Dos Mundos

Por: Nathalie Colorado Franco

Todos los días ella se levantaba a la misma hora, entraba a la misma ducha, prendía la misma cafetera, y tomaba el mismo café caliente en la misma taza.

Luego salía de su casa, y caminaba por el mismo andén, cruzaba por la misma iglesia y llegaba al mismo destino. Hacía las mismas labores en aquella fría oficina, y hablaba lo necesario con los mismos compañeros todos los días.

Cuando se acababa la jornada, volvía a tomar el mismo camino que la llevaba a la misma casa de la que en la mañana, muy temprano, había salido.

Pero esta mañana algo había cambiado, ella se levantó a la misma hora, entró a la misma ducha, prendió la misma cafetera, se tomó el mismo café en la misma taza, y salió de su casa. Siguió el mismo camino que la llevaba a la fría oficina, pero antes de cruzar por la misma iglesia, miró hacía la carretera.

Dentro de la pequeña bola de cristal se encontraba un mundo, con casas, edificios, carros, puentes y carreteras. 

Observó una pequeña bola de cristal, muy luminosa. Decidió acercarse un poco, y con temor la tomó en sus manos, la acercó a sus ojos y pudo ver algo realmente mágico. Dentro de la pequeña bola de cristal se encontraba un mundo, con casas, edificios, carros, puentes y carreteras. Con mares, ríos, lagos, montañas, volcanes y valles. Animales, arboles, flores y personas (o quizás eran sujetos extraños que parecían personas). Allí adentro había vida.

La mujer guardó ese pequeño mundo en el bolsillo de su abrigo, y siguió su camino. Todo el día mientras realizaba sus labores, estuvo pensando en lo que podía ser ese objeto luminoso que se había encontrado. Trataba de hallar una explicación lógica en su mente, así que por ratos se dirigía al baño, se encerraba y detallaba aquella bolita de cristal.

- ¿Qué es esto? Se preguntaba.

-¿Tiene baterías? - No, no tiene baterías.

Ella misma se respondía. Cada vez salía del baño con más preguntas y más inquieta. Sus compañeros le preguntaban qué le sucedía, pero ella no respondía. Siempre había sido una mujer extraña, solitaria y de pocas palabras, pero era evidente para quienes la rodeaban, que en ese momento algo le sucedía. No estaba concentrada, y ya ni siquiera hablaba de lo necesario, simplemente permanecía callada, ausente y dispersa.

Por fin se acabó la jornada en la fría oficina. Ella tomó sus cosas y salió muy rápido. Transitó por el mismo camino que la llevaba todos los días a su casa, pero esta vez se detuvo un poco antes de llegar a su destino. Se dedicó a explorar los alrededores del sitio en el que se había encontrado el intrigante objeto.

38 2Pero no halló nada extraño. Así que en la penumbra de la noche, decidió sentarse en el andén y observar ese mundo que se encontraba en aquella bola luminosa. Se dio cuenta que dentro de ese mundo también había anochecido, pues se prendieron las luces de las calles y de las casas. Recordó que en su lugar de trabajo había encontrado una lupa que metió en su abrigo. La sacó y pudo observar con mucho más detalle lo que estaba sucediendo. 

Los habitantes de ese mundo eran sujetos diminutos, pero con una apariencia muy humana. Vivían en la monotonía que viven los humanos. En la ciudad se observaba tráfico, y alrededor, en el campo, se divisaba una gran tranquilidad.

En una calle cualquiera se encontraba un hombre cualquiera, que caminaba hacia un destino cualquiera. Este hombre transitaba sin afán, solo y con la cabeza agachada. Iba bastante pensativo, con sus manos dentro de los bolsillos, porque al parecer hacía mucho frío. Él acababa de terminar su jornada laboral, se notaba un poco agotado. Mientras arrastraba sus pies por el andén, miró hacia el cielo, y de repente se detuvo. Todo el día había estado distraído. Él era un hombre muy extraño, solitario y de pocas palabras, pero quienes lo rodeaban, notaron que ese día estaba diferente, y que algo fuera de lo normal le había sucedido.

Todos los días él se levantaba a la misma hora, entraba a la misma ducha, prendía la misma cafetera, y tomaba el mismo café caliente en la misma taza.

Luego salía de su casa, y caminaba por el mismo andén, sin cruzar por ninguna esquina. Caminaba unos 15 minutos en línea recta, por un costado de la autopista, y llegaba a un alto edificio en el que se encontraba su fría oficina. Allí realizaba aburridas labores de papeleo para una firma de abogados. Cuando se acababa la jornada siempre se acercaba a un puesto de comidas que quedaba en frente del alto edificio. Pedía un emparedado de queso y jamón con una gaseosa bien fría. Luego seguía su camino, eran 15 minutos andando en línea recta, por un costado de la autopista hasta llegar a su casa. 

38 22Pero ese día algo había cambiado. En la mañana había hecho su habitual rutina. Pero cuando llevaba unos 7 minutos de camino, antes de llegar al alto edificio, notó que el cielo se oscureció, le pareció ver un gigante ojo que se asomaba entre las nubes. Se limpió los ojos, pensó que aún soñaba, que la alarma no había sonado y que se le estaba haciendo tarde. Pero no, era real, había un ojo en el cielo. Consternado, no quiso preguntarle a quienes transitaban por el lugar, si también veían lo mismo. Se auto-juzgó como un demente. ¡Debe ser tanta cafeína! Exclamó en voz baja para sí mismo. Siguió su camino, y llegó a su puesto de trabajo. Empezó con el aburrido papeleo. Pero durante todo el día estuvo ausente, pensativo y disperso, no dejaba de acordarse de aquel extraño suceso.

Cuando se terminó la jornada, no quiso acercarse al puesto de comidas, sino que siguió derecho. Y cuando llevaba unos 5 minutos de camino, de nuevo miro al cielo, y allí estaba, ese hermoso ojo café que lo observaba.

Ella se dio cuenta que en aquella bola de cristal alguien se había percatado de su presencia. Más que intriga ahora sentía miedo. Así que en un valiente acto de cobardía, dejó abandonado el curioso objeto en la calle.

Siguió su camino, hacia la misma casa de la que había salido en la mañana. El hombre hizo lo mismo en su pequeño mundo. Ambos trataron de olvidar aquel extraño suceso. Ambos siguieron con sus rutinarias vidas.

Pero de ahí en adelante, todos los días al levantarse, recordaron que en algún lugar de un mundo lejano, había alguien igual a ellos, quizás un alma gemela con la que jamás se encontrarían de nuevo.