosas

Mi tío vivía en Alfonso López. Su casa estaba mejor que la mía, pero yo ahí me sentía solo. Por las noches no podía dormir, los primeros días fueron muy difíciles. Mi tío tenía una chatarrería, de eso vivía. Yo tenía que ayudarle a reciclar cuatro noches a la semana en una carretilla que él tenía. Era un trabajo duro, me dolía la espalda de agacharme, y de cargar peso. Al menos en Neiva yo iba al colegio. Lo bueno de tra

Cigarrillo.jpgbajar era que mi tío algo de dinero me daba, y yo era feliz comprando mecato y frutas en la galería. Esa era mi recompensa. Con el tiempo me ofrecieron otro tipo de golosinas y me gustaron mucho más. Y con 15 años, no supe qué más hacer con toda esa libertad. Llegaron días de mucha droga, de quedarme dormido en cualquier andén, de no volver a casa, de robar pero no para comer sino para consumir, de degenero. Y una noche me cogieron robando en el centro, me golpearon salvajemente y luego me llevaron en una patrulla. Fue humillante y doloroso, Yo tenía 17 años, no había nadie que respondiera por mí. Me llevaron a la correccional Toribio Maya y allá estuve hasta cumplir los 18 años. Estuve siete meses allá internado.

Yo cambié mucho. En la correccional volví al colegio, aprendí a hacer pasteles y panes. Me acerqué mucho a Dios. Tuve amigos. Había gente que se preocupaba por mí. Mi tío iba a visitarme con su esposa. Esos siete meses fueron de los mejores en mi vida. Cuando salí, salí renovado. Me fui a vivir de nuevo con mi tío, seguí estudiando en el colegio INEM Francisco José de Caldas. Por las noches trabajaba con él.

 

Aferrarse a un oficio

Me gradué a los 19 años, pero después de eso me quedó un vacío muy grande, no encontraba nada que me motivara en la vida. Entonces recaí. Le robé dinero a mi tío y él me echó de la casa. Volví a las calles, volví a la miseria. Sin oportunidades, sin amigos, sin Dios. Pasé muchos años en malas andanzas, recorriendo la ciudad de suroccidente a suroriente. Lo único que podía hacer para ganar algo de plata, que no fuera robar, era el reciclaje, puedo decir que así comenzó mi oficio, el que me salvó de la delincuencia, el que hoy en día me da para comer. De todas maneras las calles siguen siendo mi casa, en ellas encuentro todo. De mis papás y mis hermanos no volví a saber nada.

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Cuando empecé a reciclar, como ya me sabía las rutas y otras cosas que me enseñó mi tío, no fue tan difícil. Como todo habitante de calle empecé con un costal al hombro, el mío era grande y de colores, me lo regalaron en la galería de la Esmeralda. Con ese costal estuve varios años, yo cuidaba más ese costal que a mí mismo. Busqué refugio en los barrios San José y Santa Helena, siempre los transitaba y tenía amigos y conocidos. En esos lugares era donde reciclaba, el carro de la basura pasaba los lunes, miércoles y viernes a las 8 de la noche más o menos, pero la gente sacaba la basura una hora antes, ese era el momento que aprovechaba para esculcar en todas las bolsas de basura.

Lo más importante era sacar el cartón, plástico, papel blanco, pasta, aluminio, cobre. A veces encontraba mucho material, pero otras veces encontraba poco. Mis manos quedaban igual que la basura que tocaba, sucias, agrietadas, malolientes, pero no me detenía por eso. El olor de basura es penetrante y desagradable, pero hasta a eso uno se acostumbra. Después de recolectar todo el material, me iba con el costal al hombro hasta una chatarrería de la variante, por ahí hay varias chatarrerías, pero yo siempre iba a La Mayorista de Occidente. Allá llegaban varios habitantes de la calle como yo, unos con costal, otros más estilizados iban con carreta, y los más pudientes llevaban carretilla. Los de costal éramos los viciosos, los otros eran padres de familia, gente de bien que se dedica a esto para sostener a sus hijos.

La cantidad de material que yo llevaba no era mucha al principio, vendía unos dos kilos de cartón, dos kilos de papel blanco y dos kilos de botella de plástico. Me ganaba la lotería si encontraba cobre o aluminio, eso es lo que mejor pagan. Pero por lo general me ganaba dos mil pesos que en esa época era un poquito más de lo que es ahora. Por el kilo de cobre me daban como ocho mil pesos. Con lo que ganaba, comía y compraba mis vicios. Y amanecía en la calle.

 

Debajo del puente del río…

De tanto transitar San José y Santa Helena, la gente ya me conocía y muchas personas me guardaban el material para que yo no tuviera que escarbar en la basura, eso me ayudaba mucho. Las ganas de juntar más material cada día me impulsaron a crecer como reciclador, y con la ayuda de los vecinos todo fue siendo menos difícil. El vicio iba mermando mientras las ganancias aumentaban. Comía mejor, dormía mejor y mi vida empezó a cambiar. Con el tiempo yo no llegaba con costal sino con carreta, y por la noche me hacía cinco o siete mil pesos. En esa época fue que conocí a la mujer que me acompaña hoy en día. Ella también reciclaba y de tanto vernos las caras en la chatarrería, nos enamoramos.

 

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Actualmente sigo viviendo del reciclaje, pero recorro más barrios, y no solo por la noche. En ciertos barrios el carro de la basura pasa por la mañana, entonces tengo que estar en la jugada. Con la carreta es más fácil el transporte, escarbar es la parte jarta, sin embargo ya tengo unos buenos guantes. Las ganancias han aumentado, ahora me hago por lo general diez mil pesos por noche, y cuando encuentro cobre, me llevo veinte mil pesos. El problema es que mucha gente ahora solo bota basura que no sirve y a nosotros los recicladores nos joden.

Por otro lado la gente que mejor me ha tratado es la de este barrio, San José. Por eso mi casa, está aquí. Debajo de este puente. Hubiera podido escoger vivir debajo de cualquier otro puente, pero elegí el de San José. Acá abajo todo el tiempo hace frío, pero no me falta abrigo. No tengo luz eléctrica pero estoy tranquilo. Tengo un techo. Yo arreglo mi casa con las cosas que me encuentro en la basura: tengo afiches, juguetes y en parte ropa y cobijas. Me gusta el lugar donde vivo, me hubiera gustado vivir diferente, pero esto es lo que tengo y no me quejo.

Aparte de reciclar también le sirvo a mi comunidad, a muchos vecinos les arreglo los jardines, les ayudo cargando el mercado, yo soy el que entierro a algunas mascotas que mueren. A cambio me dan comida, jabón o plata. Aunque yo no les cobro, a ellos les nace darme algo a cambio. También me gusta escuchar música, me gusta Nirvana, Guns and Roses, Héroes del silencio, Soda Estéreo, ese estilo me gusta mucho. Salgo a bailar de vez en cuando con mi mujer. Así es mi vida.

Pero no todas las personas me ven como un reciclador que colabora en el barrio, algunos me consideran y me dicen “desechable”, esa es la peor ofensa que me pueden hacer. Desechables son las cosas que botan a la calle, esas cosas que ni siquiera me sirven a mí para reciclar. Pero ¿un humano puede ser desechado? Me da rabia y risa pensar en eso. Muchas personas me han tratado así, como una cosa que está a punto de tirarse a la basura, como una cosa que ya no sirve. Una vez me quemaron el rancho para que yo me fuera de aquí. Gracias a Dios a mí no me pasó nada, pero todas las cosas que yo tenía se quemaron. Ahora mi rancho está de nuevo completo. Tengo nuevas y mejores cobijas. Un colchón mucho más suave. Porque yo soy un ser humano, y tengo la capacidad de sentir, pensar, hacer. Como todos los demás.