Deshecha

 Por: Verónica Curátola Tobar

Entró a su piso con la pesadez típica de un martes después de lunes festivo, era el más pequeño de todo el edificio porque ella no podía costear nada más con su trabajo como recepcionista de hostal. Las llaves frías en su mano se deslizaron hacia el sillón contiguo a la puerta de su apartamento. El número 206.

Aferrándose a su última gota de energía acude al refrigerador. Encuentra en la puerta, adheridas a los imanes de frutas y letras que han estado toda la vida ahí, las fotos de un ayer que se ha desvanecido para siempre. Las imágenes de la vida que tuvo hasta el domingo junto a alguien que carece ahora de significado ante sus ojos llorosos.

Un poco desprendida, un poco desprevenida las despega y las pone en el lavadero esperando que el agua que ahora las inunda calme su pecho, que arde en hondas punzadas ferrosas de traición. Las deja con la ilusión de que se ahoguen, que se deshagan y así ella pueda respirar. Regresa a la nevera y la abre con la mente fija en el compartimento inferior de la puerta, un balcón que permanece lleno de botellas Red Label. Al tacto, elige la más liviana entre las cuatro que esperaban ahí desde la última fiesta que tuvieron, la de su compromiso, ahora roto.

Sin vaso ni copa, va a la sala a poner los boleritos que siempre quiso bailar con él y se menea lenta, casi intangible entre los muebles, entre los recuerdos, con el Johnnie Walker que se le rueda por la barbilla en gotitas pegagosas, con la luz que viene tímida de la cocina y se riega por el suelo en brochazos feos… Ahora todo se ve un poco feo. Un poco más feo de lo que ya era.

Triste, desolada y acongojada bebe inmisericorde de la botellita, descorazonada comprueba cómo el alcohol de repente va pintando sonrisas incongruentes en su cara de maquillaje enjugado con lágrimas. Cómo las baladas en realidad se pueden bailar rápido y que elegir la botella liviana fue una decisión nula. Ya está vacía. Ir ahora a la cocina supone una travesía graciosísima entre las poltronas avejentadas de recuerdos, y los recuerdos emparamados de whisky. Ríe.

Tal vez un trago más no haga daño, no más del que ha malogrado este amor en mí, piensa, ignora y accede a la borrachera. Sin afán rueda el líquido por su garganta buscando en realidad su sangre para untarla de inconciencia. Las manos se balancean de un lado a otro haciendo evidente un hormigueo en todas las extremidades que resulta en el despojo de su ropa. Tal vez para estar liviana, tal vez para volverse invisible, tal vez para no serlo. No sabe, pero de todas formas va saliendo de su indumentaria en bailes asfixiados y torpes que la hacen girar una y otra vez tratando de sacarse las mangas de la blusa, de esa blusa ajustada que tiene como cien botones.

En cada giro retoma el sorbo lento y amargo del trago que pareciera que se la está bebiendo a ella y examina con ojos andantes el entorno nuboso que la rodea, entorno perlado y esponjoso, entorno giratorio y de pinceladas yuxtapuestas. Casi, casi parecería un cuadro impresionista lo que ella estaba viviendo, pero era de veras una cosa dadaísta en la que ella andaba ahora, desnuda y totalmente alejada de su cordura. Iba saliéndose de lo que ella recordaba y se movía en pasitos zigzagueados que la llevaban de nuevo a la nevera, por la última botella que recordaba tener.

Las botellas vacías llegaban a gotear al lavaplatos, inundado de agua sucia y fotos viejas, impregnándolas también de ese peligroso hidroxilo destilado. Se busca en el espejo del baño social. La botella en la mano, la boca reseca y sabrosa a güisqui, el universo entero en esa imagen que se reflejaba en un rinconcito del espejo, inmersa en su vida remojada.
Inmensa y blanda; corrida y descolorida, nota cómo se va desintegrando su figura en pequeños trozos incoloros frente al espejo. Se le va desprendiendo la piel a pedazos, sucios, y ella no lo puede contener. Entre más intenta detener el proceso más fácil se deshace. Hilachas percudidas de sí misma por el suelo, por el baño, por la cocina… se ha desintegrado verdaderamente.
El ojo derecho tiene el atino de caer cerca del lavaplatos, donde mira cómo el último pedazo de mano rompe las fotos que están blandas y corridas, inmensas y descoloridas. Su deseo se había consumado en ella. Estaba ahogada, desecha. Respiraba con la furia de un vaso sanguíneo de la nariz que quedará borracha para siempre en el lavamanos empantanado de licor, con el ojo izquierdo que desgraciado quedó mirando hacia el suelo, con algún pie que se untó en la chapa del baño, con la sonrisa estoica que se atrancó en el llavero que había quedado en el sillón contiguo a la puerta de su apartamento. El número 206.